Historias de Reportero: Se acabó la tregua incómoda

Carlos Loret de Mola
HISTORIAS DE REPORTERO

Dicen que a los gober­nan­tes muchas veces les toca esco­ger entre lo malo y lo peor. Para la pre­si­denta Shein­baum, el tiempo que estuvo México en el Mun­dial fue agri­dulce: nunca lo dis­frutó por­que la exhi­bió, pero le fun­cionó para dis­traer la aten­ción tres sema­nas.

Shein­baum no lo gozó. Pare­ció sufrirlo más. Mien­tras todo México tra­taba de con­se­guir un lugar en el esta­dio, Shein­baum huía de su butaca ase­gu­rada. La pre­si­denta que pre­sume dos veces a la semana su popu­la­ri­dad de 70% no pudo ir al esta­dio. Le tuvo miedo a los abu­cheos. Toda­vía en las maña­nas de los días de par­tido no se atre­vía ni a decir dónde lo iba a ver. Lo anun­ciaba a la mera hora del sil­ba­tazo ini­cial. Así de arrin­co­nada. La pre­si­denta se escon­dió pero eso no la libró de que la abu­chea­ran y corea­ran nega­ti­va­mente su nom­bre en los luga­res públi­cos donde el pue­blo se reu­nía a ver los par­ti­dos.

Nunca se le vio dis­fru­tar el ambiente que millo­nes de mexi­ca­nos sí abra­za­ron. Mien­tras otros jefes de Estado con­vier­ten un evento de esta mag­ni­tud en una pla­ta­forma de cer­ca­nía y cele­bra­ción, Shein­baum optó por la dis­tan­cia. Esa es su zona de con­fort: la dis­tan­cia. Dedujo que cada apa­ri­ción pública corría el riesgo de con­ver­tirse en dina­mita para la pro­pa­ganda. El esta­dio no es la maña­nera. Y el fan fest no es un mitin de aca­rrea­dos. Sin ese con­trol, no se sin­tió con garan­tías. Huyó.

En la fiesta de la unión que fue lo que nos tocó del Mun­dial en nues­tro país, la pre­si­denta estuvo invi­tada y no fue. México per­dió la opor­tu­ni­dad de mos­trarse ante el mundo como un país moderno. Se refu­gió en los valo­res de siem­pre: la cali­dez de la gente, lo bue­nos que somos para la fiesta. Tequila y som­brero. No desa­rro­llo, inver­sión ni segu­ri­dad: incluso el fin de semana de la triste eli­mi­na­ción de la selec­ción mexi­cana, la prensa bri­tá­nica se pre­gun­taba cómo era posi­ble que México fuera sede de un Mun­dial con 130 mil desa­pa­re­ci­dos en la cuenta.

Las obras no estu­vie­ron lis­tas. Algu­nas que­da­ron incom­ple­tas y otras se entre­ga­ron ape­nas para salir del paso. Tarde y mal. La movi­li­dad se con­vir­tió en un dolor de cabeza. Los pro­ble­mas de segu­ri­dad obli­ga­ron a ope­ra­ti­vos extraor­di­na­rios. Cuando hubo situa­cio­nes de emer­gen­cia, el gobierno se vio reba­sado, inca­paz. Cada día del tor­neo repre­sentó un exa­men de capa­ci­dad guber­na­men­tal y no pocas veces reprobó.

La pos­tal fue cruel: México tiene la mejor afi­ción, pero tiene el peor gobierno.

Para­dó­ji­ca­mente, el Mun­dial le sir­vió a la pre­si­denta Shein­baum como un gran dis­trac­tor. Un tan­que con tres sema­nas de oxí­geno. Mien­tras México estuvo en la com­pe­ten­cia, el país habló de Morita, Qui­ño­nes y Ochoa, y no de Rocha Moya, Inzunza y Marina del Pilar. Hasta los cri­mi­na­les se die­ron cierta tre­gua: baja­ron un ter­cio los homi­ci­dios.

Ahora viene la parte más difí­cil. Por­que cuando se apaga el último foco del Azteca y se des­monta el último esce­na­rio, se ter­mina tam­bién el parén­te­sis. Se agota el oxí­geno. Se aca­ban him­nos, ban­de­ras y unión. Se acaba la con­ver­sa­ción ama­ble.

Y el gobierno regresa al terreno donde las cosas no van bien.

Se acabó la tre­gua incó­moda: un evento que le per­mi­tía esca­par, por momen­tos, de los pro­ble­mas más gra­ves del país, pero que al mismo tiempo le recor­daba las limi­ta­cio­nes de su gobierno.

Ese es el ver­da­dero saldo de México en el Mun­dial para Shein­baum: no lo dis­frutó cuando estaba y lo va a extra­ñar ahora que se ha ido.

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