Atril: Temoac, un municipio, sui generis

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Mari­sol Romero Zamora, direc­tora del DIF muni­ci­pal de Temoac y esposa del alcalde que fue ase­si­nado el miér­co­les pasado, Valen­tín Lavín Romero, así como el direc­tor de la Poli­cía del Ayun­ta­miento, Geo­vany Ema­nuel Gon­zá­lez More­llano, fue­ron dete­ni­dos el lunes ante­rior por su pre­sunta vin­cu­la­ción con una inves­ti­ga­ción por deli­tos de extor­sión y delin­cuen­cia orga­ni­zada….

Va de his­to­ria: En 1977 a la Plaza de Armas se le podía dar vuel­tas en coche –los que tenían o se los pres­ta­ban– y esta­cio­narse en la acera de la cafe­te­ría Los Arcos donde estaba la far­ma­cia Cruz Blanca, a tiro de pie­dra del desa­pa­re­cido hotel Impe­rial que a media­dos de los sesenta miraba de reojo al Pala­cio de Cor­tés.

Turis­tas y luga­re­ños ates­tá­ba­mos el cen­tro de Cuer­na­vaca las noches de vier­nes y sába­dos, pero aquel 17 de marzo no cayó en fin de semana sino en jue­ves. Por la mañana la gente común des­co­no­cía lo que estaba por suce­der, y tam­poco sabía que “ore­jas” de la Direc­ción de Gober­na­ción, la Zona Mili­tar y la Poli­cía Judi­cial habían repor­tado al con­tin­gente de Temoac que, tras salir cami­nando del cru­cero de Ama­yuca y pasar la noche de la vís­pera en el campo, a la altura de la colo­nia La Joya, se diri­gían al Zócalo de Cuer­na­vaca.

Lle­ga­ron par­deando la tarde, sor­pren­diendo a los luga­re­ños que se encon­tra­ban en el cen­tro de la ciu­dad. Eran muchos, tan­tos que col­ma­ron el zócalo, inte­grada por hom­bres la mayo­ría de la muche­dum­bre. Se les notaba exte­nua­dos, hos­ti­les, des­pués de haber cami­nado unos sesenta kiló­me­tros, deci­di­dos a no regre­sar sin la misión cum­plida a sus comu­ni­da­des de Temoac, Amil­cingo, Popot­lán y Hua­zulco. Que­rían ser muni­ci­pio, y lo logra­rían topara en lo que topara. Esta­ban har­tos de ser mar­gi­na­dos, de que los alcal­des salie­ran de Zacual­pan, la cabe­cera muni­ci­pal, y no de las ayu­dan­tías, así que la impo­si­ción de Mariano Cerezo como el can­di­dato del PRI aci­ca­teó la pro­testa.

Pero qué iba a saber el gober­na­dor Armando León Beja­rano sobre cómo se las gas­ta­ban los pue­blos de la región oriente. Impuesto un año antes desde la Ciu­dad de México como gober­na­dor de More­los, llegó con su séquito de la Legión Extran­jera a gober­nar una tie­rra que des­co­no­cía. Sus cha­ma­rras de piel de nonato, sus relo­jes Rolex y sobre todo su con­di­ción de extraño a los sen­ti­mien­tos de la gente de More­los le nubla­ban la visión. Aque­lla tarde de marzo debió sacu­dirlo la rebel­día de los eji­da­ta­rios, de los peo­nes, los pro­fe­so­res y las seño­ras de campo exi­giendo su muni­ci­pio. Eran tan­tos que no cupie­ron en el Salón Gober­na­do­res, de modo que sólo pudo pasar una comi­sión de unos dos­cien­tos. Pusie­ron boci­nas en los bal­co­nes del Pala­cio de Gobierno para que se pudie­ran escu­char afuera lo que se iba a decir aden­tro. Menu­dea­ron las con­sig­nas con­tra el gobierno, y del gri­te­río que sur­gía de la expla­nada se alcanzó a oír una que otra men­tada de madre con dedi­ca­to­ria a Beja­rano. Encon­trado meses atrás el cadá­ver de Vinh Flo­res Lau­reano, un joven pro­fe­sor que lide­raba cau­sas socia­les de comu­ni­da­des de la zona oriente, sus segui­do­res esta­ban segu­ros de que el ase­si­nato había sido orde­nado desde las entra­ñas del gobierno.

Aden­tro no olía pre­ci­sa­mente a rosas, hacía tres días que los rebel­des no se baña­ban, Beja­rano y sus fun­cio­na­rios más cer­ca­nos apre­ta­ban las nari­ces haciendo ges­tos de “fuchi”. Los fun­cio­na­rios entra­ban al des­pa­cho del jefe del Eje­cu­tivo para par­la­men­tar, regre­sando una y otra vez al salón para tra­tar de con­ven­cer­los de que eco­nó­mi­ca­mente no pro­ce­día la crea­ción del muni­ci­pio de Temoac. Pero fue en vano el dis­curso de “la uni­dad more­lense” de Beja­rano… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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