Del cronista: Un héroe para Cuernavaca

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Monumento, tiene una etimología latina, proviene de monumentum, significa recuerdo, y los monumentos han sido y son no solo la rememoración de algún suceso o personaje destacado para una sociedad, sino también desde las civilizaciones antiguas han representado un referente de identidad, gratitud y memoria histórica para quienes los han erigido. Un pueblo que cuida de sus monumentos, es un pueblo que valora su pasado y tiene el compromiso de legar un mejor porvenir a las generaciones venideras, esto va más allá del valor artístico y cultural que siempre enaltecen a los propios monumentos. Cuernavaca desafortunadamente no ha sido respetuosa con sus monumentos ni con su pasado. Esto atañe no solo a autoridades desde hace décadas sino lamentablemente también a la sociedad civil. Prueba de ello son las condiciones en que los artesanos y plateros han mancillado ya por lustros al Morelotes  de Juan Fernando Olaguibel, a la escultura ecuestre de Cortés arrumbada entre fierros y basura en el rastro municipal o bien en un caso menos grave pero no por ello menos significativo a la irreverencia de la población que usa el monumento al General Ávila Camacho, El Presidente Caballero, para amarrarle sudaderas sobre la espalda o bien para usar el pedestal como base para colocar señalamientos para llegar a Bodas, Quince Años, y toda suerte de festejos familiares los fines de semana, incluso en sitio donde se encontraba la placa de bronce que seguramente fue robada, la administración de Villalobos Adán de manera burda colocó su paupérrimo logotipo municipal.

Afortunadamente hay algunas honrosas excepciones, y hoy quiero referirme a un monumento que es sin duda alguna, es orgullo para Cuernavaca, para Morelos y para México. Me refiero al monumento al General Carlos Pacheco Villalobos, ejemplo de valor, sacrificio y héroe de la guerra contra la Intervención y el Imperio. El monumento, uno de los soberbios bronces que se levantaron a lo largo y ancho del país en los años que antecedieron al centenario de la independencia dando cuenta de una nación que orgullosa alcanzaba su primera centuria, fue erigido por el Gobernador de Morelos, Coronel Manuel Alarcón, precisamente un 15 de septiembre de 1896 y honraba la memoria del segundo gobernador constitucional de la entidad pero también a un hombre excepcional que supo encarnar las más altas virtudes de los soldados y los patriotas de México en las horas graves y decisivas de la consolidación de nuestra independencia y soberanía. El monumento a su vez también es una obra escultórica de Gabriel Guerra, de notable valor artístico. Por las razones antes expuestas décadas después la estatua fue retirada de su sitio frente al Palacio de Cortés y comenzó un riesgoso periplo del cual afortunadamente salió bien librada, un tiempo estuvo colocada en la puerta principal del Palacio de Cortés cuando se convirtió en museo y en no menos de una ocasión cuando un turista preguntaba quién era ese personaje, algún guía “certificado” por SECTUR respondía categóricamente que era Hernán Cortés, constructor del palacio. Tiempo después apareció cubierta de pintura dorada y a ras de suelo en la plaza principal de Tlaltizapan, Morelos. Pero esta Historia tuvo un final feliz cuando hace poco más de veinte años fue rescatada, restaurada y restituida en su pedestal y sitio original desde donde hoy la podemos admirar y honrar merecido tributo a la memoria del General Pacheco.

Carlos Pacheco Villalobos fue General de División, nació en San Nicolás Terrero, población que hoy lleva su nombre, en Chihuahua el 16 de octubre de 1839, se opuso al Plan de Tacubaya, lo que le valió la prisión y perteneció a las fuerzas liberales en la Guerra de los Tres Años, participó en las campañas militares en su estado natal y en Durango, Zacatecas, Sinaloa y Tepic. Durante la intervención francesa y el efímero segundo imperio combatió en Sonora, Oaxaca y militó en las fuerzas de Porfirio Díaz. Se adhirió al Plan de Tuxtepec con Díaz y contra Sebastián Lerdo de Tejada, durante el porfiriato fue Legislador, Ministro de Fomento, Colonización e Industria, su gestión como Secretario de Fomento fue tan notable que se llegó a hacer popular la frase “Fomento es Pacheco” después fue también Secretario de Guerra y Marina. A su vez fue gobernador de Chihuahua, del Distrito Federal, de Puebla y segundo Gobernador Constitucional de Morelos. Como Gobernador de Morelos pacificó el estado que estaba asolado por los plateados, que más allá de la figura romántica del Zarco retratado en la novela homónima de Altamirano representaban un problema para paz social y el desarrollo de la entidad, también introdujo el telégrafo y sentó las bases para el ferrocarril.

Sin embargo, su momento estelar ocurrió el 2 de abril de 1867, en la famosa batalla con la cual Porfirio Díaz selló la suerte de Querétaro y por ende la del imperio. Pacheco era Mayor en las fuerzas de Don Porfirio, y al amanecer por el rumbo del convento del Carmen, asaltaron Puebla, en poder del enemigo desde el 17 de mayo de 1863. Pacheco sable en mano se colocó al frente de la columna de vanguardia y se lanzó gritando : “¡Viva la República!” sobre las posiciones imperialistas, fue entonces recibido por una descarga de fusilería que lo dejo herido y bañado en sangre, sin embargo no titubeó y siguió arengando a sus hombres para que no se detuvieran, el combate se desarrollaba con fragor e intensidad cuando proyectiles de artillería enemiga le arrancaron la pierna y el brazo derecho, antes de desfallecer aún tuvo ímpetus para exhortar a sus hombres a tomar las posiciones enemigas, sus tropas enardecidas de ver a su jefe herido pero comprometidas y motivadas ante su arrojo y valor lograron tomar los depósitos de armamento y municiones del enemigo y las tropas imperiales desmoralizadas y superadas fueron derrotadas. Pacheco no solo sobrevivió, sino que fue honrado por los republicanos, reconocido por los imperialistas y por todo en México en general, a partir de ahí comenzó la meteórica carrera que lo hizo uno de los hombres más destacados en la administración pública en la segunda mitad del siglo XIX.

Las heridas lo avejentaron, pero su mente lució siempre tan lucida como aquella mañana del 2 de abril de 1867 en el asalto a Puebla. El General Pacheco murió producto de sus heridas y su sacrificio por México, a los 51 años de edad en Orizaba un 15 de septiembre de 1891, fecha icónica para su patria y en el aniversario de su jefe y amigo el General Porfirio Díaz. Hoy con justicia sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres en la Ciudad de México, y en Cuernavaca, capital del joven Estado que gobernó con tino se yergue el más bello monumento a su memoria.

Por: Roberto Abe Camil 

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