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En los años más oscu­ros del terror esta­li­nista, cuando la prensa libre había sido com­ple­ta­mente erra­di­cada, nació el samiz­dat. Este tér­mino ruso, que sig­ni­fica “edi­tado por uno mismo”, bau­tizó a un sis­tema arte­sa­nal y clan­des­tino de resis­ten­cia: escri­bir un texto ori­gi­nal y repro­du­cirlo en cua­tro copias al car­bón. A tra­vés de este meca­nismo, León Trotski dis­tri­buía sus aná­li­sis crí­ti­cos con­tra el régi­men de Moscú. Déca­das des­pués, gran­des men­tes como Alek­sandr Solz­he­nitsyn, Boris Pas­ter­nak y Andréi Sája­rov bur­la­ron el mono­po­lio infor­ma­tivo sovié­tico haciendo cir­cu­lar su obra pros­crita en el extran­jero. A pesar del fusi­la­miento y el Gulag que aguar­da­ban a quie­nes se atre­vían a repro­du­cir­los, el pen­sa­miento libre ven­ció al terror.

Este com­plejo entra­mado de resis­ten­cia es res­ca­tado magis­tral­mente por el escri­tor cubano Leo­nardo Padura en su novela El hom­bre que amaba a los perros. Más allá de narrar el tor­tuoso exi­lio de Trotski hasta Coyoa­cán o la trans­for­ma­ción de su ase­sino, Ramón Mer­ca­der, el hom­bre que amaba a los perros, Padura explora las inte­rio­ri­da­des de una tra­ge­dia his­tó­rica para refle­xio­nar sobre las lace­ran­tes con­se­cuen­cias per­so­na­les que dejó la per­ver­sión de una gran uto­pía polí­tica: el comu­nismo. Una lec­ción dolo­rosa que los ciu­da­da­nos cuba­nos han sufrido en carne pro­pia bajo el cas­trismo, y que en el libro tra­du­cido a mas de 20 idio­mas relata con cla­ri­dad, cru­deza y no poca tris­teza.

Estos pasa­jes his­tó­ri­cos cobran una alar­mante vigen­cia en el México actual y nove­la­dos por Padura. El gobierno fede­ral, mos­trando un pro­fundo temor a la crí­tica, pre­tende impul­sar leyes para con­tro­lar a la prensa bajo el noble pero tram­poso argu­mento de “pro­te­ger a las audien­cias” y “defen­der al pue­blo”. Es la misma fachada bie­nin­ten­cio­nada que pre­cede a la opa­ci­dad. A nivel local, el pano­rama no es más alen­ta­dor: en More­los ni siquiera se ha legis­lado sobre la “nueva trans­pa­ren­cia”, arras­trán­do­nos a una era carac­te­ri­zada por la secre­cía y el ace­cho per­ma­nente al dere­cho a la infor­ma­ción ganado a ini­cios del siglo XXI.

El espejo del pasado nos mues­tra con cla­ri­dad cuál podría ser el siguiente paso: una ley que vigile lo que dicen y pien­san los ciu­da­da­nos; un marco nor­ma­tivo que, en aras de “pro­te­ger”, san­cione a los medios que disien­tan de la “ver­dad ofi­cial” pro­pie­dad única del régi­men.

Hoy en día, la ex Unión Sovié­tica —bajo el mando de Vla­dí­mir Putin— nos demues­tra que este blin­daje legal es posi­ble mediante leyes con­tra “noti­cias fal­sas” y “desa­cre­di­ta­ción”, las cua­les impo­nen hasta 15 años de pri­sión a quien con­tra­diga los datos del Krem­lin sobre la gue­rra en Ucra­nia. Aun­que esta­mos en la era de la inte­li­gen­cia arti­fi­cial y las redes socia­les pare­ce­rían ingo­ber­na­bles, el estricto con­trol que el gobierno ruso ejerce sobre el inter­net demues­tra que el ais­la­miento infor­ma­tivo es una ame­naza real en el siglo XXI. Aquí el régi­men pre­tende san­cio­nar a los medios que osen dife­rir de su ver­dad, con un por­cen­taje de sus ingre­sos.

El intento de silen­ciar el pen­sa­miento libre no es nuevo, pero la his­to­ria demues­tra que la ver­dad siem­pre encuen­tra sus pro­pias grie­tas para salir a la luz. Defen­der la prensa y la trans­pa­ren­cia hoy es evi­tar que el mañana nos obli­gue a regre­sar a las copias al car­bón del samiz­dat.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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Ariel Homero López Rivera
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