En 1996 la película “Le Ridicule” ganó el Oscar a la mejor película. Ambientada en el siglo XVIII en la decadente corte de Luis XVI, relata la historia del pueblerino Pounceludon, quien intenta conseguir fondos del rey para su comunidad. Logra incorporarse a la aristocracia por fortuito encuentro con el marqués de Bellegrade. Conocerá lo que es ser víctima del ridículo de una sociedad que él ridículo forma parte de su diversión.
El ridículo es utilizado para hacer reír a otros. Para que la persona a la cual se ridiculiza sea denostada, sacrificada, denigrada. Que los otros rían a las costillas de la víctima. Será puesta en duda su integridad y su dignidad.
EL ridículo no es novedad. Shakespeare lo entendía muy bien. Lo novedoso es que desde el palacio nacional se ridiculice. Saben que las emociones inciden en el voto. Son tiempos electorales y el ánimo de los electores es manipulable, a través de la risa, de la burla.
El presidente ha hecho del ridiculizar una estrategia de comunicación. Hitler también lo sabía y para denigrar a los judíos hizo un folleto en el que se ridiculizaba a los judíos. Logró convencer a su pueblo de que eran la causa de los males que padecía Alemania. De allí, al holocausto.
En el ensayo “La ridiculez” (1863), Gustavo Adolfo Bécquer, reflexiona sobre el ridículo en su época. Observa que quien hace el ridículo significa su muerte social. “Una muerte dolorosa cómica por añadidura.” La ridiculez es una cosa horrible que hace reír. Es algo que mata y regocija. Es la muerte social.
El tema tiene gran profundidad como lo demuestra el ensayo “El ridículo como instrumento político” de Vicente Ordoñez Roig (2014. Madrid). Advierte que: “En el juego político… el ridículo se erige en uno de los más eficaces auxiliares en el ejercicio del poder…”. después de haber revisado las aportaciones de Platón, que es el primero en preguntarse la esencia del ridículo; De Nietzsche, que profundiza y subraya el sentido del ridículo que lleva a la risa. La acción del ridículo constituye un medio eficacísimo de calumnia, rebajamiento, desvalorización y humillación. Cicerón: ¿Hay algo más vergonzoso que ser objeto de burla?
Hoy en el espectáculo de la política podemos comprobar el uso que se hace del ridículo. El presidente, con ese olfato de animal político que posee, lo utiliza cotidianamente para ridiculizar a los que considera adversarios o emisarios del pasado: la tamalera, la Sra. Piña, Loret de Mola, Woldenberg, etc. lo saben. Evidentemente le ha funcionado, hace reír a su fieles seguidores.
El modelo lo repiten funcionarios, legisladores, gobernadores y propagandistas. En el gobierno del ridículo todo está permitido. Es un potente instrumento al servicio del poder. Los humillados por la risa tienen la posibilidad de revertir o ponerse a salvo pero se ha sembrado el germen del ridículo. La revancha no se hace esperar para intentar neutralizar el ataque. Las redes lo hacen suyo en el anonimato. El odio se esparce. El poder polariza en el intento de perpetuarse.
Hacer el ridículo como estrategia de comunicación y por las redes sociales. El manejo de las emociones es un juego de espejos. Las corcholatas y similares se convierten a sí mismos en víctimas de sí mismos. A los aspirantes los vemos comiendo tacos, tlayudas, tortas; en fondas, para identificarse con el pueblo; bailando como osos; vistiéndose ridículamente o mostrando sus ridículos cuerpos mal vestidos: haciendo el ridículo, pues.
El ridículo se subió a los espectaculares. El que nunca ha utilizado traje, lo usa; el que nunca ha usado sombrero, se lo pone; los que nunca han hecho nada por los viejos, los niños o los animales, se muestran candorosos y tiernos repartiendo ridículos besos y abrazos. Discretamente los estrategas publicistas: ríen.
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