De pocas cosas me arrepiento en esta vida, en la que Dios nuestro Señor me ha permitido subir la escalera hasta el peldaño número 68, sin embargo, hay una situación que en ocasiones me escuece el alma: no haber encontrado el golf más temprano.
A principios de los 90 tuve una oficina en el edificio de cristal que está a la entrada del fraccionamiento ‘Los Tabachines’, en esta hermosa ciudad llamada “De la eterna primavera”.
Incluso entre los clientes de ese despacho que se dedicaba a la asesoría jurídica en materia laboral, se contaba el club de golf.
Frecuentemente asistía a alguna reunión o a recabar firmas o papeles para algún asunto, pero no pasaba por mi mente pisar el campo.
De hecho casi todos los días, como parte del programa de entrenamiento para desempeñar mi actividad como árbitro, corría por todo el fraccionamiento, disfrutando la vista de los fairways y los greenes, sin siquiera imaginarme estar en uno de ellos.
Fue hasta mi retiro en 1998 que mi querido amigo Joaquín Urrea, quien hoy se encuentra en un mejor lugar, me convenció de comprar una acción en el club.
Todavía mi necedad hizo que usara el gimnasio, la alberca, las canchas de tenis e hiciera el “triatlón”, consistente en sauna, vapor y regadera, pero sin agarrar un bastón.
Total que un día en compañía de mi adorada esposa Isela, adquirimos nuestros bastones y pusimos proa a Santa Fe para tomar clases con el legendario profesor Lázaro Domínguez, conocido en el bajo mundo del hampa como ‘La Cacha’.
El golf tiene ingredientes que lo asemejan mucho a la vida misma.
Es un reto constante. Juegas básicamente contra ti mismo. Es el único deporte de pelota en el cual la bola está quieta, esperando a que le pegues. Debes respetar las reglas. Te encuentras compañeros amables y generosos. También te topas con mañosos, carroñeros, piojosos, malapaga, tramposos, viles y ya no digo más porque va a brincar alguno que se sienta aludido.
Esto viene al caso porque la semana pasada tuvo lugar en mi club, un evento de la Gira Mexicana de Golf Profesional, denominado el ‘Wipa’s Open’.
Un agasajo ver la facilidad y la elegancia de estos jóvenes. Claro que se equivocan y tienen una mala salida, pero la arreglan de inmediato.
En algún momento conversé con un colega: Ian Gardner, juez de campo, quien tuvo la gentileza de explicarme los pormenores de su función. Un caballero en toda la extensión de la palabra.
Tengo el privilegio de conocer a la familia Quiroz. Personas comunes que hacen cosas extraordinarias.
Don Rafael, la ‘Wipa’ original, está por cumplir 90 años y es una maravilla verlo sano, recto y pleno en todas sus funciones.
El torneo lo ganó el canadiense Sebastian Szirmak tras una dramática ronda de desempate.
También fue motivo de orgullo que Héctor Arriaga, integrante de otra queridísima familia, fuera el mejor en la categoría amateur.
Deporte fascinante es el golf. Si usted juega, siga disfrutando, si no, inténtelo y verá que de ninguna manera es un juego…de viejitos.
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