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El siglo XXI trans­formó radi­cal­mente el modo en como com­pren­de­mos la exis­ten­cia, el tra­bajo y las rela­cio­nes huma­nas. Para dimen­sio­nar la mag­ni­tud del cam­bio se antoja exa­mi­nar las gene­ra­cio­nes de las últi­mas déca­das: desde los Baby Boo­mers (1946–1964) hasta los Millen­nials o Gene­ra­ción Y (1981–1996) y los Cen­ten­nials o Gene­ra­ción Z (1997–2012).

Los Baby Boo­mer, vivie­ron la bonanza eco­nó­mica de la pos­gue­rra, cimen­ta­ron su iden­ti­dad en la cul­tura de la leal­tad ins­ti­tu­cio­nal, la esta­bi­li­dad labo­ral a largo plazo, el arraigo patri­mo­nial y las jerar­quías. Su visión del mundo fue fun­da­men­tal­mente ana­ló­gico, con libros, apun­tes, dis­cos de vinil, cáma­ras foto­grá­fi­cas y la lec­tura paciente de dia­rios y libros impre­sos.

La Gene­ra­ción `Y´ o Milen­nials, vivie­ron la infan­cia sin inter­net y la juven­tud en pleno ace­lere digi­tal. Son los pio­ne­ros de la eco­no­mía de pla­ta­for­mas, obse­sio­na­dos con el pro­pó­sito per­so­nal, la fle­xi­bi­li­dad y la rup­tura del esquema cor­po­ra­tivo rígido. Tras ellos llegó la Gene­ra­ción Z: los pri­me­ros nati­vos digi­ta­les puros. Para los Cen­ten­nials, la conec­ti­vi­dad no es una herra­mienta de tra­bajo, sino un sis­tema inte­gral. Des­ta­can por su inme­dia­tez, una alta sen­si­bi­li­dad hacia la inclu­sión y la diver­si­dad, prag­ma­tismo ante el con­sumo (Uber, Uber food, Ama­zon…) y una aper­tura iné­dita para colo­car la salud men­tal en el cen­tro de sus inquie­tu­des.

Al con­tras­tar a estas gene­ra­cio­nes de jóve­nes con la expe­rien­cia de los Boo­mers, los pros y con­tras sal­tan a la vista. Entre las ven­ta­jas de las Gene­ra­cio­nes Y y Z des­taca una capa­ci­dad sin pre­ce­den­tes para el acceso a la infor­ma­ción, la adap­ta­bi­li­dad, la con­cien­cia ambien­tal y un dis­tan­cia­miento de las estruc­tu­ras auto­ri­ta­rias que limi­ta­ban la auto­rrea­li­za­ción.

Sin embargo, las con­tra­par­ti­das son seve­ras. Mien­tras los Boo­mers goza­ban de pre­vi­si­bi­li­dad finan­ciera y redes comu­ni­ta­rias con­so­li­da­das, las nue­vas gene­ra­cio­nes enfren­tan una pre­ca­rie­dad eco­nó­mica, la impo­si­bi­li­dad de adqui­rir vivienda y nive­les alar­man­tes de ansie­dad. La flui­dez de la vida moderna se ha tra­du­cido, a menudo, en fra­gi­li­dad social. La sobreex­po­si­ción a las pan­ta­llas ha ero­sio­nado la capa­ci­dad de aten­ción pro­funda, des­pla­zando la con­vi­ven­cia física por la pre­sen­cia vir­tual e incre­men­tando la sen­sa­ción de sole­dad en un mundo hiper­co­nec­tado.

En este com­plejo esce­na­rio, la voz de la ética resulta indis­pen­sa­ble. El papa León XIV, en su encí­clica Mag­ni­fica Huma­ni­tas, ha lan­zado una adver­ten­cia fun­da­men­tal sobre los alcan­ces y lími­tes de la Inte­li­gen­cia Arti­fi­cial. Subraya que la tec­no­lo­gía debe ser guiada por la sabi­du­ría, la con­cien­cia y la cari­dad, subor­di­nando los algo­rit­mos a la dig­ni­dad de la per­sona humana. El riesgo fun­da­men­tal de la IA no estriba úni­ca­mente en el des­pla­za­miento del tra­bajo o la desin­for­ma­ción, sino en la sus­ti­tu­ción del jui­cio moral y la empa­tía por un cri­te­rio de mera efi­cien­cia com­pu­ta­cio­nal. La máquina —recuerda León XIV— puede pro­ce­sar datos con velo­ci­dad asom­brosa, pero jamás podrá reem­pla­zar la con­cien­cia humana ni la res­pon­sa­bi­li­dad ética.

Para con­tra­rres­tar la dis­per­sión men­tal que pro­vo­can los rit­mos fre­né­ti­cos del mundo digi­tal, se vuelve urgente res­ca­tar la lec­tura atenta de libros sobre la nave­ga­ción pasiva por redes socia­les.

Las redes socia­les están dise­ña­das bajo la lógica de un estí­mulo adic­tivo y el saber frag­men­tado. Fomen­tan la inme­dia­tez, el jui­cio apre­su­rado y la pola­ri­za­ción, con­vir­tiendo al usua­rio en un recep­tor pasivo de infor­ma­ción. Por el con­tra­rio, la lec­tura de un libro exige pacien­cia, con­cen­tra­ción sos­te­nida y un esfuerzo activo de ima­gi­na­ción y pen­sa­miento abs­tracto. La página escrita invita al silen­cio inte­rior, a la refle­xión pro­funda y al diá­logo silen­cioso con las men­tes más lúci­das de la his­to­ria, de las cien­cias, de las artes. Mien­tras las redes socia­les aís­lan al indi­vi­duo en una “bur­buja de eco” que rea­firma sus pre­jui­cios, la lite­ra­tura expande el hori­zonte inte­lec­tual, cul­tiva la empa­tía genuina al poner­nos en el lugar del otro y entrena la capa­ci­dad ana­lí­tica nece­sa­ria para eva­luar la rea­li­dad con cri­te­rio pro­pio.

La Gene­ra­ción Y y la Gene­ra­ción Z deben saber que ni la tec­no­lo­gía más avan­zada ni el flujo inin­te­rrum­pido de las redes pue­den suplir la pro­fun­di­dad que otor­gan el pen­sa­miento crí­tico, la con­cien­cia ética y la pau­sada lec­ción que solo la lec­tura atenta es capaz de ofre­cer.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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Ariel Homero López Rivera
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