Uruguay quedó fuera de la Copa América en esta edición al caer por la mínima diferencia ante un sólido cuadro colombiano.
Muchos lo ponían como favorito, dada la calidad de sus futbolistas y que en el banquillo estaba esa especie de gurú, llamado Marcelo Bielsa.
Los admiradores del técnico rosarino se cuentan por legión y le creen a pie juntillas lo que dice y lo repiten como mantra.
Para mí se trata de un tipo brillante, que articula como pocos, poseedor de un verso impresionante y que sabe ponerle a sus contratos muchos ceros.
De ahí a que sea el inventor de la rueda o el hilo negro, media un océano de distancia.
Los celestes no tuvieron claridad de ideas y se pusieron a jugar a las carreritas con tipos más fuertes y veloces que ellos.
No ganaron un solo mano a mano por las bandas y si no se comieron de a tres o cuatro goles fue porque al final, los delanteros cafetaleros no aprovecharon que, volcados en busca del empate, concedían serias ventajas en defensa.
El partido tuvo como actor principal al árbitro mexicano César Arturo Ramos Palazuelos.
El silbante azteca y su equipo no se achicaron en ningún momento ante la indisciplina rampante en ambos cuadros, impusieron orden y aplicaron el reglamento sin concesiones.
Fruto de ello fue la expulsión del cafetalero Daniel Muñoz cuando agonizaba el primer tiempo.
De manera por demás irresponsable, este jugador que ya estaba amonestado, tiró un codazo en las narices del juez, pretextando que lo habían pellizcado. No dudo que haya existido una provocación, pero no puedes ni debes reaccionar con violencia.
Bueno, pues ni esa circunstancia fue aprovechada desde el banquillo por el estratega charrúa.
Sentadito en su hielera, miraba sin ver como los embates de su equipo se estrellaban una y otra y otra vez frente a una muralla vestida de amarillo.
Vino el silbatazo final y la euforia se apoderó de los miles de aficionados que llenaron el estadio para ver ganar a Colombia.
Fue entonces cuando apareció esa dama vestida de negro que se llama frustración.
Primero, en el terreno de juego algunos uruguayos se fueron encima de sus rivales. Luís Suárez increpó a un adversario por festejar, lo que interpretó como una falta de respeto.
¡Ah caray!, pues ahora resulta que este tramposo, va a dictar las normas que rigen la celebración de una victoria. El diablo vendiendo cruces.
Después, otro grupo de enardecidos futbolistas brincaron a la tribuna para liarse a golpes con aficionados.
Pretextando una agresión a sus familiares, que por cierto nunca se ven a cuadro, estos energúmenos la emprendieron contra el público y un reducido grupo de policías que intentaban contenerlos.
Difícil creer que quienes acompañan a los jugadores, no estén en un palco y no a ras de cancha.
Darwin Núñez, convertido en Godzila, estuvo a nada de agredir con una silla a sus supuestos enemigos. De cualquier manera debe llevarse una sanción ejemplar.
La realidad es que cada que pierden, arman camorra…nomás para variar
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