Otro atractivo que tenía el parque Melchor Ocampo, era la refresquería ubicada a un costado del kínder Simón Bolívar, instalada bajo un enorme árbol de tulipán. Era propiedad de una señora que apodaban La Abuela, quien siempre estaba presente en su negocio observando que todo marchara en orden. El local estaba hecho con una estructura de acero y techado de lámina con piso de cemento siempre bien limpio. Tenía una pequeña cocina, 8 mesas con 4 sillas cada una y en la pared estaba la sinfonola o rockola, que funcionaba depositándole una moneda de 20 centavos, para escuchar las canciones de moda. Con la Abuela trabajaban un hombre, una cocinera y una mujer encargada de cobrar. El atractivo de esta refresquería eran las tortas que ahí preparaban. Las de mole con pollo de a 25 centavos y las de frijoles con queso de a 20 centavos; a la telera le ponían una raja de chile en vinagre. Para bajársela tomábamos una CocaCola o un Orange Crush. La mayoría de los clientes eran estudiantes de las escuelas Felipe, Melchor, del kinder y de la secundaria Froylán Parroquín. Los atractivos del Casino de la Selva eran para mi: el jardín de las esculturas prehispánicas, colocadas bajo la sombra de enormes árboles; había figuras olmecas, mayas, toltecas y aztecas. También me recreaba en el balneario para disfrutar de la arena de mar extendida en un área de mil metros cuadrados y varias veces me metí a las albercas; algunas veces asistí al auditorio o teatro cuando los domingos proyectaban películas mexicanas.
La Estación del ferrocarril también tenía sus atractivos, uno de ellos era la tierra movediza. A un costado de la cancha de futbol estaba un tiradero de chapopote, desecho del petróleo que utilizaban las locomotoras, de dos mil metros cuadrados, en cuya superficie se había formado una nata muy dura por donde se podía caminar balanceándose, como si camináramos sobre una inmensa cama de agua; este pasatiempo era una diversión para nosotros, jugábamos a ver quien aguantaba más equilibrándose sin caerse. Pero lo que más me llamaba la atención, era ver llegar al ferrocarril de pasajeros avisando su llegada con el silbato, se detenía la locomotora que venía del Distrito Federal o la que venía del pueblo de Balsas. Tres veces viajé con mi familia en el tren cuando fuimos al DF.
Otro atractivo era ir a la pirámide de Teopanzolco o El Mogote, cuando se podía entrar sin ningún obstáculo; era un lugar frecuentado por turistas, donde crecían infinidad de flores silvestres. Otro atractivo era ir a ver la fabricación de los refrescos Coca-Cola; nos parábamos un rato en las afueras de la fábrica y a través de unos grandes ventanales observábamos la forma en que llenaban las botellas con el líquido negro. Una ocasión la directora de la primaria
llevó a nuestro grupo a conocer las instalaciones de la fábrica; vimos el almacén y los camiones repartidores, al finalizar el recorrido a cada uno de los alumnos nos invitaron una Coca. Un mandado que me gustaba hacer, era cuando mi mamá me enviaba a comprar hielo a la fábrica de hielo, ubicada en el almacén de la Cervecería Modelo; me gustaba probar los trozos del hielo recién partido con el pica hielo. En la Modelo trabajaba mi papá manejando un camión repartidor de cerveza y a los familiares de los trabajadores nos permitían visitar el jardín del almacén. En este trabajo mi padre conoció casi todas las cantinas de Cuernavaca, sin ser adicto a las bebidas alcohólicas; sabía los nombres de los dueños y desde cuando funcionaban.
Yo vivía en la vecindad conocida como La Casa Amarilla, llamada así porque siempre estaba pintada de ese color; el dueño era don Carlos de la Sierra, cuya casa o quinta estaba anexa a la vecindad. La Casa Amarilla era una edificación de 15 casas pegadas pared con pared, de un lado había 7, del otro lado había otras 7 y al fondo había una, en medio estaba el patio con la entrada a la vecindad por la calzada Leandro Valle. Enfrente, cruzando la calle, teníamos la escuela Felipe Neri, del lado poniente colindábamos con el Casino de la Selva, del lado norte colindábamos con la privada Ahuatepec y del lado oriente con la casa del señor de la Sierra. Mi familia ocupaba el departamento 10, que como todos consistía en una gran habitación con una sola ventana y alto techo, donde estaban las camas, el ropero y demás muebles; entrando a la casa estaba un patiecito, del lado derecho estaba la cocina y la mesa para comer y del lado izquierdo estaba el baño y el lavadero; pegado a la pared estaba el boiler para calentar el agua del baño, que encendíamos con bolsas rellenas de aserrín; la ropa recién lavada se tendía en el patiecito o en la azotea y todos en la vecindad bebíamos agua de la llave. Recuerdo varias familias de la Casa Amarilla, como los Parral, los Castelo, los Fuentes, los Salas, los Bustos, había un matrimonio que tenía dos hijos: José
Luis y Alejandro, otra familia cuya mamá era doña Adela, las familias de don Genaro y don Porfirio Cuevas, tenían establos con vacas y caballos en el Pilancón. Por las tardes niños y niñas nos divertíamos en el patio jugando juegos propios de nuestra edad como brincar la reata, las escondidas, la matatena, los encantados, el avioncito, etc. Afuera en las banquetas los niños jugábamos a las canicas, al trompo, al balero, al tiro al blanco con la honda y la resortera; y un juego rudo cuando nos agarrábamos a trompadas. En víspera de San Miguel íbamos en palomilla a cortar pericón a los campos de Reforma, para hacer las cruces que colocábamos en nuestras casas; aprovechábamos el anochecer de este paseo para admirar los miles de destellos de las luciérnagas; en esos años en Reforma había más campo que casas y sabíamos que el dueño de esta colonia eran los Estrada. El 8 de septiembre antes de amanecer íbamos caminando a Tlaltenango a cantarle las mañanitas a la virgen y luego desayunábamos atole con tamales. Los domingos acudíamos a misa a la parroquia de Gualupita y el 12 de diciembre no faltábamos a la fiesta patronal; disfrutábamos la feria y los juegos mecánicos. En víspera de Navidad se celebraban las posadas y se quebraban unas 25 piñatas. El 6 de enero niños y niñas jugábamos en el patio con los juguetes que nos traían los Reyes Magos. Y a los miércoles de ceniza nunca faltábamos. El matrimonio de doña Simona y don José Becerril eran los encargados de cobrar las rentas y de abrir y cerrar la puerta de la vecindad; tenían 5 hijos. Don José saludaba a los niños de a coscorrón, por las noches nos relataba cuentos de espantos, decía que había visto a la Llorona. En la Casa Amarilla viví 13 años hasta 1965 y después en el callejón Angélica hasta 1972. (Continuará)
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