Emiliano Zapata fue capturado por la policía de Cuautla debido a que cometió dos delitos, y lo consignaron a ingresar al ejército para cumplir un servicio militar forzoso. De esta forma fue trasladado bajo custodia al noveno regimiento de caballería acuartelado en la plaza de Cuernavaca; dicho cuartel donde fue recluido estaba ubicado en la calle Matamoros. Antes de que lo detuvieran a principios de febrero de 1910, Zapata era objeto de hostigamiento y represión por parte del gobernador Pablo Escandón, quien no le perdonó el apoyo que le dio a su adversario Patricio Leyva, cuando contendió por la candidatura para gobernador. Esta consigna de aplacar a Zapata, influyó cuando lo acusaron de cometer dos delitos. El primero: reclamar a los hacendados las tierras despojadas a los campesinos por las haciendas El Hospital y Coahuixtla, cuyos dueños denunciaron a Zapata ante las autoridades por amenazas y el otro delito por violencia familiar, denuncia presentada ante las autoridades por el padre de su esposa. De amenazas y violencia familiar se le acusó, además se le señalaba como adversario del gobernador. Por estos motivos, el jefe político de Cuautla dictó orden de aprehensión contra Zapata y un día a principios de febrero de 1910 lo capturaron en vía pública; se dice que aprovecharon que Zapata andaba borracho. De inmediato el jefe político de Cuautla lo envió custodiado a la capital del estado, donde fue recluido al noveno regimiento para que cumpliera el arresto y el servicio militar forzoso. Zapata llegó al cuartel de Cuernavaca, donde estuvo preso más de mes y medio: del 11 de febrero al 29 de marzo de 1910. Su hermana promovió un juicio de amparo para sacarlo de la cárcel, pero desafortunadamente no surtió efecto. Y fue hasta que intervino el hacendado Nacho de la Torre con su influencia, para que Zapata quedara en libertad. Por tal motivo, al gobernador Pablo Escandón le llegó un comunicado de la presidencia de la república, con la resolución de dejar en libertad a Emiliano Zapata. Esto nos demuestra que efectivamente Nacho de la Torre era su protector.

Debido a que de la Torre le hizo el gran favor a Zapata para sacarlo de la cárcel, el calpuleque quedó muy agradecido con su patrón. Entonces Nacho aprovechó que su caballerango y arrendador le debía este gran favor, y aprovechó para pedirle que se fuera a trabajar a su residencia de la ciudad de México, donde tenía un establo con caballos pura sangre. Por supuesto que Zapata no se negó a tal ofrecimiento y de inmediato se trasladó a la capital del país, donde laboró al servicio del hacendado por un lapso de seis meses. Durante el medio año que Zapata trabajó y vivió en la ciudad de México, el país vivía una situación de efervescencia y convulsión por la campaña electoral que encabezaba Francisco I. Madero, quien pretendía derrocar al dictador Porfirio Díaz. Sin embargo, Zapata permaneció ajeno al movimiento político en contra del suegro de su patrón; durante su estancia en la ciudad de México se hizo el desentendido del clamor popular que deseaba derrocar al dictador. En Cuernavaca la sociedad comentaba que mientras Zapata vivía en la capital se había vuelto porfirista, pues trabajaba para la familia presidencial.

Emiliano aprovechó un día de asueto en la ciudad de México para retratarse vestido de catrín; es la antítesis del Zapata charro y es una muestra del cambio de personalidad que experimento Emiliano durante su permanencia en la capital. Mientras tanto, en el estado de Morelos la situación de los campesinos cada día era más difícil y fue cuando Zapata decidió regresar a su terruño natal, decepcionado y molesto porque dijo que fue testigo de que los caballos de su patrón vivían en mejores condiciones que los campesinos morelenses ¡Vaya comparación! Zapata se regresó a Morelos justo cuando terminaron las fiestas del centenario de la independencia, el 30 de septiembre de 1910. Ya de regreso en su pueblo Aneneculco se dedicó de lleno a encabezar la lucha violenta por la restitución de las tierras usurpadas, pero ajeno al movimiento maderista que proclamaba el derrocamiento de la dictadura porfirista.

Por: Juan José Landa Ávila

opinion@diariodemorelos.com


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