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Cerca del mer­cado Adolfo López Mateos y el puente Del Dra­gón fue encon­trado el cadá­ver de un vaga­bundo. El hallazgo ocu­rrió al medio­día del mar­tes pasado, por tran­seún­tes que vie­ron a una per­sona inmó­vil en el fondo de la barranca. Ele­men­tos de la Guar­dia Nacio­nal, bom­be­ros y para­mé­di­cos de la Cruz Roja acu­die­ron al sitio. Luego de revi­sar al indi­vi­duo, con­fir­ma­ron que ya no pre­sen­taba sig­nos vita­les, acor­do­na­ron la zona y comu­ni­ca­ron el hecho a la Fis­ca­lía Regio­nal Metro­po­li­tana. La causa de muerte no pudo ser deter­mi­nada en el lugar del hallazgo…

No es la pri­mera vez que un cadá­ver es arro­jado a la barranca de Ama­nalco, en el cen­tro de Cuer­na­vaca. La noche del mar­tes 23 de marzo del año ante­rior fue repor­tado el cuerpo de un hom­bre ase­si­nado a bala­zos. ¿Lo arro­ja­ron estando vivo o muerto? Los curio­sos se arre­mo­li­na­ron en la curva que sube al mer­cado ALM. Alar­ga­ban los pes­cue­zos para ver el lecho de la barranca de Ama­nalco y, pese a la basura y la vege­ta­ción que obs­ta­cu­li­za­ban la visión, alcan­za­ron a ver a un hom­bre tirado boca abajo en el fondo del pre­ci­pi­cio.

Apa­re­cie­ron la poli­cía y los bom­be­ros, dos de éstos baja­ron usando rea­tas lar­gas, y algo gri­ta­ron que sus com­pa­ñe­ros que se que­da­ron arriba no alan­za­ron a escu­char. Subie­ron, uno car­gando a acues­tas el muerto. ¿Sui­ci­dio o ase­si­nato? Nada de eso; era un mani­quí de palma. Furioso, el bom­bero equi­pado con cin­tu­rón ancho y cal­zando botas gritó: “¡no es un muerto, es un pin­che mani­quí de petate que algún cabrón aventó a la barranca!”.

¿Un bro­mista? La mul­ti­tud se retiró riendo a car­ca­ja­das, comen­tando rui­do­sa­mente el inci­dente. Suce­dió a fines de los setenta, pero lo que pasó en la vís­pera del Año Nuevo 2024 no fue broma. Unos dos­cien­tos metros arriba de la misma barranca, un hom­bre per­dió la vida cayendo hasta el fondo, a la altura del puente del Dra­gón…

Iró­ni­ca­mente las barran­cas sue­len impul­sar la muerte, pero tam­bién alien­tan la vida. En Cuer­na­vaca tene­mos dos ben­di­cio­nes. Regu­lar­mente llueve de noche y muy seguido, fuerte a cube­ta­zos. Los relám­pa­gos ilu­mi­nan el hori­zonte, y parece que el cielo se va a caer mien­tras el agua baja a rau­da­les por las pare­des de las barran­cas. No tene­mos inun­da­cio­nes. A la mañana siguiente vuelve a bri­llar el sol, los pája­ros se sacu­den las plu­mas empa­pa­das, can­tan y la gente se ima­gina que las plan­tas tam­bién están can­tando, ale­gres, ali­men­ta­das por la hume­dad y los rayos sola­res. Un paraíso que suele olvi­dár­se­nos, pero que entraña ries­gos. Para los que no y para quie­nes sí lo saben, nues­tro clima tem­plado se debe o más bien y tris­te­mente dicho se debía a la oro­gra­fía en que está asen­tada la ciu­dad.

Ama­nalco, Analco, la De los Cal­dos, Del Dia­blo, El Teco­lote, Salto Chico y Salto Grande son caña­das o tra­mos de ram­blas que hacen las veces de “pro­duc­to­ras de hume­dad”. El micro­clima de las oque­da­des que cru­zan a Cuer­na­vaca de norte a sur se da por la pre­sen­cia de una flora abun­dante todo el año, por la pre­sen­cia de los cuer­pos de agua –muy con­ta­mi­na­dos– y la reno­va­ción tem­po­ral de unos y otros con la tem­po­rada de llu­vias.

Pro­gra­mas de recu­pe­ra­ción de las barran­cas ha habido desde que tene­mos memo­ria, desde la cons­truc­ción fra­ca­sada de plan­tas tra­ta­do­ras de agua en los már­ge­nes, para blo­quear las aguas negras de las vivien­das, hasta la reu­bi­ca­ción de vivien­das de fami­lias en pau­pé­rri­mas con­di­cio­nes y crear varios anda­do­res o paseos barran­que­ños.

La idea es ambi­ciosa, nada nueva, pero no des­ca­be­llada. Sería tra­bajo de uno o dos trie­nios, pero, bien apro­ve­cha­das, las barran­cas de Cuer­na­vaca se con­ver­ti­rían en un atrac­tivo turís­ti­ca­mente sus­ten­ta­ble, y quizá con una intensa refo­res­ta­ción y lim­pieza del agua retor­na­ría el clima tem­plado de la “eterna pri­ma­vera”. Ade­más, he comen­tado en múl­ti­ples oca­sio­nes que es nece­sa­rio res­ca­tar El Salto de San Antón.

El olor a caca (per­dón, pero a eso huele) ahu­yenta a los visi­tan­tes y aver­güenza a los veci­nos que sue­len andar por el lugar. A la dis­tan­cia del mira­dor, no que­re­mos ima­gi­nar qué tipo de “brisa” sale del torrente. Es un recurso natu­ral des­truido por la falta de pre­vi­sión, sen­si­bi­li­dad, incom­pe­ten­cia y vora­ci­dad de los impul­so­res de la man­cha urbana. ¿Cuánto cues­tan tres, cua­tro plan­tas depu­ra­do­ras de agua? ¿Cuánto un dre­naje cuyas aguas negras y de coli­for­mes no vayan a dar a El Salto?... (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

JPerez
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