Tengo un amigo al que quiero mucho y al saludarlo el otro día, me confesó ser asiduo lector de esta columna, además de que, con su simpatía proverbial, afirmó que nos une una cuestión: la profunda animadversión que nos genera Gianni Infantino.
La semana anterior, el mundo del balompié se vio sacudido por la noticia de que los derechos de la Copa del Mundo que organiza la FIFA, irían en asociación con una entidad financiera, propiedad del hermano del yerno del presidente Donald Trump.
La millonaria operación pondría en manos del consorcio inversor, entre el 20 y el 30% de las ganancias y a cada Federación, de las 211 que integran al máximo organismo rector del futbol en el orbe, la friolera de 40 melones de verdes billetes, en contraste con los 10 que reciben ahora cada año.
Según Don Gianni, las decisiones deportivas, organización de los eventos y la admisión de nuevos patrocinadores y/o la renovación de los que ya están, seguirían en manos de la sede en Suiza.
Si, suena padrísimo, solo que el fondo de inversión tendría vela en todos los entierros, es decir, cualquier campeonato, sea Sub-17, femenil o de cualquier índole, redituaría utilidades a repartir.
Los primeros en poner el grito en el cielo, fueron los integrantes de la UEFA, la poderosa Confederación que rige los destinos del balompié europeo.
Como un bloque, amenazaron con retirar a sus equipos, selecciones y jugadores de cualquier competición organizada por FIFA.
¡Imagine usted el boquete, la herida mortal que esto significaría!
Y no hablamos solo del aspecto deportivo, sino de lo que más le duele a Infantino, el financiero.
Las Asociaciones de Sudamérica, también alzaron la voz en el mismo sentido, mientras que África declaró que “había que analizar la propuesta”.
Concacaf condenó con energía, pero ¿qué cree?, México pidió tiempo para reflexionar, en la típica actitud agachona y centavera de nuestros ínclitos directivos.
Infantino es un encantador de serpientes y, como buen Abogado, astuto, aunque creo que equivocó la estrategia.
Estaba supurando todavía la herida que dejó el Mundial y su imagen andaba sumida en el descrédito.
Quizá, si hubiera esperado al Congreso, en el que sin duda va a reelegirse y ya sentado en su poltrona otros cuatro años, darse el tiempo de hacer la chamba del cabildeo e ir comprando, perdón, convenciendo a los indecisos.
Tampoco es que el futbol, desde el punto de vista administrativo y comercial sea actualmente una caja de cristal.
De acuerdo al objeto social, la FIFA es una asociación sin fines de lucro, pero las ganancias que genera vía la venta de los derechos de televisión, entradas, publicidad estática y patrocinios, la convierten en un monopolio extremadamente rentable.
Por eso es que reparten, a discreción, dinero entre sus agremiados, a fin de perpetuar el poder.
Finalmente, el impresentable presidente dio marcha atrás y desistió de sus faraónicos planes de reforma. En buen castellano, como dice el refrán, “fíjense que dice mi mamá…que siempre no”.
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