Joaquín Landa Castellanos (1912-2003), mi padre, fue testigo en Cuernavaca el día en que el ejército aprehendió al general Francisco Serrano, quien al momento de su detención era uno de los tres candidatos a ocupar la presidencia de la república. Se le acusaba de organizar un complot en contra del gobierno federal. Se le aprehendió a él y a 14 de sus colaboradores, y sólo uno tuvo la fortuna de escapar de la muerte en Cuernavaca, antes de que el ejército los trasladara a la ciudad de México; sus demás compañeros fueron masacrados en el kilómetro 48 de la carretera federal, en el municipio de Huitzilac; por este motivo desde 1927 existen allí 14 cruces.
Mi padre tenía 15 años 6 meses de edad en 1927, cuando llegó por primera vez a Cuernavaca; como se dice venía “de malas” huyendo de la persecución y represión que el gobierno federal desplegó contra los cristeros. Mi padre se adhirió al movimiento cristero no porque fuera muy católico, sino porque apoyó a su hermano seminarista Hilarión, quien él sí era cristero; por este motivo mi padre se vio involucrado en la guerra contra el gobierno anticlerical. Mi padre era originario de Jalacingo, Veracruz, y desde allá salió porque le tocó participar en un enfrentamiento a balazos, donde hubo muertos por ambos bandos. Se vino como pudo a la ciudad de México buscando a su tío Antonio Castellanos Cano, ex carrancista, quien lo recibió y lo ayudó; sin embargo, le aconsejó a mi papá que mejor se refugiara en Cuernavaca; para lo cual su tío le recomendó que al llegar a esta ciudad buscara a doña Agustina Egüia, que ella le daría alojo y protección. El tío lo llevó a Tlalpan, de aquí mi papá se fue de “mosca” en una carreta de carga a Huitzilac, y aquí le pagó a un jinete para que lo llevara en ancas a Tlaltenango, para luego caminar hasta Cuernavaca. En estas circunstancias entró mi padre por primera vez a la capital del Estado de Morelos. Llegó un lunes 3 de octubre, como a las 10:30 de la mañana y lo primero que hizo fue sentarse a descansar en una banca del Jardín Juárez, frente al kiosco. Estaba descansando antes de ir a buscar a la persona que su tío le había recomendado. En ese momento nunca se imaginó mi papá que ese día iba a ser testigo de un trágico acontecimiento.
Me relató mi papá que a eso del mediodía cuando estaba sentado disfrutando de una nieve de limón, vio llegar a la tropa del ejército por la calle Matamoros y Guerrero. Se veía que los soldados y sus jefes ya venían a la segura buscando a sus víctimas. La gente comentaba que venían por Serrano y sus hombres, ya que entre los pobladores fue muy notoria la presencia de Serrano y sus hombres en el centro de Cuernavaca. De inmediato los militares se dirigieron a los hoteles Moctezuma y Bellavista para catearlos, ya que en esos hoteles se habían hospedado las víctimas; en el Bellavista buscaron a Serrano, pero en ese momento no estaba allí, y alguien les dijo que él y algunos de sus hombres estaban en una casa de la Av. Morelos 17, propiedad de Serafín Larrea, dueño del hotel Bellavista y compadre de Serrano. En esos momentos ya había un gentío de curiosos observando los movimientos de los soldados. Hasta esa casa se dirigió un comando y a culatazos tocaron la puerta para que saliera Serrano, quien accedió pacíficamente a salir y preguntó que quién los mandaba aprehender; el jefe del comando contestó que el señor gobernador Ambrosio Puente y que los conducirían presos al cuartel de operaciones militares. Serrano y 11 de sus compañeros salieron angustiados, pero al mismo tiempo confiados en que nada fatal les esperaba. Entre este grupo se encontraba Francisco Santamaría. Todos ellos fueron formados en fila para conducirlos al cuartel, pero en un descuido de uno de los soldados, Santamaría, cubriéndose con su gabardina se salió de la fila y se escabulló, metiéndose y confundiéndose entre la apiñada gente de curiosos que estaban en la bocacalle. De esta forma logró alejarse de ese maremágnum. En ese momento se le acercó una persona que lo ayudó a alejarme más y más del epicentro del peligro y lo condujo rumbo al chapitel del Calvario; ese ángel de la guarda metió a Santamaría en una tienda que se ubicaba frente al chapitel, llamada “Las 15 letras”, donde pasó la noche en ese lugar seguro y fuera de peligro. Todo esto lo vio mi padre y su testimonio coincide con lo que escribió Santamaría en sus memorias. Como a las seis de la tarde, Serrano y sus 13 colaboradores fueron salvajemente asesinados en Huitzilac.
La versión que mi padre me platicaba sobre la muerte de Serrano, procedía de los datos que le daba su tío Antonio Castellanos Cano, quien trabajó 40 años en la burocracia del gobierno de la ciudad de México. Se refería a que Serrano nunca conspiró contra el gobierno de Plutarco Elías Calles, que a quien pretendía derrotar en las elecciones era a Obregón, porque no estaba de acuerdo en que se reeligiera por segunda vez como presidente y esta postura no era del agrado del “Manco de Celaya”. Que Serrano se trasladó a Cuernavaca no para conspirar, sino para celebrar su cumpleaños el día martes 4 de octubre en su rancho “La Chicharra”, ubicado en la hacienda de San Vicente, hoy municipio de Emiliano Zapata, donde llegarían sus invitados a disfrutar de una barbacoa hecha con 200 borregos, pero debido a la trágica muerte del festejado se suspendió la fiesta. Que Serrano se sentía seguro en el Estado de Morelos, debido a que su compadre Juan Domínguez era el jefe de operaciones militares en Morelos, quien le garantizaba su seguridad por el compadrazgo, pero cuando llegó Serrano a Cuernavaca, Domínguez se ausentó para no verse comprometido en los inminentes acontecimientos.
Aseguraba mi papá que Calles le dictó a su secretario de guerra Álvaro Obregón, la orden para aprehender a Serrano y su comitiva, la orden se redactó a máquina de escribir y decía: Aprehendan en Cuernavaca al general Francisco Serrano y sus colaboradores y trasládenlos a la ciudad de México. La orden la firmó el presidente Plutarco Elías Calles. Pero antes de entregársela al general Claudio Fox, a quien se le encargó cumplir la misión, Obregón alteró la orden agregándole: trasládenlos a la ciudad de México muertos. Y como en la orden que recibió Fox decía muertos, por tal motivo los asesinó antes de entregarlos al presidente. Se dice que cuando llegaron los cadáveres al Castillo de Chapultepec, Calles le reclamó a Obregón: “Yo no ordené que los mataran”.