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Esta y seis casas más sobre la calle Nezahualcóyotl, juntas una con otra, que van de la esquina con Abasolo hacia el norte, de las que algunas llegaban a la calle de Galeana, formaron parte del convento de monjas de clausura de principios del siglo XVI, mismas casas que sirvieron de hospedaje permanente a monjas de familias acaudaladas. El convento abarcaba toda esa manzana.

En los años treinta del siglo XX, estas siete casas abandonadas, fueron adquiridas por el norteamericano Lawrence Leslie Anderson, quien a finales de esa década encargó a su amigo Eduardo Balio Rendon dividirlas, reconstruirlas y remodelarlas por primera vez. Esta casa en particular, conocida como La Casa del Torno, fue donada por Anderson a don Eduardo como agradecimiento a su trabajo; posteriormente, este, la vendió a mi gran amigo don Jorge de la Borbolla y Romero Rubio, sobrino nieto de Porfirio Díaz, recién fallecido, que después sería propiedad de un matrimonio de los vitivinicultores Domecq.

Aquí este texto, basado en el relato escrito que me entregó en propia mano el ingeniero Jorge de La Borbolla y Romero Rubio, quien, por mediación de don Eduardo compró tres de esas siete casas a Anderson, razón por la cual conoció esa historia al detalle. Aquí la narración:

Dos jóvenes, de familia acaudalada, procedentes de América, ingresan a la prestigiosa Universidad de Oxford, en Inglaterra; uno mexicano, originario de Mérida, Yucatán, el otro nacido en Meadville, Mississippi, de los Estados Unidos de América. Ambos cursaron los mismos estudios y sellaron una estrecha amistad.

Eduardo Balio Rendón y Lawrence Leslie Anderson terminan su carrera y regresan a sus países de origen. La noble amistad no termina; inician una constante relación epistolar, los hechos como sus vidas se apartan y planean su reencuentro. Eduardo, el sibarita poseedor de una gran cultura, busca refugio en Cuernavaca cuando las “leyes agrarias” lo habían despojado de su patrimonio en Yucatán, dejándolo en completa ruina. El culto, el casanova, presagia la ignominia de tener a su edad media el esclavizarte trabajo.

Por su parte, Lawrence, además de poseer cultura y logros económicos, es un personaje de prestigio y dinero. Por su relación con los ingleses, ya goza de un escaño importante en la directiva de la mayor empresa petrolera en México. Como todo, la dicha termina. En 1938, el presidente Cárdenas expropia las empresas petroleras en manos de extranjeros, y los ingleses inician su éxodo; a Lawrence, ya sin empleo, le restan solo dos cosas: su amistad con Eduardo y haber quedado encantado por México, que hasta su final le tuvo un inconmensurable amor. Para entonces, Eduardo vivía y disfrutaba de la primavera eterna de Cuernavaca, y convence a Lawrence de ubicarse con su esposa Bárbara en el hermoso pueblo de las flores, que se esforzaron en convertirlo en “ciudad”.

A Lawrence le sobraba lo que a Eduardo le faltaba: dólares y, convencido por su antiguo amigo, no dudó en comprar las viejas y hermosas ruinas que un milagro salvó de la rapiña con antifaz de anticlerical derivada de las Leyes de Reforma que expropiaron los bienes del clero al que pertenecieron esas siete casas.

En esa década, los lotes colindantes alrededor de la catedral y su convento franciscano fueron negociados para construir la “Casa de la Torre”, hoy museo Brady, y las otras casas adyacentes además del hermoso “Jardín del niño”, hoy “Jardín Revolución”, que había sido la huerta de los frailes franciscanos, y otro para escuela en la esquina de Nezahualcóyotl e Hidalgo, uno para hospital de la Cruz Roja, actualmente Centro Cultural Universitario; y el más grande, el de enfrente, calle Nezahualcóyotl de por medio, era toda la manzana que había sido el convento de las monjas con advocación a la Virgen de la Asunción. Todo ese espacio de dos manzanas completas que había sido de uso religioso cubría una gran extensión; no existía la calle Cázares. Lo que es ahora la primera calle de Netzahualcóyotl era solo una vereda o callejón angosto de una sola cuadra, no tenía continuación al sur; buena parte de esas construcciones del lado oriente de esa vereda también tenían acceso por lo que hoy es la calle de Galeana.

En ese convento, enclavado en terrenos próximos a la parroquia del siglo XVI, hoy catedral, las familias de las monjas internas ahí, fueron construyendo las instalaciones casa por casa, capilla, comedor comunitario, hasta cementerio; terreno que la marquesa del Valle, esposa de Hernán Cortés, les había quitado a los frailes dividiéndolo por la hoy calle Nezahualcóyotl y lo donó para esa congregación de religiosas. Tres cuartos de siglo atrás, con la victoria de la Revolución de Ayutla, el 4 de octubre de 1855 en Cuernavaca Juan Álvarez había asumido la presidencia de México. Designó a Benito Juárez como secretario de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública; el 23 de noviembre, Álvarez promulgó la Ley Juárez que suprimió los derechos de los militares y religiosos. El 25 de junio de 1856 fue promulgada la Ley Lerdo que desamortizaba los bienes del clero, para expropiar y poner en venta los bienes inmuebles y tierras que estaban en manos de la Iglesia y órdenes religiosas. Todo el convento de monjas que abarcaba esa manzana, y que incluía esta casa fue expropiado y abandonado.

Al sufrir la persecución y prohibiciones de la “Guerra Cristera” que implantó el gobierno de Plutarco Elías Calles entre 1926 y 1929, la gran manzana del ex convento de monjas sufrió de adjudicaciones deshonestas y su venta en fracciones. Continúa el próximo sábado. ¡Hasta la próxima!

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Sobre el autor

Carlos Lavín Figueroa
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