La indisciplina rampante que vivimos en el futbol mexicano, está tomando matices dramáticos. Son varios los entrenadores que, lejos de dirigir a su equipo, se la pasan protestando las marcaciones del cuerpo arbitral y han convertido al cuarto oficial, en depositario de sus frustraciones, llegando incluso a la majadería.
Uno de ellos es André Jardine del América. Sí, quiere hacer un show, corriendo por la banda como entrenador de basquetbol, allá él y su mala cabeza, el problema es que lo hace a costillas del colegiado.
Otro dolor de muelas es Nicolás Larcamón, responsable del banco del Cruz Azul. En el juego de esta jornada 12 ante Mazatlán, no paró de protestar, incluso después de recibir la cartulina amarilla. Al término del encuentro, fue hasta el medio campo para enfrentar a Maximiliano Quintero, quien, en lugar de repetirle la dosis y echarlo, le estrechó la mano y cuando Larcamón quiso hacer lo propio con la asistente Karen Díaz, ésta aguantó a pie firme y lo dejó, con toda categoría, con la mano estirada. Se ha vuelto una moda muy seductora hablar del arbitraje.
Lo hacen comentaristas, jugadores, directivos y entrenadores, sin saber el oficio y sin vocación, dijera Joan Manuel Serrat. El futbol es, por definición, un juego imperfecto, entonces no se entiende el porqué se pretende que el jueceo lo sea. En esta misma semana se presentó una situación por demás anómala en el Santos ante Puebla.
Al anunciar el juez suplente un cambio, con el tablero electrónico en alto, el jugador sustituido, Edgar Guerra, empujó en dos ocasiones al árbitro Fernando Cruz. El asistente número uno, Michel Espinoza, se lo comunicó al central, Yonatán Peinado y con toda propiedad, expulsó al rijoso colombiano.
Deseo de todo corazón hayan redactado un buen reporte, para que se castigue severamente a este tipejo. No se trata de tapar el sol con un dedo o defender a los de negro. Errores hay y se reconocen, pero de ahí a pensar que todos los males que aquejan a un futbol, bastante medianito por cierto, como el nuestro, resulta un despropósito.
Los árbitros y sus dirigentes tienen mucha vela en este entierro. Han abdicado a su derecho y obligación de poner orden. Permitir todo tipo de protestas, merman su autoridad e incluso la auto estima.
El entrenador que entre al medio tiempo o al final a la cancha a reclamar, debe ser recibido con un cartón amarillo y en caso de reincidencia, con la tarjeta roja. Seguramente los federativos no se dan cuenta que las actitudes de esos jugadores, idolatrados por miles, son replicadas en las canchas llaneras, donde los silbantes se juegan el pellejo y están en constante peligro de vejaciones o agresiones físicas.
Ya multaron a Efraín Juárez por sus ridículos y corrientes festejos. Manden a la tribuna a esos payasos y a sus jefes les caerá el veinte que los contrataron para estar en el banquillo. Si no ponen un hasta aquí, pronto estaremos ante…una tragedia.