El tema de vender o reparar y colocar en un sitio público la monumental estatua ecuestre de Hernán Cortés en Cuernavaca se ha vuelto polémico; sin embargo, es un tema en el que se deben omitir las discrepancias entre el pasado y el presente, ya que no son compatibles.
Historiadores, escultores, comunicadores, líderes de opinión y cronistas locales conocedores de la historia y sin compromisos han levantado la voz a favor de que se rescate esa obra de arte colosal por representar una parte sustancial de nuestra historia. Y también por respeto a su autor el escultor Florentino Aparicio y al mecenas que sufragó su creación. Los derechos morales protegen el reconocimiento del autor aun sin registro, así como el destino de la obra; nunca caducan, son perpetuos e inalienables, por tanto, heredables.
La historia que representa esa estatua no debe juzgarse con los valores actuales porque se comete un error absurdo que distorsiona el contexto de cada época. Me parece hasta ridículo descalificar aquellos tiempos, porque en aquel entonces había otras profundas formas de ser, de pensar y de actuar que hoy, para algunos, les dificulta su entendimiento.
No nos tiene que caernos bien Cortés, tampoco hay que renegar contra él; solo hay respetar la historia, misma que debe fomentar y hacer valer la autoridad encargada como es el INAH.
Hoy, esas diferencias son las que entorpecen la convivencia entre nuestro pasado y el presente. Las sociedades de aquella época funcionaban con sus reglas morales, científicas y sociales muy distintas a las nuestras; porque la naturaleza, la concepción, la idiosincrasia, la cosmovisión del mundo en el siglo XVI eran muy distintas a nuestra realidad actual.
Aquellos eran tiempos de conquistas para engrandecer imperios y reinos; así era, al igual que lo hacían los mexicas -o tenochcas-, que conquistaban y sometían a sus propios pueblos hermanos. En sus rituales, solo a Huitzilopochtli, cada año se le arrancaban diez mil corazones a tal número de humanos vivos, a los que quitaban la piel para, aún calientes, envolverse en ellas; también había canibalismo. Cómo estarían las cosas que todos los pueblos se le aliaron a Cortés contra ellos y así es como nace un nuevo país con el mestizaje, la cristiandad, luego lo barroco, un estilo artístico y cultural caracterizado por su gran monumentalidad, un decorativismo muy recargado con la fusión de influencias europeas, indígenas, criollas y mestizas, y todo esto sigue vigente.
Después de la conquista, se publicaron las Leyes de Indias -precursoras de los Derechos Humanos- para proteger a los indígenas; se prohibió su esclavitud, se les dieron títulos de propiedad, se les capacitó en oficios y por su trabajo, recibían un sueldo obligatorio. Aquí no había escritura; había dibujos que no podían expresar ni preservar conceptos abstractos ni profundos. Con Cortés llegó un idioma con su escritura y fue como se escribió la historia indígena en náhuatl. Solicitó al rey frailes para evangelizar, culturizar y enseñar oficios; construyo hospitales para indios como el “de Jesús”, que todavía funciona en Ciudad de México; después fue el de Oaxtepec aquí en Morelos, al que llegaban enfermos de lugares remotos. Surgen colegios, la gastronomía mestiza, los pueblos hoy mágicos, los adelantos todavía vigentes, las grandes edificaciones que nos enorgullecen ahora son ya Patrimonio de la Humanidad. También decir, porque no, que Cortés fue quien trajo a la Virgen “de Guadalupe” -dándole otra imagen- patrona de su tierra natal; Extremadura -donde tiene un extraordinario monasterio desde siglos antes del descubrimiento y conquista-. Esto sucede después de su acuerdo con el papa, cuando a meses de su regreso del Vaticano aparece la Virgen. Tenía visión de estado. Aun así, una parte de los mexicanos sigue rezongando de su propia herencia cultural.
Los pueblos del mundo también renegaron de ser conquistados; sin embargo, ya valoran las herencias que les llegaron de culturas lejanas. España fue conquistada durante miles de años por distintas culturas, las mismas que le dejaron una amalgama de beneficios y progresos llevados por los griegos, cartagineses, fenicios, romanos, árabes y, a través de ellos, lo mejor de Medio y del lejano Oriente. Y todo ese bagaje, es lo que llegó con la conquista o invasión, y es lo que nos queda hasta nuestros días. Cortés llegaba a cada pueblo en nombre del rey y son de paz; si era atacado, era a vencer o morir.
En el Perú, se reconoce a su primo, el conquistador Pizarro. Su gran estatua ecuestre, que en un principio fue ofrecida a México como regalo representando a Hernán Cortés. Sin embargo, fue rechazada por el gobierno mexicano. Finalmente, fue donada por la viuda del autor a aquel país para representar al conquistador Pizarro. Es la misma que han cambiado tres veces después de su lugar original; la han quitado de pedestales, la han degradado bajándola a nivel de piso en un parque fuera del centro de Lima, y vuelta a colocar, revalorándola en lo alto de un pedestal en céntrico lugar.
La de Cortés en particular es patrimonio del pueblo de Cuernavaca, cuando entendemos que Costco compró el inmueble del ya ex Casino de la Selva -donde se encontrabacon todo y esa escultura, y esta empresa la entregó al municipio.
Estudiosos de nuestro pasado coinciden en que por lo menos, aquí se le dé la importancia que tiene, para que se ubique en algún sitio que le sea representativo, aun sin reparar el daño menor que tiene en una mano, como sucedió con la estatua del Niño Artillero que está en Las Palmas, que estuvo sin mano ni antorcha por décadas.
¿Qué representa la figura? Cuernavaca fue distinguida por Cortés; aquí construyó su casona, aquí nacieron sus hijos, designó a este lugar para sede y alcaldía mayor de su marquesado; de esta manera fue el primero en darle fama en Europa. A estas tierras hoy morelenses introdujo la caña de azúcar, que sigue siendo hasta nuestros días el principal producto agrícola, producto que estimuló la proliferación de cientos de haciendas. Que, a pesar de haber sido destruidas por la Revolución, hoy siguen siendo fuentes de trabajo al ser convertidas en hoteles y balnearios, hospicios y campamentos, espacios para fiestas, escuelas, retiros, o visitables como atractivos turísticos, lo mismo que conventos e iglesias declarados Patrimonio de la Humanidad que atraen a cientos de miles de visitantes cada año, dejando una muy importante derrama económica en los pueblos morelenses.
Por tales legados y razones, a esa monumental estatua se le debe dar un espacio guarecido donde más le corresponde; en definitiva, dentro de lo que fue su casona; el Palacio de Cortés, precisamente en el acceso donde estuvo “El Portal del Inframundo”. No sobra decir que este inmueble es propiedad del ayuntamiento que hoy alberga al Museo de los Pueblos de Morelos.
¡Hasta la próxima!
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