Llegó a su fin la cuarta edición de la llamada Nations League, un invento de la CONCACAF para seguir atiborrando los calendarios.
El evento nació en 2019 y tras un parón por la pandemia de Covid, se reanudó para jugarse anualmente. En las tres anteriores citas, fue el cuadro de las barras y las estrellas quien se alzó con el título.
Ahora, el equipo de Mauricio Pochettino ni siquiera logró treparse al podio, al ser batido por el cuadro canadiense en el juego por el tercer lugar.
Por cierto, este partido fue dirigido por una tripleta mexicana, de mujeres árbitras, encabezada por Katia Itzel García, llevando en las bandas a la tapatía Sandra Ramírez y a la gran estrella Keren Díaz.
Su trabajo fue pulcro, aseado, apegado al reglamento y con decisiones bien tomadas.
Los de la hoja de maple protestaron en un par de jugadas en que pedían penal. La silbante azteca mandó a bañar temprano al técnico Jesse Marsch por gritón.
Una gran labor que demuestra por qué esta mujer está compitiendo por un lugar en el Mundial del próximo año a jugarse en Norteamérica.
A la Gran Final llegaron, por méritos propios, los equipos de México y Panamá, siendo amplio favorito el cuadro dirigido por Javier Aguirre.
El trámite del encuentro se facilitó por un gol tempranero, exactamente igual que en la Semifinal ante Canadá.
Sin embargo, el tricolor no acaba de jugar bien al futbol.
Llama poderosamente mi atención el hecho de que, a estas alturas, se siga ponderando que los jugadores muestran actitud, garra y huevos.
Considero que es lo mínimo que se le puede no pedir, sino exigir a un profesional que representa a su país.
Pero bueno, a un buen sector de la prensa, con poquito pinole le da tos.
Luego vino un penal que, vía el VAR, se sancionó a favor de los canaleros y el juego, ya empatado, se tornó repetitivo.
Los panameños echados atrás, buscando quizá un contragolpe o una jugada a balón parado y México asediando en forma desordenada, olvidando frecuentemente que tenía en el campo a dos centros delanteros, a quienes se buscó poco.
El cuadro nacional tiene la suerte de contar con un jugador de otra dimensión, como Raúl Alonso Jiménez.
Tras su terrible lesión en el balompié inglés, no solo recuperó la forma física, sino que está convertido en un verdadero asesino del área y un líder del equipo.
Baste consignar que fue el autor de los cuatro goles con que los verdes se ciñeron la corona.
Cuando el juego agonizaba y eran inminentes los tiempos extra, sucedió una extraña jugada en que, el defensor centroamericano José Ángel Córdoba, jugó con el brazo de manera voluntaria, dentro del área, un balón que iba hacia afuera y no representaba peligro alguno.
Increíble la manera en que condujo a sus compañeros al precipicio. Dejó en el ambiente un tufo desagradable, sobre todo, ahora que se habla de amaño de partidos.
Para el juez guatemalteco, Mario Alberto Escobar, de buena actuación, resultó el penal…más fácil de su vida.
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