ORIGENES: José María Marroqui en su libro “La ciudad de México”-1969 refiere. “Felipe de Jesús fue un criollo nacido en el centro de la ciudad de México en la segunda mitad del siglo XVI. Se desconoce la fecha exacta de su nacimiento debido a que no existe constancia de su bautismo. De acuerdo a la versión más aceptada su partida de bautismo desapareció como consecuencia de un desastre pluvial. En 1580 la ciudad de México padeció una terrible inundación, por cuya causa pasaron muchos libros de algunos tribunales y parroquias a otros sitios menos anegados; entre los que rescataron iban algunos libros bautismales que se perdieron. Felipe de Jesús fue hijo primogénito del señor español Alonso de las Casas y de la señora española Antonia Martínez nacidos en España, por lo tanto Felipe era hijo de españoles. El padre nació en Illescas y la madre nació en Salamanca. Además de Felipe, este matrimonio tuvo otros nueve hijos nacidos en la ciudad de México: cinco hombres y cuatro mujeres. El señor Alonso llegó a la Nueva España en calidad de mercader y en la capital del virreinato hizo prósperos negocios que incrementaron considerablemente su patrimonio económico. Sus ganancias las invirtió comprando varias casas en la ciudad de México. En una de ellas, ubicada en la calle Tiburcio número 12 nació Felipe de Jesús de las Casas Martínez. Esta casa se ubicaba cerca del Hospital de Indios y al convento de San Agustín, según consta en el testamento del señor Alonso. Gran oscuridad existe sobre los primeros años de la vida de Felipe, sin embargo se sabe por tradición oral que el primogénito de la familia de las Casas Martínez, descollaba entre sus hermanos por inquieto, juguetón y travieso, haciendo victima de sus travesuras a una negra, esclava de la familia. La pobre mujer tenía por imposible la corrección de Felipe, por lo cual a menudo exclamaba: “Cuando la higuera reverdezca Felipillo será santo”, refiriéndose a una higuera seca que había crecido en la casa de Felipe”.  

JOVEN INCORREGIBLE: Lauro López Beltrán en su revista Juan Diego, octubre 1961 refiere. “Felipe de Jesús era un muchacho pendenciero, poco trabajador y desobediente. Sus padres temían que acabase mal, porque, aunque pasaban los años, no se corregía ni parecía prometer enmienda. La madre de Felipe, mujer honrada y devota, nunca perdía las esperanzas de que su hijo llegase a ser un hombre de bien. Se lo pedía a Dios continuamente en sus oraciones y a menudo decía al chico: -Felipe, Dios te haga un santo-. Una esclava negra que trabajaba para la familia y vivía en la casa, replicaba, al oír estas palabras de la señora: -¿Felipillo santo? Cuando la higuera reverdezca-. Y decía esto porque en el patio de la casa había un tronco de higuera, seco hacia largos años, y aunque se había secado por completo, nadie quiso cortarlo. Pasaron los años y continuaron las fechorías de Felipe. El padre, temiendo que acabase en presidio, decidió mandarlo a Manila, donde tenía conocidos que podrían proporcionarle trabajo. Felipe partió y nadie volvió a saber nada de él. Pasó el tiempo; murió el padre, y la madre quedó sola en la casa, con la vieja esclava negra como única compañía. Allí seguía el seco tronco, en medio del patio, y la buena mujer, que pensaba continuamente en su hijo, se acordaba, cada vez que lo miraba, de las palabras que años atrás oyera a menudo a la negra: -¿Felipillo santo? Cuando la higuera reverdezca-”.

Roberto Abe Camil, en su artículo del Diario de Morelos, 7 febrero 2021, relata: “Felipe de Jesús un criollo nacido en la ciudad de México en 1572, en una familia acomodada, fue un niño inquieto, tanto así que en la casa paterna había un tronco de una higuera seca en el centro del patio; eran tantas sus travesuras, que su nana afirmó contundentemente que primero reverdecería la higuera antes de que Felipe fuera santo. Cuando Felipe creció se unió a los frailes franciscanos como novicio, pero muy pronto desistió de la carrera eclesiástica, entonces su padre lo mandó a Manila, aprovechando el auge del galeón de Acapulco; allá llevó una vida disipada y llena de lujos, y cuando se quedó sin dinero y sin la corte de amigos que lo adulaban por lo mismo, Felipe enderezó el camino y se unió de nueva cuenta a los franciscanos, pero ahora en Manila; pronto estuvo listo para ordenarse sacerdote”. 

LLEGADA A JAPÓN: Agnieska Dilawerska, en su investigación “Misioneros y mártires franciscanos en Japón” refiere. “En 1564 una expedición trazó una ruta por el Atlántico, partiendo del puerto de Navidad, en Nueva España, rumbo a las Islas Filipinas; de regreso, las aguas de las costas californianas guiarían las embarcaciones al puerto de Acapulco. Fue entonces que se trazó la ruta marítima y comercial entre Manila y Acapulco. En esos viajes, además de mercancía se embarcaban misioneros de diversas órdenes que llegaban desde España a evangelizar las nuevas tierras asiáticas; Manila era el punto de partida para adentrarse en China y Japón. Fue en 1596 que Felipe de Jesús, misionero del convento franciscano de Santa María de los Ángeles, en Manila, partió en un navío rumbo a Acapulco. Pero éste nunca llegó a su destino porque una tempestad hizo que naufragara y arribara a la isla japonesa de Shikoku. Y para llevar a cabo su labor evangelizadora, Felipe de Jesús decidió trasladarse a Meaco; pero esta decisión coincidió con el decreto del emperador Hideyoshi de crucificar a los franciscanos que llegaran a territorio japonés, por lo que él y otras 23 personas fueron aprehendidas, más otras dos que se sumaron en el camino”.

Roberto Abe Camil refiere: “Ya ordenado sacerdote, Felipe de Jesús fue enviado de regreso a Nueva España, sin embargo las corrientes marítimas y el temporal desviaron la nao hacia las costas de Japón. Una vez desembarcados los franciscanos decidieron evangelizar esas misteriosas tierras, y Felipe se unió a la misión con entusiasmo; la terea tuvo éxito, lo cual enfureció y preocupó al emperador Taikosama, quien mandó aprehender a los franciscanos”.

Los misioneros franciscanos que llegaron a la costa japonesa, fueron sentenciados a muerte al quedar prohibida la religión cristiana en Japón, por el decreto del emperador japonés. (continuará) 

Por: Juan José Landa Ávila  / jjlanda.cronica@gmail.com

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