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Del Cronista: Travesía en el río subterráneo Chontacuatlán

Explo­rar ríos sub­te­rrá­neos es una expe­rien­cia fas­ci­nante y se puede prac­ti­car rela­ti­va­mente cerca de Cuer­na­vaca, a 65 kiló­me­tros, equi­va­lente a una hora nueve minu­tos de dis­tan­cia, al suroeste de More­los, en los ríos: Chon­ta­cuat­lán y San Jeró­nimo. Estas caver­nas se encuen­tran en la región limí­trofe de los Esta­dos de México, More­los y Gue­rrero, den­tro del Par­que Nacio­nal Gru­tas de Cacahua­milpa, decla­rado así en el Dia­rio Ofi­cial de la Fede­ra­ción del 23 de abril de 1936, para pro­te­gerlo y con­ser­varlo como sitio de inte­rés nacio­nal. Dicho par­que cuenta con 1,598.26 hec­tá­reas y alberga a uno de los sis­te­mas de cue­vas y for­ma­cio­nes cal­cá­reas más impre­sio­nan­tes de la Repú­blica Mexi­cana.

Es pre­ci­sa­mente debajo de las gru­tas de Cacahua­milpa, en donde se puede prac­ti­car esta inte­re­sante acti­vi­dad de espe­leo­lo­gía y sen­de­rismo acuá­tico, en los ríos sub­te­rrá­neos: Chon­ta­cuat­lán y San Jeró­nimo. Las aguas de estos ríos pro­vie­nen de los des­hie­los del Nevado de Toluca (4,645 m s. n. m), en el Estado de México. El Chonta (como se le dice afec­tuo­sa­mente al pri­mero) nace en la barranca de Mali­nal­te­nango, lle­gando al cerro Otlal­te­pec, en donde se interna en el sub­suelo 5,800 metros, que son los que reco­rre­mos. El segundo río es el San Jeró­nimo, surge en los manan­tia­les de San Pedro Zic­te­pec, Estado de México, pasa por Tenan­cingo y por el pue­blo de San Jeró­nimo de donde toma su nom­bre, inter­nán­dose pos­te­rior­mente en la barranca de San Gas­par, para luego con­ver­tirse en sub­te­rrá­neo por cerca 5,600 metros, al cru­zar por debajo del cerro del Jumil y del cerro de Otlal­te­pec. Los dos ríos vuel­ven a sur­gir de la mon­taña en un lugar que se conoce como “Dos Bocas”, debajo de la entrada prin­ci­pal de las gru­tas de Cacahua­milpa. A par­tir de ese punto, las aguas de los dos ríos dan ori­gen al río Ama­cu­zac, uno de los prin­ci­pa­les tri­bu­ta­rios del río Bal­sas.

Para reco­rrer el “Chonta” se tiene que cami­nar o lle­gar en auto tres kiló­me­tros ade­lante de Cacahua­milpa, sobre la carre­tera que va a Taxco, hasta un lugar que se conoce como “El Man­guito”, de ahí se atra­vie­san unos cam­pos de cul­tivo, rumbo al norte hasta las fal­das de la mon­taña, en donde se puede apre­ciar una oque­dad cono­cida como “La Cla­ra­boya”, que es un gran hueco por donde se puede apre­ciar desde unos 30 metros de altura la gruta y el curso del río sub­te­rrá­neo.

El pai­saje es prin­ci­pal­mente de selva baja cadu­ci­fo­lia y el clima es cálido sub­hú­medo. Con­ti­nua­mos por una cañada, cami­nando por un sen­dero que cruza el cerro de Otlal­te­pec y que nos con­duce hasta la boca de la gruta, en donde se tiene que bajar por una empi­nada ladera hasta lle­gar al cauce del río, que ya no lleva tanta agua como en el pasado, cuando se tenían que lle­var peque­ñas bal­sas o cáma­ras de camión para rea­li­zar la tra­ve­sía.

En la época en que yo explo­raba el Chon­ta­cual­tán era nece­sa­rio con­se­guir un bote alcoho­lero, con tapa grande, al que suje­tá­ba­mos unos tiran­tes para car­garlo en la espalda como mochila y que nos ser­vía tam­bién para flo­tar en el agua, ade­más de que aden­tro iban nues­tros ali­men­tos, agua, una muda de ropa, cobi­jas y dos bate­rías de 6v para la lám­para que lle­vá­ba­mos en la cabeza, una era de reserva. El cable de la lám­para sur­gía de un ori­fi­cio que sellá­ba­mos con cera de Cam­pe­che, al igual que la tapa, a fin de que las cosas no se moja­ran.

Al entrar al río sub­te­rrá­neo nos tras­la­da­mos a mun­dos remo­tos, parece una super­fi­cie de otro pla­neta, con com­ple­jos sis­te­mas labe­rín­ti­cos, se dice que qui­zás esta gruta tiene comu­ni­ca­ción con la de Cacahua­milpa. Exis­ten bóve­das de 70 metros de altura en la parte más alta, donde las luces de nues­tras lin­ter­nas ape­nas alcan­za­ban a alum­brar.

Los escu­rri­mien­tos cal­cá­reos crean espec­ta­cu­la­res y capri­cho­sas for­ma­cio­nes, tan mara­vi­llo­sas como las de Cacahua­milpa y se pue­den obser­var vis­to­sas y bri­llan­tes esta­lag­mi­tas y esta­lac­ti­tas. En una parte se encuen­tra una for­ma­ción a la que se le dio el nom­bre de “Gran Fuente Monu­men­tal”, la cual tiene apro­xi­ma­da­mente 18 metros de alto por 30 metros de largo. En 1972, a esta for­ma­ción se le dio el nom­bre de ”Gran Fuente Monu­men­tal Vicente Gue­rrero”, es un monu­mento natu­ral sub­te­rrá­neo a la Ban­dera Nacio­nal y clu­bes de explo­ra­do­res la visi­tan cada año, el domingo más cer­cano al 24 de febrero para cele­brar ahí a la ban­dera.

En este mundo sub­te­rrá­neo exis­ten corrien­tes de aire frío, se res­pira el aire húmedo, el olor es a tie­rra mojada y exis­ten dife­ren­tes espe­cies de plan­tas y ani­ma­les adap­ta­dos a la oscu­ri­dad como arác­ni­dos y peces, que en algu­nos casos han per­dido sus pig­men­tos y su visión, desa­rro­llando dife­ren­tes medios y sen­ti­dos para la super­vi­ven­cia acorde con el medio. Al ama­ne­cer, ban­da­das de mur­cié­la­gos entran a refu­giarse, al ano­che­cer salen a ali­men­tarse y su lugar es ocu­pado por aves como las can­de­li­tas, cho­ta­ca­bras y ven­ce­jos, aves pare­ci­das a las golon­dri­nas que, curio­sas, se des­cuel­gan inten­tando atra­par la luz bri­llante de nues­tras lám­pa­ras.

Avan­za­mos por la cueva cami­nando por las res­ba­lo­sas pla­yas de arena o tre­pando por con­glo­me­ra­dos de gran­des rocas que obs­tru­yen cons­tan­te­mente el camino y a veces nadando en las pozas que se for­man en el cauce del río.

Nues­tras ropas cons­tan­te­mente se mojan, pero evi­ta­mos en la medida de lo posi­ble el con­tacto con el agua del río, debido al frío tan intenso que se siente al estar húme­dos y que se incre­menta con las corrien­tes de aire. Des­pués de per­ma­ne­cer en la oscu­ri­dad por varias horas, esta­mos can­sa­dos, pero a lo lejos se empieza a ver una tenue luz azul, que con­forme avan­za­mos se va haciendo más intensa, es el fin del reco­rrido y la feli­ci­dad es indes­crip­ti­ble. ¡Que expe­rien­cia!, ¡Que ale­gría!, ¡Lle­ga­mos a Dos Bocas!

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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