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El Plan Esta­tal de Desa­rro­llo (PED) 2025-2030 de More­los aun­que parezca téc­nico, es la base de cual­quier espe­ranza de cam­bio: la vin­cu­la­ción estricta entre la estra­te­gia y el bol­si­llo. Por pri­mera vez, se plan­tea un pre­su­puesto basado en resul­ta­dos: si una acción no está ali­neada con los ejes del PED, sim­ple­mente no hay fon­dos. Es un avance mayor; es el reco­no­ci­miento de que la segu­ri­dad no puede seguir siendo un ejer­ci­cio de ocu­rren­cias sexe­na­les, sino una polí­tica de Estado con metas audi­ta­bles.

Durante 2025, esta estruc­tura pare­ció ren­dir sus pri­me­ros fru­tos. Los datos ofi­cia­les refle­ja­ron una caída en homi­ci­dios dolo­sos y un des­censo drás­tico del 70% en el robo a trans­por­tis­tas. Sin embargo, la rea­li­dad more­lense es una hidra de múl­ti­ples cabe­zas. Mien­tras esos deli­tos cedían, la extor­sión —el asfi­xiante “dere­cho de piso”— los homi­ci­dios y la vio­len­cia fami­liar mos­tra­ron un repunte alar­mante. Los pri­me­ros meses de 2026 han con­fir­mado esta ten­den­cia: el cri­men orga­ni­zado se repliega en cier­tos sec­to­res, pero la vio­len­cia en el hogar alcanza cifras récord de casi 1,500 casos men­sua­les, y la tasa de homi­ci­dios se incre­mentó.

Pro­ba­ble­mente este esce­na­rio obligó a un cam­bio en la titu­la­ri­dad de la Secre­ta­ría de Segu­ri­dad Pública y Pro­tec­ción Ciu­da­dana (SSPC), lo que sig­ni­fica la nece­si­dad de eva­luar no solo a las per­so­nas, sino la arqui­tec­tura misma de la estra­te­gia. La lec­ción es clara: el cri­men orga­ni­zado se com­bate con inte­li­gen­cia y fuerza —una labor donde la coor­di­na­ción con la Fede­ra­ción es vital—, pero la vio­len­cia intra­fa­mi­liar y la des­com­po­si­ción social deman­dan un ángulo dis­tinto.

El PED 2025-2030 intenta rom­per el enfo­que reac­tivo. Define ejes trans­ver­sa­les que entien­den la segu­ri­dad como un sub­pro­ducto del desa­rro­llo. Se asume que el cre­ci­miento eco­nó­mico y la crea­ción de empleo for­mal son, en sí mis­mos, herra­mien­tas de segu­ri­dad al redu­cir el mar­gen de reclu­ta­miento de las célu­las delic­ti­vas. Asi­mismo, reco­noce que la edu­ca­ción y la cul­tura son pie­zas clave para recons­truir un tejido social dañado.

Sin embargo, para que estas polí­ti­cas sean exi­to­sas, la eva­lua­ción debe ser cons­tante y honesta. Es nece­sa­rio for­ta­le­cer a las poli­cías muni­ci­pa­les, que son el ros­tro más cer­cano de la auto­ri­dad. Inver­tir en cáma­ras y dro­nes es insu­fi­ciente si no con­ta­mos con per­so­nal debi­da­mente selec­cio­nado y capa­ci­tado que no sea coop­tado por el cri­men. La inte­li­gen­cia poli­cial es magis­tral para inter­cep­tar flu­jos de dinero o comu­ni­ca­cio­nes, pero es ciega ante lo que sucede tras las puer­tas de una casa en Cuer­na­vaca o Cuautla. Lo domés­tico demanda una inte­li­gen­cia social, no solo tec­no­ló­gica.

Aquí es donde la par­ti­ci­pa­ción de la socie­dad orga­ni­zada se vuelve el fac­tor deter­mi­nante. El Estado debe admi­tir con humil­dad que no puede solo. La par­ti­ci­pa­ción actual es pre­ca­ria: no basta con pedirle al ciu­da­dano que mar­que al 911 si no existe la cer­teza de que su denun­cia será pro­te­gida y seguida de cerca. Los con­se­jos ciu­da­da­nos, aun­que exis­ten­tes, care­cen de inci­den­cia real en el pre­su­puesto, con­vir­tién­dose a menudo en espa­cios de simu­la­ción.

La socie­dad more­lense suele ser activa en asam­bleas par­ti­da­rias, pero se mues­tra renuente o teme­rosa al par­ti­ci­par en la cons­truc­ción de la paz social. Es un vacío peli­groso. El soció­logo de Har­vard, Robert Samp­son, sos­tiene que la segu­ri­dad depende de la “efi­ca­cia colec­tiva”: la capa­ci­dad de los veci­nos para inter­ve­nir y cui­darse mutua­mente. En varios muni­ci­pios de More­los, ese tejido está roto; los veci­nos ni siquiera se cono­cen y es en ese ais­la­miento donde el cri­mi­nal actúa con impu­ni­dad.

Como bien señala la experta Lidia Bláz­quez Mar­tí­nez, el riesgo de un enfo­que exce­si­va­mente reac­tivo y mili­ta­ri­zado es igno­rar la pro­xi­mi­dad real. El poli­cía debe ser un faci­li­ta­dor de la paz, no solo una fuerza de cho­que. Ade­más, los pla­nes esta­ta­les sue­len fallar por estar dema­siado cen­tra­li­za­dos, igno­rando las par­ti­cu­la­ri­da­des de cada comu­ni­dad.

Hoy vemos una socie­dad paciente, pero pro­fun­da­mente can­sada. El reciente males­tar en ins­ti­tu­cio­nes como la UAEM es un sín­toma de este ago­ta­miento. El gobierno debe enten­der que ocul­tar datos o resul­ta­dos es un error polí­tico y social. Orga­ni­za­cio­nes como More­los Rinde Cuen­tas son acto­res esen­cia­les para que la socie­dad conozca el plan su eje­cu­ción y el resul­tado.

La estra­te­gia para recu­pe­rar More­los es de gran enver­ga­dura. No se resol­verá en el corto plazo con luchas par­ti­da­rias. Requiere recur­sos, inte­li­gen­cia y mucha volun­tad polí­tica, pero sobre todo, sen­tido común para enten­der que la paz no se decreta desde una ofi­cina: se cons­truye sanando a la fami­lia, for­ta­le­ciendo el barrio y devol­viendo al ciu­da­dano el papel cen­tral que le corres­ponde en la vigi­lan­cia de su pro­pio des­tino.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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Ariel Homero López Rivera
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