Hace unos días la presidente de México, propuso el cambio de nombre al “Paso de Cortés” por “Paso de los Pueblos Indígenas”, en el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas.
El “Paso de Cortés” es un lugar que se encuentra a una altura de 3,700 metros, entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, en el estado de Puebla, pero muy cerca de los límites con el Estado de México. Actualmente es una zona ecoturística dentro del Parque Nacional Izta-Popo, y es un maravilloso mirador para observar a los dos volcanes y su paisaje boscoso.
Su nombre se debe a que Hernán Cortés, sus huestes y aliados indígenas pasaron por ese lugar el 2 de noviembre de 1519, rumbo a Tenochtitlán. De acuerdo a lo que comenta el escritor Hugh Thomas, en su libro La Conquista de México (Cap.19, Pág. 304) esa ruta fue elegida por Hernán Cortés “…por ser la que los mexicas menos esperarían que los castellanos recorrieran y, por tanto, no la bloquearían”. Por otra parte, no existe evidencia o registros que señalen que desde ese lugar los castellanos hayan visto a la gran Tenochtitlán y su lago, quizás debido al clima que imperaba en ese momento.
Esta noticia del cambio de nombre al “Paso de Cortés” me recordó una curiosa anécdota que me ocurrió en ese lugar.
Hubo una época en que practiqué el alpinismo y el senderismo, por lo que frecuentemente acudía al volcán Popocatépetl, para ascender hasta el cráter. Un día de 1986, me enteré que iba a nevar en la noche, por lo que decidí salir en mi vochito por la madrugada rumbo a Tlamacas, en donde podría disfrutar el espectáculo de las montañas nevadas. Tlamacas es el lugar en donde se encuentra el albergue para excursionistas y alpinistas Vicente Guerrero, a una altura de 3,962 metros y que por desgracia actualmente está abandonado y vandalizado. Desde San Pedro Nexapa subí por la sinuosa carretera, era un día maravilloso, cuando de repente a un costado de la carretera apareció un hombre barbón vestido a la usanza de Oriente Medio, con su shalvar (pantalón ancho), su túnica con manga larga y turbante, pero que además estaba armado, llevaba cananas y lo que parecía un rifle de asalto soviético AK-47, también conocido como “Cuerno de Chivo”. Mi sorpresa fue muy grande, no sabía qué estaba pasando, el hombre me indicó que bajara la velocidad. Así que, seguí avanzando y me encontré con más hombres vestidos de esa manera y armados, pero que parecían pacíficos.
Al llegar al “Paso de Cortés” mi asombro fue aún mayor, ya que había Jeeps, un helicóptero, además de más hombres mediorientales y soldados, esta vez estaban fortificados con bolsas de arena para crear parapetos de defensa y banderas y letreros con escritura del alfabeto persa. Parecía como si hubiera una invasión iraní. En el lugar en donde se encuentra el basamento piramidal con la construcción que recuerda el paso del conquistador, había un letrero que decía en inglés “Iran-Iraq border” (Frontera Irán-Irak). Yo realmente no sabía qué hacer, o qué estaba pasando, hasta que un hombre me pidió que siguiera mi camino y me explicó que estaban filmando una película.
Después me enteré que lo que estaban rodando era una miniserie que se llamó “Sobre alas del Águila” (On Wings of Eagles), sobre la revolución iraní que encabezó el ayatolá Ruhollah Jomeini en 1978 y que derrocó al sha Mohammad Reza Pahlaví, quien en su exilio llegaría a Cuernavaca. La historia que filmaron está basada en un libro de Ken Follett, que trata del rescate de dos ejecutivos estadounidenses encarcelados por los revolucionarios islámicos. Follett se inspiró en una acción militar fallida que realizó el Departamento de Defensa norteamericano para rescatar a 53 rehenes, en su mayoría trabajadores de la embajada de Estados Unidos en Teherán, secuestrados por el régimen islamista. La operación fue encargada por el presidente Jimmy Carter y se llamó “Operación Garra de Águila”, de ahí el (On nombre de la miniserie que fue dirigida por Andrew V. McLaglen y estelarizada por Burt Lancaster, Esai Morales y Richard Crenna, entre otros.
Finalmente, después de que el “Paso de Cortés” ha sido llamado así durante poco más de 500 años, es un referente y el que la presidente le quiera cambiar el nombre no quiere decir que lo logrará. Al Estadio Azteca le han querido cambiar el nombre a Estadio Guillermo Cañedo o más recientemente Estadio Banorte, pero para muchos de nosotros seguirá siendo Estadio Azteca. Al Palacio de Cortés, le han llamado Museo Cuauhnáhuac o Museo Regional de los Pueblos de Morelos, han querido borrar el rastro del conquistador, pero para los turistas y para muchos de nosotros seguirá siendo Palacio de Cortés. Que la presidente se dedique mejor a atender las necesidades de los pueblos indígenas y no a andar cambiando nombres a las cosas, que mejor se dedique a reconocer a los pueblos indígenas por el presupuesto, en su toma de decisiones, en su territorio, en la salud, en los servicios, en la educación, etc. O Usted ¿Qué opina?
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