Entre Comillas: Tiempos de complejidad

Ariel Homero López Rivera
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En 1999, la ONU encargó a Edgar Morin el texto Los siete sabe­res nece­sa­rios para la edu­ca­ción del futuro, una obra que sin­te­ti­za­ría su visión del pen­sa­miento com­plejo. La idea era sim­ple pero ambi­ciosa: reo­rien­tar la edu­ca­ción para pre­pa­rar a las nue­vas gene­ra­cio­nes ante un mundo que, día con día, se vis­lum­braba más intrin­cado.

Efec­ti­va­mente, el tiempo le dio la razón. Muchos recor­da­mos el entu­siasmo de los Jue­gos Olím­pi­cos de 1968 y el Mun­dial de Fút­bol de 1970. México se volcó con pasión y dis­frutó ambos acon­te­ci­mien­tos; fami­lias ente­ras asis­tie­ron a los esta­dios sin con­tra­tiem­pos, a pesar de la pro­funda herida sufrida en Tla­te­lolco. El mundo pare­ció sus­pen­derse por unas sema­nas para dejar­nos dis­fru­tar el momento.

Hoy, en con­traste, somos tes­ti­gos de la extrema com­ple­ji­dad que envuelve al Mun­dial com­par­tido con Esta­dos Uni­dos y Canadá. Las calles del Cen­tro His­tó­rico de la Ciu­dad de México son toma­das por el magis­te­rio, al igual que las sedes de Mon­te­rrey y Gua­da­la­jara. Las obras de infraes­truc­tura para resol­ver el acceso a los esta­dios lucen tar­días e insu­fi­cien­tes, mien­tras que el auge hote­lero y de ren­tas se desin­fla. A esto se suma la latente ame­naza de nues­tros veci­nos del norte, que en cual­quier momento puede deto­nar debido a los aran­ce­les o a la deci­sión de inter­ve­nir por aque­llos que con­si­de­ran un peli­gro. Mien­tras la delin­cuen­cia —orga­ni­zada y común— ace­cha, en EE. UU. se redo­blan esfuer­zos para evi­tar un aten­tado. Por si fuera poco, las llu­vias e inun­da­cio­nes jue­gan su pro­pio papel.

Vivi­mos en un entorno mucho más com­pli­cado, donde es fácil caer en la trampa de cul­par de todo al gobierno en turno. A su vez, el apa­rato ofi­cial culpa a las admi­nis­tra­cio­nes pasa­das, al neo­li­be­ra­lismo, a las cons­pi­ra­cio­nes de la extrema dere­cha nacio­nal e inter­na­cio­nal, a una opo­si­ción ale­tar­gada o incluso a la Inte­li­gen­cia Arti­fi­cial.

Morin dife­ri­ría de estas lec­tu­ras sim­plis­tas. Lo que ocu­rre es que habi­ta­mos un mundo hiper­com­plejo que ha evo­lu­cio­nado a gran velo­ci­dad. Com­pren­der la rea­li­dad desde la teo­ría de la com­ple­ji­dad sería útil para plan­tear solu­cio­nes a los nue­vos tiem­pos.

El filó­sofo y soció­logo fran­cés, quien com­ba­tió desde la Resis­ten­cia la ocu­pa­ción ale­mana en la Segunda Gue­rra Mun­dial, falle­ció recien­te­mente a los 104 años. A lo largo de una pro­lija vida, abordó los gran­des temas de la huma­ni­dad desde una pers­pec­tiva holís­tica que arrojó luz para desen­tra­ñar el pre­sente y el por­ve­nir.

El año pasado, a los 103 años, publicó su último libro: Lec­cio­nes de la his­to­ria. En estos momen­tos en que la vida polí­tica y social de México parece pola­ri­zarse en todos los fren­tes, resulta suma­mente opor­tuno leerlo. A tra­vés de un reco­rrido relám­pago por el deve­nir humano, Morin mues­tra cómo sur­gie­ron los impe­rios y cuá­les fue­ron las razo­nes de su desa­pa­ri­ción.

En capí­tu­los bre­ves de dos a cua­tro pági­nas, el autor con­densa ejem­plos de lo ines­pe­rado. Es una suerte de manual para acce­der al pen­sa­miento com­plejo y enten­der la actua­li­dad a tra­vés de la trans­dis­ci­pli­na­rie­dad. El filó­sofo nos advierte cómo el resul­tado de una acción puede ser radi­cal­mente opuesto a su inten­ción ini­cial, un fenó­meno veri­fi­ca­ble al obser­var los bue­nos pro­pó­si­tos guber­na­men­ta­les que ter­mi­nan por des­ca­rri­larse. No hace falta bus­car ejem­plos monu­men­ta­les; los vivi­mos aquí coti­dia­na­mente.

En su ter­cera lec­ción, Morin enseña cómo lo impro­ba­ble puede ocu­rrir y cita hitos como la caída del Muro de Ber­lín o la vic­to­ria de Ate­nas, una pequeña ciu­da­dEs­tado, frente al colo­sal Impe­rio persa. Más ade­lante, observa cómo el mace­do­nio Ale­jan­dro Magno con­quistó esos domi­nios y pul­ve­rizó su pode­río. Asi­mismo, en la quinta lec­ción, reco­noce el peso de los mitos en el rumbo his­tó­rico, seña­lando que las reli­gio­nes —como el cris­tia­nismo y el islam— son acto­res fun­da­men­ta­les de las socie­da­des.

En la sexta lec­ción evoca el increí­ble des­tino de la Revo­lu­ción rusa: un evento suma­mente impro­ba­ble que suce­dió y que, tras 70 años, se hun­dió por sí solo de forma ines­pe­rada en 1991.

El espa­cio es breve, pero con­cluyo con una suge­ren­cia: los gober­nan­tes con­tem­po­rá­neos debe­rían leer este mara­vi­lloso texto de ape­nas 80 pági­nas.

El futuro inme­diato está a la vuelta de la esquina. Nada es para siem­pre y, si no lo reco­no­ce­mos, corre­mos el riesgo de desa­pa­re­cer pro­ducto de nues­tras pro­pias con­tra­dic­cio­nes inter­nas. Los ára­bes sucum­bie­ron ante los Reyes Cató­li­cos debido a sus con­flic­tos inter­nos; el Impe­rio chino cayó de forma ful­mi­nante y Napo­león sos­tuvo su impe­rio ape­nas 14 años antes de encon­trarse con su Water­loo.

Morin tenía razón al subra­yar el carác­ter impre­vi­si­ble de la his­to­ria. Como él mismo escri­bió: «...es pre­ciso reco­no­cer la irra­cio­na­li­dad bár­bara que se renueva sin cesar…».

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.