Conocí al ingeniero Marcos Manuel Suárez allá por los años setenta; él era diputado local, después sería líder del Congreso de la Unión y presidente de la Gran Comisión, donde destacó en las negociaciones bilaterales con sus similares de los Estados Unidos en aquel país, siendo congratulado por sus compañeros de legislatura ya que fue quien logró sacar adelante esos convenios internacionales; fue Oficial Mayor de la Secretaría del Trabajo y, como empresario, fue director general de “Asbestos Monterrey” y otras empresas.
Antes, quien esto escribe, había tenido amistad con su hermano Fernando, quien falleciera en lamentable accidente carretero; por mi trabajo en la Secretaría de Turismo también había tratado con Lilia Suárez, cuando ella era gerente del Casino de la Selva, donde, en el lobby, también conversaba con su padre don Manuel Suárez y Suárez.
Marcos siempre fue un orgulloso egresado con excelencia del “MIT Instituto Tecnológico de Massachusetts”, donde se recibió de ingeniero civil, industrial y economista; siempre portó con orgullo el anillo de graduación.
Mi reencuentro con el ingeniero fue casual en 1981 cuando fue designado presidente del PRI en Morelos y Fernando Ortiz Arana delegado federal, ambos tenían diferencias y este autor los reunía para dialogar, siempre logrando acuerdos.
De ahí en adelante no dejamos de frecuentarnos con el ingeniero; convivíamos muy seguido en La Universal, en algún otro restaurante o en casa de quien esto escribe que se hicieron una tradición.
A pesar de que le insistieron, declinó en dos ocasiones ser candidato para presidente municipal de Cuernavaca; era la época en que su partido arrasaba, pero su aspiración era la gubernatura.
Nació en la casa de sus padres en el número 13 de la calle Pericón, que después sería “Avenida Manuel Suárez”, junto al Casino de la Selva, propiedad de su “apá”, y contaba que el empresario Raúl Iragorri Aranda, también aspirante a la gubernatura, vino al mundo dos horas después de él y su nacimiento también fue atendido por la misma partera, doña María Ranfla; por eso comentaba en broma que, primero en tiempo, primero en derecho para ser gobernador.
También abogado, egresado de la UAEM y académico por naturaleza, fue ahí profesor y por décadas catedrático de la UNAM. En dos ocasiones punteó para gobernador; sin duda habría hecho un excelente papel, gente de sensibilidad y buen trato, con vasta experiencia en lo político y empresarial, pero de Palacio Nacional salieron otras instrucciones, la primera vez con el autócrata y represor Díaz Ordaz, esta vez Marcos se disciplinó, y la segunda con el socialista Luis Echeverría, quien argumentó que un empresario no debía ser gobernador. Esta vez, enfrentó enérgicamente a Muñoz Ledo, entonces presidente de su partido, cuando este lo llamó, pero para informarle que el candidato era Bejarano.
Fue hijo favorito de don Manuel Suárez y Suárez, uno de los empresarios más destacados de su época, quien había participado en la Revolución con Francisco Villa. Don Manuel fue dueño del hotel Casino de la Selva, del Mocambo en Veracruz, del Hotel de México que no llegó a terminar, de ingenios azucareros en Sinaloa y Veracruz, de las fábricas Eureka de asbesto cemento en Monterrey y Ciudad de México, fue el más importante mecenas del muralismo, mexicano apoyando a Siqueiros y Diego Rivera, igual que a destacados pintores, escultores, arquitectos, intelectuales que llegaron como refugiados de la guerra civil. En España recibió los títulos de la “Gran Cruz de Alfonso X el Sabio”, e “Hijo predilecto de Navia,” su tierra.
Marcos Manuel, siempre conocido como el ingeniero, era gran amigo y político, poco tolerante a los tontos, decía. Cuando no era posible cumplir peticiones, la gente salía feliz y satisfecha de su oficina, también me consta. Trataba con todo aquel que lo buscaba; las puertas de sus oficinas siempre estaban abiertas. Fue padrino de generaciones y benefactor de escuelas. Tampoco toleraba los abusos, como cuando un gobernador, por motivos personales, ejerció su poder en contra de este autor, ordenando cancelarme contratos empresariales con el gobierno y, como funcionario venido desde el sexenio anterior, siguieron hostigamientos y acoso. Ante ese flagrante abuso, Marcos intercedió, al grado que decidió renunciar como Secretario General de Gobierno. Vino un tiempo en calma y los ataques reaparecieron; esta vez, Marcos, ya presidente del Tribunal Superior de Justicia, se opuso abiertamente a los hostifamientos por el mismo motivo y también terminó renunciando al cargo. Ante esos excesos, otros funcionarios también intercedieron a favor de este autor, entre otros, el Tesorero Gustavo Martínez; el Capitán Moisés Maislín, Director de la Policía, quien a pesar del gobernador me brindó protección y consejos; lo mismo el Procurador Alejandro Galván, quien por medio de un colaborador me aconsejó que pusiera tierra de por medio por un tiempo. Ya en Ciudad de México me reunía con Marcos en su domicilio de calle Fuego en el Pedregal y, aunque las cosas ya se habían calmado, no esperé una tercera andanada; decidí autoexiliarme por más de un año en Italia y España.
A mi regreso, en 1987 al final de ese mismo sexenio, el ingeniero había sido designado otra vez presidente de su partido para la elección del nuevo gobernador donde arrasó Antonio Riva Palacio y meses después para en la elección federal, distinguiéndome con importantes representaciones y nombramientos honoríficos.
Llegaron los años noventa, luego el nuevo milenio con amenas reuniones y tertulias con un reducido grupo en casa de este autor, en estos años se agregó su hijo Marcos Manuel Suarez Gerard.
Marcos amaba el estado y respetaba a su gente; su bonhomía le dio grandes amistades, desde las más humildes hasta miembros de la realeza y nobleza europea radicados en Cuernavaca. Lo acompañamos cuando, junto con su esposa Magdalena Gerad, apadrinaron a un niño, dándose el convivio en la más humilde choza de Ahuatepec.
Fue un estimado personaje, amigo de infancia de Cuauhtémoc Cárdenas y Miguel Alemán Velazco, con quienes convivía en la residencia presidencial de Los Pinos; fue amigo y compadre de otros presidenciables como los secretarios Mario Moya Palencia y Pedro Ojeda Paullada.
El cinco de enero de 2020 asistimos a su cumpleaños en La Estancia; el 12 de febrero, a pesar de su salud, vino a Cuernavaca con su esposa para festejar el mío con la paella que se hizo tradición.
A seis años de su fallecimiento, recordamos al ingeniero Marcos Suárez. Nos queda el recuerdo de una gran amistad de seis décadas llenas de anécdotas y conversaciones.
Conversando con Cuauhtémoc Cárdenas, surgieron otras anécdotas del ingeniero; ambos se dispensaban gran estimación.
El lunes 15 de junio, la UNAM le rindió un homenaje póstumo; en octubre, el reconocimiento a su trayectoria en el Museo de la Ciudad en Cuernavaca; el 19 abril de 2022 la Venera José Ma. Morelos y la Venera Cuernavaca el 22 de noviembre. *Carlos Lavín Figueroa ¡Hasta la próxima!
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