Carta Abierta: ¡Recuerdos por mis perros…! ‘La Susy’, ‘El Enano’ y ‘Ron’ ¿y los tuyos?

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Luego de que mi amigo “Popeye” par­tió tras 18 años de su vida com­par­ti­dos con­migo, lo cual en pro­por­ción a la de un ser humano equi­va­len 126 años ya que dicen los que saben o creen que saben, 1 año de un perro equi­vale a 7 años de un humano y Popeye vivió con­migo desde 1986 hasta el 2004, por lo cual alguien, no recuerdo quien, me regaló una pre­ciosa perra Chow Chow a quien alguno de mis hijos puso por nom­bre La Susy cuya pre­sen­cia por su abun­dante pelaje en color ama­ri­llo claro y su atrac­tiva cara como de un pequeño león, la con­vir­tió en gran atrac­tivo para quie­nes com­par­tían a ratos mi techo o me visi­ta­ban…

La Susy fue un pro­di­gio de apren­di­zaje por sus muchas gra­cias, pues lo mismo se sen­taba en sus dos patas tra­se­ras que daba ambas patas delan­te­ras en señal de saludo, se acos­taba o se paraba sobre dos patas o iba y venía a la orden que se le daba para que arran­cara o fre­nara y que­darse quieta… ¡Qué inte­li­gen­cia de perra…! Logré que en una de sus eta­pas de celo la lle­va­ran para que se cru­zara y tuvo una buena camada que regalé a los suer­tu­dos que se lle­va­ron sus cacho­rros y sólo me quedé con uno, “El Enano”, perro con la misma estampa que su madre que tuvo un pro­blema, una pata tra­sera que era un poco más corta, por lo cual era visi­ble su ren­guear que logró supe­rar para corre­tear con la madre y hacer las mis­mas gra­ce­ja­das… ¡Qué inte­li­gen­cia de ani­ma­les…! Por la sole­dad en que yo vivía me di cuenta de que ambos perros pade­cían de una ade­cuada aten­ción aun­que siem­pre tenían su comida y cui­da­dos nece­sa­rios, por lo cual decidí rega­lar­los… Cuando lo pla­ti­qué con el vete­ri­na­rio

Ricardo Her­nán­dez amplia­mente cono­cido por los rum­bos de Temixco, ama­ble­mente aceptó lle­vár­se­los… A La Susy le con­si­guió un buen espa­cio para su des­tino que todo parece indi­car fue de exce­len­cia por las gra­ce­ja­das que hacía, ahí la dis­fru­ta­ron y como fami­lia la pro­te­gie­ron y le die­ron todo lo nece­sa­rio… En tanto que El Enano, mi buen perro del recuerdo, luego de una lla­mada tele­fó­nica del vete­ri­na­rio Ricardo, quien total­mente sen­si­ble y emo­cio­nado sim­ple­mente me dijo: ¡“Pablo, Pablo, al

Enano lo picó un ala­crán; ya se fue”…! Las pala­bras emo­ti­vas de Ricardo me impac­ta­ron y con lágri­mas en los ojos sólo le dije: ¡“Adiós, adiós, luego habla­mos”…! ¡Cuánto me dolió la muerte de aquel buen perro…! ¡Y que buen des­tino el de La Susy…! Los años tran­si­ta­ron; rehíce mi vida sen­ti­men­tal y ya con mi esposa Laura, cierto día mi her­mano Saúl Villa­lo­bos Gon­zá­lez, con su esposa Ale­jan­dra Quinto, nos ofre­cie­ron un cacho­rro de la camada de su gran perro mas­tín espa­ñol que en cuánto lo vio Lau de inme­diato dijo sí, sin tomar en cuenta mi opi­nión que por los tiem­pos pasa­dos, las accio­nes vivi­das y las emo­cio­nes sufri­das, yo tenía la deter­mi­na­ción de no vol­ver a tener nin­gún perro pero “donde manda capi­tán, gobierna la Señora” y por lo tanto el bello cacho­rro de dos meses se quedó en la casa “bajo la estricta res­pon­sa­bi­li­dad de mi esposa” y mi deci­sión de ponerle por nom­bre a aquel atrac­tivo perro que bien apun­taba por su raza con pedi­grí el nom­bre de

“RON”… ¡Qué gran y enorme perro, cuando desa­rro­lló todo su peso, facul­ta­des y for­ta­leza, cómo impo­nía su pre­sen­cia…! Siendo cacho­rro, paseó con Lau y con­migo ‘de la Ceca a la Meca’; corría, jugue­teaba, el relajo entre ella y el pequeño perro era com­par­tido y daba gusto verlo por los ladri­dos del pequeño ani­mal que cre­cía rápi­da­mente y las sono­ras car­ca­ja­das de mi esposa… Ron era un perro tran­quilo apa­ren­te­mente… Se acer­caba a la mesa donde com­par­tía­mos ali­mento y su cabeza que­daba arriba de los pla­tos y man­te­les como con­se­cuen­cia de su enorme tamaño y mus­cu­la­tura… Su pelaje café claro y sus ojos ama­ri­llos eran un des­te­llo de bri­llos que mucho lla­ma­ban la aten­ción y nos per­mi­tían lucirlo con satis­fac­ción y orgu­llo… Con­forme cre­ció, prác­ti­ca­mente nadie se acer­caba a la casa mien­tras noso­tros no lo ponía­mos en el lugar que tenía para su esta­día mien­tras había visi­tas, invi­ta­dos y con­vi­ven­cias… Cuando lo que­ría­mos lucir siem­pre lo hacía­mos con la cau­té­lela y dis­tan­cia nece­sa­rias, de tal manera que pocas per­so­nas supie­ron cómo y pidie­ron acer­carse a él para aca­ri­ciarlo… En sen­das oca­sio­nes Ron tuvo mues­tras de vigi­lante, una frente a mi cuñada Lupita Toledo Orihuela, cuando estaba con mi esposa en el jar­dín y por alguna cir­cuns­tan­cia el Ron estaba libre… El perro se acercó a ella, la oteó y Lupita tem­bló de pánico mien­tras mi esposa lla­maba y con­tro­laba al noble ani­mal que vol­teando hacia la visi­tante, siguió paso a paso a mi esposa… ¡Qué ali­vio para las dos…! La otra oca­sión, fue cuando un peón de alba­ñil con su jefe rea­li­za­ban algún tra­bajo en el jar­dín de la casa… El peón

Jacinto por des­cuido de su jefe quien sí cono­cía al Ron, pasó una, dos, tres veces frente al perro hasta que en la cuarta vez, quién sabe por qué el Ron le gruño, le ladró, se le aventó y como gamo con alas, Jacinto voló la barda de dos metros hasta caer del otro lado de la casa… ¡Qué sus­tazo para él, según lo pla­ticó…!

Ron como un exce­lente perro Rey, Empe­ra­dor o Gober­nante, vivió durante más de 11 años hasta que los que­bran­ta­mien­tos y enfer­me­da­des, moti­va­ron y obli­ga­ron su sacri­fi­cio para ser ente­rrado junto a los res­tos del “Popeye”…

¡Lau mi esposa lloró, lloró y aún lo llora…! ¡Y yo tam­bién! ¡Hasta mañana que será un día más!

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