Cuando niños, Eduardo mi hermano y yo hacíamos usufructo de unas plateas en el estadio Azteca, propiedad de mi tío Enrique Mariscal.
Dada la cercanía del hogar paterno del “Coloso de Santa Úrsula”, asistíamos a, prácticamente, todos los partidos.
Ahí vi por primera vez a un guardameta enfundado en los colores azulgrana. De gran personalidad, muy buenos reflejos, valiente y aparte de todo, galán: Raúl Orvañanos. Tras su prematuro retiro de las canchas, incursionó en los medios masivos de comunicación, creando un estilo ameno, mesurado y, sobre todo, mostrando sin alardes, su conocimiento del juego.
Guardo en la memoria infinidad de encuentros que dirigí como árbitro con la narración de Orvañanos.
Más tarde, la vida permitió que estuviera cerca de él en muy bonitos proyectos, como La Jugada, porque decir “trabajé” sería ofensivo para un hombre que sabe hacer equi y logra que todos a su alrededor fluya de manera agradable.
En Chapultepec 18, la oficina de Raúl era una permanente romería. Todos entraban y salían como si fuera su casa. Esa confianza la generaba el líder.
Recuerdo como anécdota que un domingo, antes de iniciar la emisión nocturna, un camarógrafo muy buena onda, de quién me enteré que bebía el día que lo vi sobrio, llegó hasta las manitas.
Raúl de dijo, con tono mesurado, que se fuera a su casa. El borrachín, como todos aquel que se precie de serlo, se puso necio y tuvo por respuesta un “mañana me lo vas a agradecer”.
Por eso digo que, como jefe era un amigo y como amigo, es un Jefe. Pues resulta que ha escrito un libro, cuya lectura resulta imperdible. “Mi vida es el futbol” es el título y en él aborda su pasión por el balompié desde diversos ángulos. Habla de su niñez y su familia, de cómo ingresó a las fuerzas básicas del América y la realización de sueño de debutar en Primera División con el Atlante.
Rinde un valiente testimonio de lo que quizá le faltó para redondear su carrera deportiva, ya que como decía George Best: “la mitad de mi fortuna la tire en mujeres y alcohol. La otra mitad de plano, la malgasté”.
Cuenta también los tragos amargos de la profesión, como su abrupta salida de Televisa.
Llama la atención que lo hace sin la ponzoña del rencor, con veracidad y mostrando que se mantiene fresco de faz, de ideas y del alma.
Dice verdades de peso sobre el futbol mexicano y la selección y la retahíla de nombres y hombres con los que convivió, mueven a la nostalgia y, frecuentemente a la risa.
La galería de fotos es también muy completa.
Se trata de una obra con conceptos fuertes, pero de lectura fácil.
Tengo el honor de pertenecer al íntimo círculo familiar, por lo recibí la invitación para presentar la obra en la librería Ghandi de Coyoacán.
El inmenso Juan Villoro escribió el prólogo y ahí llama a Raúl “El amigo necesario”. Yo me atrevo a asegurar que es… El amigo indispensable.
