Bajo la lupa: El sombrero

Deportes
Arturo Brizio
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Fíjese usted, estimado lector de Diario de Morelos, que el futbol tiene rato de no ofrecerme emociones.

Al no ser seguidor de ningún equipo, los partidos se me hacen monótonos, sobre todo en esta bendita Liga nuestra donde parece jugarse un deporte muy parecido al balompié inventado, según dicen, por los ingleses.

De pronto aparece la Champions, con su dosis innegable de calidad o el despliegue físico y técnico de la Premier, pero de ahí en más, nada que mueva alguna fibra sensible de mi endurecido corazón. (Aquí entran violines con música clásica).

Además debo confesar una tara: sigo viendo los encuentros con ojo de árbitro y así, es muy complicado vibrar.

Por otro lado, suelo ver el partido sin volumen, harto de la estridencia, la ignorancia y el sesudo análisis arbitral que hacen algunos expertos de pacotilla.

Por lo mismo, resultó gratificante poder estar, a través del televisor, en el estadio de “La Cartuja” en Sevilla, viendo la Gran Final de la Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el Mallorca.

Este torneo se lo toman muy en serio los clubes en España, aunque no siempre lleguen a esta instancia los grandotes.

La explicación es sencilla: Los grandes equipos tienen calendarios más que saturados que les impiden jugar siempre con todas sus estrellas.

La Copa del rey se jugó por primera vez en 1903, sufriendo obvias modificaciones en su formato al paso del tiempo.

El máximo ganador es el Barcelona, seguido muy de cerca por el cuadro vasco del Bilbao, quién lo ha ganado en 23 ocasiones, a lo que hay que sumarle 16 subcampeonatos.

¡Hay que joderse!, como dicen por allá.

En cambio el cuadro Bermellón, como se le conoce a los mallorquines, ha jugado cuatro finales, cayendo en tres de ellas y levantando el trofeo allá por 2003.

Los bilbaínos, pese a su exitoso paso por el certamen, tenían la friolera de cuarenta años sin ganarla.

El partido distó de ser una filigrana, pero lo jugaron ambos cuadros con el cuchillo entre los dientes.

Se llegó a la tanda de los penales, luego de dos horas empatados a uno y aquí surge la estampa que quiero comentar con usted.

Javier Aguirre, director técnico del Mallorca, en vez de presentar una lista, fue nombrando uno por uno a los tiradores, lo que era recibido con una salva de aplausos y gritos por todos los integrantes del equipo.

El ambiente motivacional que esto generó ya no alcanzó, pero queda la estampa de un entrenador no solo respetado sino muy querido por toda su plantilla.

El “Vasco” ha demostrado ser un gran entrenador. Luego de esta Final, a la que llegaron con altas dosis de sufrimiento, le seguirá el reto de mantenerse en Primera División.

Aguirre parece estar diseñado para el drama.

La emoción que desató en mí la pintura previa a los penales, me llevó a derramar lágrimas.

Al cierre, no pudieron ser de felicidad, pero el trabajo de Javier con este equipo, es como para quitarse…el sombrero.

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