Durante la época prehispánica, los indígenas tlahuicas de la ahora Cuernavaca se iluminaban con fuego vivo de astillas de pino de ocote; los patios se alumbraban con antorchas y teas; los templos y adoratorios mantenían hogueras de manera perma nente; dentro de las casas, el tlecuil o fogón de la cocina era la fuente principal de luz. El agua era surtida por canales a cielo abierto desde los manantiales del Tepeite y de Tlaltenango. Ya se tomaban bebidas refrescantes de frutas con nieve. Traerla desde el Popocatépetl era uno de los más duros oficios; el hielo se traía cargando a espaldas de los tamemes; no había animales de carga. Un tameme era una persona dedicada al transporte de mercancías y objetos a pie y trotando; utilizaban el mecapal, que era una banda de cuero o fibra de maguey en la frente o el pecho para distribuir el peso cargado en la espalda. Un tameme entrenado desde la infancia podía cargar en promedio 23 kilos y recorrer distancias de ocho a diez ki lómetros en una hora, y cada uno lo hacía por cinco horas para ser relevado por otros hasta llegar a su destino.-Ya en la época colonial, Martín González de la Vara, autor de “La historia del helado en México”, indica que el primer nevero en el actual territorio mexica no fue el criollo Leonardo Leaños, quien comenzó con el oficio en 1620 en la capital del virreinato. La variedad se limitaba a una mezcla de leche, miel y huevos mezcla dos con nieve del volcán-. En esa época colonial, el surtido de agua a Cuer navaca se aumentó con los manantiales de Gualupita.
Para entonces, la nieve solidificada era traída a Cuernavaca a lomo de mulas, burros y carretas que subían a las laderas del Popocatépetl para recolectarla; era traída compactada en arpillas bien embaladas, envueltas en paja y pieles. El viaje era largo y silencio so. Se hacía de noche para evitar que la nieve se derri tiera. Cada bloque de nieve cristalizada aquí se prensaba para hacer bloques de hielo para mayor duración. Y no era solo un lujo. Era también una necesidad. La nieve traída del volcán, hecha hielo, servía para aliviar fiebres, bajar inflamaciones, tratar heridas o combatir epidemias como el cólera. También permitía algo tan cotidiano como conservar alimentos o disfrutar de un refresco frío o un helado. Ya en la época independiente, en Cuernavaca, se hacían nieves batidas con frutas, leche y huevos, conocidas todavía como mantecados, elaborados por don Manuel Pintos y otros neveros. “Mantecados” que todavía se elaboran de manera artesanal en Morelos y centro de México.
Fue a finales del siglo XIX con la llegada de la electrici dad cuando el hielo pasó a ser fabricado por máquinas, primero en los Estados Unidos. En 1899 la nieve todavía se traía a Cuernavaca desde las faldas del Popocatépetl, oficio que desapareció ese mismo año cuando la electri cidad cambió para siempre nuestra forma de vivir al instalarse también la primera fábrica de hielo. Ese año fue cuando el empresario don Eugenio J. Cañas instaló la primera planta de luz eléctrica y la aprovechó también para montar la primera fábrica de hielo, ambas en el margen derecho de la barranca de La Leona, frente al panteón y al sur del puente de La Libertad en la Colonia Carolina. Una vez logrado, colocó postes y cableado hasta el centro de la ciudad. Así es como, a par tir de ese año, se abasteció la ciudad de luz eléctrica y del tan apreciado hielo. Tanto casas como sus principales edificios públicos, como el Teatro Porfirio Díaz y el Palacio de Cortés, se iluminaron con focos de filamento de carbón; se cobraba una cuota fija mensual por cada foco. También se iluminaron algunas calles principales donde se colocaron 30 lám paras de mil bujías, sustitu yendo las lámparas de gas y aceite. Al escasear el agua en época de estiaje para accionar la turbina generadora de luz, don Eugenio construyó barranca arriba de la planta una presa para captar las aguas que del Ajusco baja ban del norte, para con sus aguas poder accionar las turbinas de manera continua todo el año. Entrando el siglo XX, al ser todavía insuficiente el agua de la presa en los me ses de estiaje, buscando un manantial, mandó excavar un túnel donde había unos escurrimientos de agua, y la encontró; el agua brotó en un gran borbollón en el corazón de esa loma conocida hoy como El Túnel. Es así como, desde ahí, construyó un acueducto para llevar esa agua de manera permanente a su planta de luz eléctrica “La Soledad”, frente al pan teón de La Leona. En 1906, don Eugenio cambió de lugar sus empre sas de luz y hielo ubicadas en La Leona, al paraje que era ya conocido como “Las Águilas”. A ambas las llamó “El Águila”, ubicada al sur de los abundantes manantiales de Chapultepec, cuya agua era traída por medio de un canal y acueducto para accionar las turbinas; los restos de ese acueducto se aprecian en la hoy colonia Las Águilas, donde todavía se encuentra la casa de la turbina. El acueducto hoy es un atractivo que derrama una impresionante y atractiva cascada. La segunda fábrica de hielo se llamó La Azteca; estaba en la hoy calle Madero, llegando al puente de El Túnel a mano izquierda, viniendo de la calle Pericón hacia La Pradera. Todavía existen vestigios de esa construcción. La tercera importante fue La Polar; estaba ubicada en la esquina de Abasolo y Nezahualcóyotl, donde en la época colonial había estado un molino de trigo accionado por un canal de agua. Después llegó otra en La Selva, cerca de la estación del ferrocarril.
¡Hasta la próxima!
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