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Caminando por la Quinta Avenida en Nueva York, dejando atrás Central Park, me sorprende un veliz inmenso: una petaca gris con manija negra y bordes plateados que son los goznes de una valija retro. Louis Vuitton “viste” un edificio de unos 17 pisos. Es la glorificación del kitsch, esa tendencia que surgió a mediados del siglo XIX como una réplica de los gustos burgueses hacia lo aristocrático. Más adelante, en Times Square, y a pesar de que es mediodía, las inmensas pantallas digitales muestran espectáculos, viajes, mercancías, comidas, películas. Los paseantes fotografían, hacen selfies, videos, graban. Ayer el día era gris; hoy luce un sol con frío. La gente admira la enorme cantidad de anuncios de colores vivos, de mensajes seductores. Me siento a contemplar el espectáculo de lo efímero. Sobre la Quinta Avenida está la iglesia de Saint Thomas. Entramos. Un coro de niños y una orquesta de cámara ensayan el Gloria in Excelsis Deo, de Antonio Vivaldi. Reflexión y descanso. Las voces de los niños se elevan y rodean la cruz; la envuelven. Estatuas de apóstoles y santos en el retablo la acompañan. Los vitrales en lo alto se esfuerzan por colorear levemente la nave. Times Square sintetiza el mundo contemporáneo. La tecnología proyecta en sus enormes pantallas digitales imágenes en movimiento y de colores: invitación al ocio, al placer y al divertimento. Las camionetas de fast food, amarillas y rosas en las esquinas, muestran y venden hot dogs, hamburguesas y pretzels. Conviven con camionetas que ofrecen burritos, tacos, guacamole y tostadas. Lo kitsch llegó para quedarse, sostienen Gilles Lipovetsky y Jean Serroy en su libro La nueva era del kitsch. Los autores franceses analizan el significado y la actualidad del kitsch como fenómeno cultural. En el origen, observan que la imitación o la copia mecánica de objetos de decoración es el fundamento del fenómeno kitsch. Imita el estilo aristocrático que la burguesía adopta a bajo precio. Emerge con la industrialización en Europa. Significa el amontonamiento y la sobrecarga del éxito social. Se caracteriza por la ausencia de estilo propio. La clase media se mimetiza. Proliferan los nuevos materiales de imitación: latón, falso mármol, falso marfil, nácar… simulación a bajo precio. La clase media llegó al paraíso con copias miniatura de la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, La última cena de Leonardo da Vinci o la Torre Eiffel en miniatura. Los autores, en su ensayo sociológico-filosófico, sostienen que el kitsch pasó de ser un estilo de mal gusto a ser un eje de la vida moderna. Abarca el arte, el diseño, la moda, la publicidad, los espacios urbanos y el turismo. En su primera época, el kitsch era sinónimo de mal gusto, cursilería y falsificación (Galerías El Triunfo sería un modelo). El kitsch está presente en nuestra vida diaria: en las películas, en los grandes festivales de música con sus espectaculares escenarios. Inmerso en la tecnología —sostienen los autores— y con el empuje del capitalismo, nada escapa a la cultura popular. El kitsch está presente en Nueva York. Pero ahora es hiperkitsch, dice Lipovetsky. Hoy significa la oportunidad de las masas de divertirse, de distraerse de la pesada carga de la vida citadina, urbana, compleja y con 37 millones de habitantes. Todas las grandes ciudades están inmersas. Qué más kitsch que Dubái o Las Vegas (donde ahí se consagró). Efectivamente, ¿qué haríamos si no tuviéramos la posibilidad de distraernos con los churros, que los hay por miles en las plataformas digitales? O los 40 millones de canciones de Spotify o los 50 millones de Apple Music. “Él adoraba la ciudad de Nueva York. Para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. Lo difícil que era existir en una sociedad insensibilizada por las drogas, la música a todo volumen, la televisión, el crimen, la basura…”. (Diálogo del filme “Manhattan”, de Woody Allen.)

Sobre el autor

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Ariel Homero López Rivera
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