Hace medio siglo, China y México caminaban por senderos opuestos. En 1976, mientras el gigante asiático lloraba la muerte de Mao Zedong y Zhou Enlai, cerrando el traumático capítulo de la Revolución Cultural, México vivía los últimos suspiros del Desarrollo Estabilizador. En aquel entonces, entre el 80% y el 90% de los chinos vivía en la pobreza extrema, con un consumo per cápita de apenas 110-190 dólares al año. México, en contraste, se situaba entre las posiciones 15 y 16 del ranking económico mundial, mientras China deambulaba por el lugar 30.
Dos años después, la llegada de Deng Xiaoping al poder en Pekín marcó el inicio de la “Reforma y Apertura”. Se permitió el capital extranjero y se crearon zonas económicas especiales. Hoy, per cápita chino ronda los 13,450 dólares al año y su participación en el PIB mundial pasó del 2% al 19%. China despegó para ser la segunda potencia global, mientras México, atrapado en crisis cíclicas y devaluaciones como la que marcó el fin del mandato de Luis Echeverría en 1976, parece haber perdido la brújula del liderazgo regional.
¿Es posible seguir el modelo chino? La respuesta corta es no, dadas nuestras diferencias sistémicas. China posee un Estado centralizado y lo que los politólogos llaman un “Estado Desarrollista”. Su estructura política permite otorgar incentivos económicos con un férreo control centralizado, facilitando políticas públicas con horizontes de 25 a 30 años.
En México, aspiramos a una democracia que, paradójicamente, se ha convertido en el principal obstáculo para la planeación. La renovación de gobiernos cada tres y seis años impide construir visiones de largo alcance. Cada cambio de administración, sin importar si es del mismo partido o de la oposición, suele tirar por la borda lo avanzado. No hay continuidad; solo hay “borrón y cuenta nueva”. Mientras los chinos evalúan a sus funcionarios por resultados tangibles —empleos creados, inversiones atraídas o avances tecnológicos— para promoverlos, en México el incentivo suele ser la lealtad política o la supervivencia electoral.
Morelos se prepara, al igual que el resto del país, para un proceso electoral crucial. Sin embargo, el horizonte no luce prometedor. No se vislumbra una propuesta que dé un giro real al estado de cosas actual. Los candidatos, fieles a la tradición, basarán sus estrategias en la distribución de dádivas, el espectáculo y las promesas vacías. La crítica se centrará en el pasado del adversario y no en la viabilidad de sus proyectos. Es, en esencia, más de lo mismo: una política de corto plazo para problemas de fondo.
Los chinos nos muestran que la planeación no es un lujo, sino una necesidad de supervivencia. Aunque nuestro sistema democrático dista del suyo, existen experiencias internacionales que demuestran que es posible planear al margen de la contienda política. El secreto reside en la fortaleza de las instituciones y, sobre todo, en la participación de la sociedad.
Aquí es donde la sociedad civil debe dar un paso al frente. Hasta ahora, nuestras organizaciones han sido reactivas ante las crisis o se han limitado a la noble labor de la filantropía en salud, educación o alimentación. Son esfuerzos valiosos, pero insuficientes para incidir en el rumbo del estado.
Las organizaciones civiles en Morelos que cuentan con un enorme capital humano en la UAEM, centros de investigación, cámaras empresariales y asociaciones profesionales deben romper su encapsulamiento. No se trata de competir con los políticos, sino de ejercer un liderazgo que obligue a los candidatos a suscribir compromisos concretos y evaluables por organismos autorizados por la ley.
Debemos transitar de una “democracia electoral”, donde el ciudadano se limita a votar, hacia una “democracia de gestión”. Necesitamos un Plan de Gran Visión a 30 años, sancionado por el Congreso del Estado, que trascienda los colores partidistas.
El éxito chino no es fruto de la casualidad, sino de la facilitación de infraestructura y la creación de zonas de desarrollo vinculadas a la innovación y la energía. Morelos tiene el potencial para salir adelante, pero requiere un cambio de paradigma. Si los políticos han demostrado incapacidad, es momento de que la sociedad organizada brinde el rumbo. La pregunta no es si podemos ser como China, sino si somos capaces de planear nuestro propio futuro más allá del próximo domingo de elecciones.
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