Los debates en el Congreso de San Lázaro suelen ser de vergüenza, con mentiras o medias verdades engañosas, insultos y charlatanería que desplazan los temas a tratar.
Son cuentos ideológicos que, por agotadores, se dan en relevos, para vencer a la parte oponente por agotamiento físico y emocional, hasta que una mayoría con mentalidad de rebaño, para ganar privilegios, aprueba o rechaza tal o cual ley o reforma constitucional o judicial; lo que nos recuerda “La rebelión de las masas”, de Ortega y Gasset.
Si se piensa que a través de una ideología se puede corregir la realidad de una nación, lo único que se logra es someter a la razón por debajo de la pasión y, para vergüenza y lo que le sigue eso, ya está normalizado.
La neurocientífica Rita Levi, ganadora del Premio Nobel en 1986, aseguró que “la ideología es emoción, es sinrazón, o la razón vista como hija de la imperfección”; es un compendio de argumentos dictados por líderes para ser aplicados a y por quienes carecen de capacidad de análisis o que dejan que otros piensen y decidan por ellos. Por tal motivo, “la gente tiene los gobernantes que se le parecen”, dijo el filósofo político Joseph de Maistre.
Así es como las masas humanas se guían por ideologías y/o por las emociones e impulsos primitivos que habitan en lo más profundo de su cerebro, como resultado de lo que han vivido y de sus traumas.
Por tanto, el problema de la humanidad y también del mundo es el hombre mismo; pensadores como Bertrand Russell señalaron que es una situación que parece ir en contra del sentido común o que resulta contradictoria, pero tras un análisis más profundo esconde una verdad lógica y revela una realidad válida; es ahí donde surgen las diferencias: mientras los necios suelen estar seguros de todo, las personas reflexivas se enfrentan a un mar de dudas. Se dice que los tontos no entienden y que los estúpidos entienden, pero insisten.
En ambos casos, sea por ideología o sea por deficiencias emocionales, que suelen recaer en un mismo individuo, son ellos quienes deciden el futuro de un país.
No cabe duda de que la democracia no es perfecta; sin embargo, es lo mejor que tenemos o lo menos peor, porque un congreso en manos de una mayoría ideológica es un verdadero desastre. Platón decía que “la democracia no sirve porque otorga poder de voto a todos por igual sin importar su sabiduría o preparación”; consideraba que el voto de la mayoría no garantiza ni la justicia ni la verdad, lo que lleva a la manipulación y al caos. Sostenía que gobernar requiere un conocimiento experto y que el pueblo es fácilmente engañado por líderes demagogos, lo que inevitablemente termina en tiranía.
Ante esas diferencias, sirvan de ejemplo los “Diálogos en el infierno” entre Maquiavelo, que representa al pragmatismo y el uso de la fuerza, el engaño, asegurando que “el fin justifica los medios” para alcanzar y mantener el poder absoluto; en cambio, Montesquieu defiende la razón, los derechos individuales, la libertad y la república fundamentada en la división de poderes legislativo, ejecutivo y judicial”.
Ante tales fragilidades, una posible solución sería someter a los congresistas a terapias sanadoras, porque, al parecer, nadie está exento de traumas, complejos, intereses personales, desviaciones o inclinaciones e ideologías que le imponen maneras de actuar sin pensar. Aunque les sería inadmisible someterse a tratamientos que develarían su estado psíquico-emocional y sus capacidades cognoscitivas.
Luego entonces, los congresistas, como todo ser humano, son imperfectos y sus cerebros, de por sí, son complicados por naturaleza, todavía, les meten ideologías. Una gran ayuda para sus debates sería, utilizar la inteligencia artificial para que esta, analice las diferentes posturas de los partidos políticos y que sean esas inteligencias limpias de intereses, de emociones, de pasiones, de problemas psicológicos, las que procesen lo planteado por las partes, aun considerando las posibles omisiones.
Y es que la inteligencia artificial analiza millones de datos, puede procesar, resumir y comparar grandes volúmenes de documentos legales o diarios de debates en segundos, puede reproducir o amplificar desigualdades sociales, tomar decisiones judiciales, seleccionar candidatos, todo con juicio ético, que servirían primeramente como asesoramiento para tomar decisiones y que, en un futuro, sean las que tomen decisiones.
Y por las mismas razones, también en los tribunales, la justicia podría aplicarse por medio de la inteligencia artificial -sin corrupción, ni protección ni favores- de manera pronta y clara, disminuyendo el tiempo de los juicios, con la posibilidad de apelar o presentar alegatos de clausura y cierre.
Mientras tanto, lo mejor sería evitar la confrontación y la violencia al tratar de ganar pleitos “legales”, privilegiando la conciliación por medio del diálogo y no alargando los juicios para seguir explotando a quienes solicitan los servicios de un defensor que también suele venderse para perder un juicio.
Seguramente llegará el día cuando los adelantos tecno científicos permitan lograr veredictos acertados en las diferentes instancias de gobierno, como hoy ya se logra en ciencias avanzadas.
¡Hasta la próxima!
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