Del Cronista: A 145 años de la catástrofe del ferrocarril de Cuautla

El ferro­ca­rril de Cuautla
El ferro­ca­rril de Cuautla

Esta semana se cum­plie­ron 145 años de la inau­gu­ra­ción del ferro­ca­rril que iba de la Ciu­dad de México a Cuautla. Pero tam­bién el mar­tes 23 de junio se cum­pli­rán 145 años de un trá­gico acci­dente que ocu­rrió pocos días des­pués de dicha inau­gu­ra­ción. Aquí les relato lo ocu­rrido ese infor­tu­nado día.

Oscu­ros nuba­rro­nes cubrie­ron el cielo de Cuautla y un viento húmedo soplaba pre­sa­giando la caída de una fuerte tor­menta. Mien­tras, en la esta­ción de ferro­ca­rril, 390 via­je­ros subían al tren para tras­la­darse a la Ciu­dad de México, entre los que se encon­tra­ban: 10 ó 12 emplea­dos de la empresa ferro­via­ria, entre 70 u 80 muje­res y hom­bres civi­les y el resto eran mili­ta­res de la 1ª y 2ª com­pa­ñías del 3er bata­llón, coman­da­das por el coro­nel Jesús H. Pre­ciado quien no via­jaba con ellos (des­pués sería gober­na­dor del estado de More­los). Era 23 de junio de 1881.

El ferro­ca­rril de Cuautla había sido inau­gu­rado 7 días antes, por el pre­si­dente de la Repú­blica Manuel Gon­zá­lez, quien acom­pa­ñado por el Gober­na­dor del Estado de More­los Car­los Qua­glia, reco­rrie­ron los 137 kiló­me­tros, desde la Ciu­dad de México hasta la esta­ción de Cuautla, que se ubi­caba en lo que había sido la huerta del anti­guo con­vento de San Diego, que pocos años antes había sido expro­piado al clero por la Ley de Desa­mor­ti­za­ción de Bie­nes de la Igle­sia. Un nume­roso grupo de per­so­nas asis­tie­ron a la inau­gu­ra­ción, entre ellos don Manuel Men­doza, rico hacen­dado del Valle de Amil­pas, el Lic. Igna­cio Manuel Alta­mi­rano y altos fun­cio­na­rios del gobierno, entre otras per­so­na­li­da­des. No fal­ta­ron los dis­cur­sos, los brin­dis, las acla­ma­cio­nes de júbilo, los acor­des de la música y las sal­vas. Un gran ban­quete se dis­puso en la nave de la anti­gua igle­sia de San Diego, que incluía la famosa cecina de Yeca­pixtla.

El camino de fie­rro, como le lla­ma­ban, comenzó a cons­truirse en 1861 e implicó gran­des difi­cul­ta­des, ya que tenían que sal­var nume­ro­sos obs­tá­cu­los como lomas y barran­cas. La obra estuvo a cargo del inge­niero de ori­gen indí­gena Ama­dor Chi­mal­po­poca.

Ese 23 de junio de 1881 a las 5 de la tarde el sil­bato del tren anun­ciaba su par­tida, el con­voy cons­taba de dos loco­mo­to­ras, una al prin­ci­pio y otra al final, ade­más 7 pla­ta­for­mas en las que lle­va­ban un impor­tante car­ga­mento de barri­les de aguar­diente y bul­tos de cal viva. Así el pesado tren comenzó su reco­rrido. Pri­mero pasa­ron por Cuaut­lixco, luego por la hacienda de Santa Inés, para luego ini­ciar su acenso por la mon­taña.

Al ano­che­cer se soltó un fuerte agua­cero, era una ver­da­dera tromba. El ruido pro­vo­cado por el aire y el agua era impre­sio­nante. La noche era muy oscura y el maqui­nista per­dió la visi­bi­li­dad, no podía ver a los guar­da­vías. Al lle­gar a la lla­nura de Mal­país, cerca de Atlat­lahu­can pasa­ron por un puente de madera lla­mado “Esconce”, cons­truido sobre la barranca de “Juan Anto­nio”. Al pasar el tren se sin­tió un ines­pe­rado estre­me­ci­miento, el puente se des­plomó arras­trando tras de sí a la pri­mera loco­mo­tora, algu­nas pla­ta­for­mas, a los pasa­je­ros y a la carga, que caye­ron al lecho del río. La cre­ciente de las aguas arras­tró mul­ti­tud de obje­tos y a muchas per­so­nas que se aho­ga­ron. Sólo la máquina que venía detrás se pudo sal­var, que­dando al borde del pre­ci­pi­cio.

El fuerte golpe pro­vocó que los barri­les de aguar­diente se rom­pie­ran e infla­ma­ron con las luces de los faro­les de las pla­ta­for­mas y con el fuego de la cal­dera de la máquina. Mul­ti­tud de infe­li­ces murie­ron víc­ti­mas de las lla­mas, otros aplas­ta­dos. Gri­tos des­ga­rra­do­res se escu­cha­ban, mez­cla­dos con los rui­dos del rechi­nar del metal y la madera cru­jiendo por las lla­mas. Algu­nos sol­da­dos que que­da­ron atra­pa­dos entre los fie­rros retor­ci­dos, pedían a los de arriba que los aca­ba­ran de matar, los sol­da­dos que pre­sen­cia­ban desde arriba aque­lla horro­rosa escena, comen­za­ron a hacer fuego sobre los que así lo pedían.

Los pocos sobre­vi­vien­tes se dedi­ca­ron toda la noche a res­ca­tar y aten­der a los heri­dos y a recu­pe­rar cuer­pos. Al día siguiente uno de los maqui­nis­tas sobre­vi­vien­tes salió tem­prano para pedir ayuda. Nunca se obtuvo el número pre­ciso de muer­tos debido a que no se pudie­ron res­ca­tar todos los cuer­pos. Pero se cal­cula que en la tra­ge­dia murie­ron 144 per­so­nas, entre ellas 39 muje­res y 5 niños, hubo 112 heri­dos.

Al rea­li­zar una ins­pec­ción se encon­tró que la fuerte corriente había reblan­de­cido los cimien­tos de los pila­res del puente, que junto con el peso del tren pro­vocó el des­plome.

Por otra parte, no se res­petó la regla­men­ta­ción vigente, que prohi­bía trans­por­tar pasa­je­ros junto con mate­rial que pudiera dar lugar a explo­sio­nes o incen­dios

El acci­dente puso en duda la segu­ri­dad del sis­tema ferro­via­rio nacio­nal y sir­vió para rea­li­zar una intensa revi­sión del mismo.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.