Con una fastuosa ceremonia, el comité organizador dio cerrojazo a los juegos olímpicos en Río de Janeiro. El colorido, la música y el ambiente festivo mostraron al mundo la mejor cara de Brasil, autodenominado el “gigante del sur”, agobiado por serios problemas políticos, sociales, económicos así como una gran crisis de identidad.

Atrás quedaron las prisas por terminar las instalaciones, el pillaje descarado en los dineros asignados para las obras olímpicas, la tensión de saber si los cariocas podrían con el paquete y toda una serie de incógnitas que, gracias al cielo, pesaron menos que la majestad del deporte de alto rendimiento en su máxima expresión.

 Durante dos semanas el mundo vibró con las hazañas de Michael Phelps en la alberca; se deleitó con las rutinas de la norteamericana Simone Biles en la gimnasia; fuimos testigos de cómo un rayo partía en dos la pista con los triunfos de Usain Bolt; la duela brilló como nunca a los pies del “dream team” gabacho, haciendo efectiva la apuesta a su favor; Maracaná, por fin, pudo ver a su selección nacional coronarse en su tierra luego de doblar a los tozudos germanos, bajo el liderazgo de Neymar, su gran figura; se vivió también la tensión al interior de la delegación mexicana ante la ausencia de metales que finalmente llegaron en el llamado “sábado de gloria”, en fin, miles de historias en cientos de competencias cuyas gotas de sudor bien podrían formar un océano.

¿Qué sigue ahora? Pues la inevitable cruda que llega siempre después de una gran celebración y nos recuerda que somos simples mortales. El dolor de cabeza, la boca seca, la horrible sensación de ser o no ser y estar o no estar, bueno, para que le cuento si seguramente usted, alguna vez en su vida por lo menos, lo ha sentido.

Brasil y concretamente Río de Janeiro volverán a la incertidumbre de una política revuelta y una economía devastada. Los juegos son un gran negocio pero para el Comité Olímpico Internacional pero al organizador lo dejan sumido en deudas que ni algunos de nuestros gobernadores lograrían. Pregunte si no me cree a los griegos, que quedaron endeudados hasta la cuarta generación.

En México también pegará la resaca olímpica. Para empezar, seguirá la moda de pedir la destitución de Alfredo Castillo en la CONADE, como si ello fuera a arreglar de golpe y porrazo el desorden en las federaciones.

De nada servirá aducir que se lograron finalmente 5 medallas, que la juventud del contingente azteca es notoria y que tuvimos 8 competidores entre los mejores 5 del mundo en sus respectivas disciplinas.

El análisis no llegará a fondo para explicar los fracasos de atletas de los que se esperaba mucho más y como siempre, se creará una comisión legislativa para que los asnos designados entre diputados y senadores descubran el hilo negro en un tema que, como muchos otros, ignoran.

Que le parece si mejor, le invito una cervecita.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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