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Andrés Manuel López Obra­dor sabía de los cana­les de comu­ni­ca­ción entre el cár­tel de Sina­loa y el gobierno de Rubén Rocha Moya. Se los contó el pro­pio gober­na­dor, según me reve­lan fuen­tes de pri­mer nivel. No impli­caba una con­tra­dic­ción con la ins­truc­ción del enton­ces pre­si­dente de México para com­ba­tir la vio­len­cia: abra­zos, no bala­zos. Rocha siguió las ins­truc­cio­nes y las ate­rrizó.

Según las mis­mas fuen­tes, AMLO estuvo ente­rado de la reu­nión que tuvie­ron Rocha Moya y el cár­tel de Sina­loa antes de la elec­ción para gober­na­dor. Se trata de la reu­nión que men­ciona el Depar­ta­mento de Jus­ti­cia de Esta­dos Uni­dos en la que sella­ron el pacto: el cár­tel lo ayu­da­ría en las elec­cio­nes y a cam­bio él los deja­ría ope­rar a sus anchas. ¿Cómo se enteró AMLO? Igua­lito: se lo contó Rocha Moya.

La comu­ni­ca­ción, según las mis­mas fuen­tes, quedó esta­ble­cida entre el secre­ta­rio de Admi­nis­tra­ción y Finan­zas de Sina­loa, Enri­que Díaz Vega, y Los Cha­pi­tos. Cir­cu­laba el diá­logo y cir­cu­la­ban tam­bién los con­tra­tos. Es más, me refie­ren que incluso desde el gobierno le lle­ga­ron a man­dar apoyo médico al Mayo Zam­bada para ayu­darlo con sus pade­ci­mien­tos cró­ni­cos. Las auto­ri­da­des sabían dónde esta­ban los capos del cár­tel y a dónde se movían. Había comu­ni­ca­ción, coor­di­na­ción y nego­cio.

Durante los pri­me­ros años, aque­llo fun­cionó como relo­jito. El con­trol de Sina­loa lo tenía el cár­tel y López Obra­dor podía pre­su­mir que había paz en la enti­dad. El pro­me­dio de ase­si­na­tos era de 1.4 al día. Cuando se pelea­ron en el cár­tel y empezó la gue­rra entre Cha­pi­tos y Mayiza, el gobierno nunca pudo recu­pe­rar el con­trol que había cedido. Los ase­si­na­tos esca­la­ron a 6.9 al día. Aho­rita van en 2.5. La lec­ción es clara: si como Estado entre­gas el con­trol de la gober­na­bi­li­dad, no lo pue­das exi­gir de vuelta.

Con el visto bueno de López Obra­dor, Rubén Rocha Moya entregó el con­trol del gobierno al cár­tel. Cuando secues­tra­ron al Mayo Zam­bada y se lo lle­va­ron a Esta­dos Uni­dos, y se desató la gue­rra, ya nunca pudie­ron recu­pe­rar ese con­trol. Menos aún si el gober­na­dor min­tió des­ca­ra­da­mente y deci­dió par­ti­ci­par del encu­bri­miento para escon­der el ase­si­nato -ese mismo día, en ese mismo lugar- de su prin­ci­pal rival polí­tico, Héc­tor Mele­sio Cuén, tra­tando de hacerlo pasar por un robo de vehí­culo. Si le que­daba alguna legi­ti­mi­dad al gober­na­dor, la per­dió cuando su mon­taje quedó expuesto.

Lo demás fue una larga ago­nía: los 19 meses que pasa­ron con un gober­na­dor ino­pe­rante, que todo mundo sabía que estaba colu­dido con el narco y que repre­sen­taba una bomba de tiempo... que final­mente esta­lló. ¿Pudie­ron desac­ti­varla desde Pala­cio Nacio­nal? A lo mejor no. Por­que había com­pro­mi­sos comu­nes, com­pli­ci­da­des.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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Carlos Loret de Mola
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