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Con la vista puesta en los pró­xi­mos pro­ce­sos elec­to­ra­les, las mira­das de las cúpu­las par­ti­dis­tas inten­tan des­ci­frar a un actor cuyo com­por­ta­miento elude las herra­mien­tas tra­di­cio­na­les de la pros­pec­ción polí­tica: la gene­ra­ción Z. Naci­dos entre 1997 y 2012 y la gene­ra­ción Y, (mille­nials), jóve­nes que repre­sen­tan un sec­tor deter­mi­nante. Sin embargo, su rela­ción con el voto no es igual a la de sus ante­ce­so­res.

De acuerdo con datos recien­tes del Ins­ti­tuto Nacio­nal de Esta­dís­tica y Geo­gra­fía (INEGI) en la Encuesta Nacio­nal de Cul­tura demo­crá­tica (ENCUDA), la juven­tud mexi­cana mani­fiesta un divor­cio pro­gre­sivo res­pecto a la demo­cra­cia repre­sen­ta­tiva tra­di­cio­nal. Más del 65% de los jóve­nes entre 18 y 29 años expresa una des­con­fianza pro­funda hacia los par­ti­dos polí­ti­cos, los ven como maqui­na­rias buro­crá­ti­cas opa­cas e inac­ce­si­bles. En la diná­mica elec­to­ral de More­los, este indi­ca­dor adquiere un matiz severo: la decep­ción acu­mu­lada tras años de pará­li­sis ins­ti­tu­cio­nal y de bie­nes­tar social.

Para com­pren­der a la nueva gene­ra­ción es impor­tante ana­li­zar el sis­tema de valo­res sobre el cual con­ci­ben al mundo. Cre­ci­dos en un entorno de hiper cone­xión digi­tal, la Gen Z ha sus­ti­tuido la obe­dien­cia por la bús­queda de auten­ti­ci­dad, la equi­dad y la salud men­tal. Para este sec­tor que se incor­pora a la vida polí­tica, la polí­tica no es una cues­tión entre izquierda y dere­cha. Les resulta abs­tracta y carente de sen­tido prác­tico. Se movi­li­zan por la jus­ti­cia cli­má­tica, la diver­si­dad, los dere­chos repro­duc­ti­vos y la erra­di­ca­ción de las vio­len­cias. Su plaza pública ya no es el mitin de cam­paña o el comité par­ti­dista, sino las redes socia­les y la acción hori­zon­tal.

Este prag­ma­tismo se explica al exa­mi­nar los temo­res estruc­tu­ra­les que los ace­chan en el hori­zonte cer­cano. La Gene­ra­ción Z enfrenta una tri­ple vul­ne­ra­bi­li­dad: la per­cep­ción labo­ral, la inac­ce­si­bi­li­dad a la vivienda y la vio­len­cia coti­diana. Cre­cer en un mer­cado domi­nado por la eco­no­mía de pla­ta­for­mas, sin pres­ta­cio­nes ni esque­mas de retiro, genera un estado de ansie­dad eco­nó­mica. A ello se suma la cri­sis habi­ta­cio­nal que afecta tanto a las ciu­da­des como a zonas rura­les de More­los, donde adqui­rir un patri­mo­nio es misión impo­si­ble.

No obs­tante, en la enti­dad, el temor pre­pon­de­rante es la segu­ri­dad. La juven­tud more­lense ha vivido su etapa for­ma­tiva bajo la som­bra del cri­men orga­ni­zado, la extor­sión y la impu­ni­dad. La ame­naza de con­ver­tirse en cifra esta­dís­tica mina su desa­rro­llo y con­di­ciona su liber­tad de con­vi­ven­cia y empren­di­miento. Este entorno de riesgo genera una para­doja: mien­tras la exi­gen­cia de paz es la prin­ci­pal demanda de los jóve­nes en Cuer­na­vaca, Jiu­te­pec o Cuautla, los par­ti­dos insis­ten en pre­sen­tar cam­pa­ñas sin pro­pues­tas con­cre­tas para ellos.

A estos fac­to­res de riesgo se añade la dis­rup­ción de la inte­li­gen­cia arti­fi­cial y la auto­ma­ti­za­ción del posi­ble pri­mer empleo. Los aná­li­sis sobre el mer­cado labo­ral advier­ten que el pri­mer empleo está ame­na­zado por mode­los algo­rít­mi­cos. La Gen Z se encuen­tra ante la ame­naza real de gra­duarse para ingre­sar a un espa­cio labo­ral que des­truye sus pri­me­ros pasos de desa­rro­llo, sin que los pla­nes de desa­rro­llo guber­na­men­ta­les ofrez­can res­pues­tas o estra­te­gias cla­ras.

Ante el pró­ximo ejer­ci­cio elec­to­ral, el dilema no es si la Gene­ra­ción Z se inte­resa por la polí­tica, sino si el sis­tema polí­tico actual ten­drá la capa­ci­dad de inter­lo­cu­ción para con­vo­carla. La cos­tum­bre de los par­ti­dos de ins­tru­men­tar can­di­da­tu­ras juve­ni­les como mero requi­sito de cuota o “adorno” de cam­paña ya no fun­ciona. Tam­poco el intento de repli­car temas de moda digi­ta­les hacién­dose los gra­cio­sos en las redes y difun­diendo sus even­tos ana­cró­ni­cos. La juven­tud detecta el simu­la­cro y res­ponde con la san­ción del abs­ten­cio­nismo o con un voto de cas­tigo.

Si los acto­res polí­ti­cos en More­los aspi­ran a cons­truir legi­ti­mi­dad en las urnas, debe­rán tran­si­tar del mar­ke­ting al com­pro­miso ético. La gene­ra­ción Z exige trans­pa­ren­cia sala­rial, polí­ti­cas rea­les de vivienda acce­si­ble, estra­te­gias de segu­ri­dad con enfo­que de salud pública y cer­ti­dum­bre frente a la era digi­tal. El voto joven no está garan­ti­zado para nadie; se ha con­ver­tido en un terri­to­rio en dis­puta donde solo pre­va­le­cerá la auten­ti­ci­dad, la ren­di­ción de cuen­tas y el res­peto a la dig­ni­dad humana.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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Ariel Homero López Rivera
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