Estacionados dos vehículos enfrente del restaurant, el valet parking obedece sin chistar la orden de meterlos al estacionamiento de junto. Los sujetos con cara de pocos amigos que llegaron en una camioneta exigen el espacio libre de cualquier obstáculo.
El tipo que entra al local sale enseguida para quedarse con su compañero para vigilar el entorno. “¿Guardias de seguridad o qué?”, se pregunta el limpiaparabrisas del crucero cercano que los ha visto llegar. Al poco rato arriban tres camionetas más que son estacionadas con las trompas dirigidas a la carretera. Descienden no menos de diez hombres que entran al comedor.
Sentado a la mesa próxima a la caja, el dueño del negocio los ve desconcertado, mientras los pocos clientes de ese día de entre semana evitan mirarlos. Los sujetos se distribuyen en las mesas hasta formar un círculo, atentos a la mínima indicación de quienes evidentemente son el jefe y el subjefe.
Todos, menos el líder, sostienen entre las piernas estuches para palos de golf de los que asoman puntas de “cuernos de chivo”.
El mesero que los atiende no puede disimular su miedo, y presuroso les lleva las cartas que no se entretienen en revisarlas. Comienzan a comer del buffet. En tanto, procurando pasar desapercibido, el dueño del negocio se escurre a la caja, se agacha atrás del mostrador y telefonea a su esposa, pidiéndole que por ningún motivo vaya al restaurant. Excepto el jefe que se toma un par de güisquis, los demás sujetos beben refrescos. Comen tranquilos, a nadie molestan, y alaban la comida diciendo que está muy sabrosa. Piden por favor las cosas al mesero que va y viene, sudoroso, inquieto, temeroso.
Pasan más o menos dos horas cuando el hombre que comparte la mesa del jefe pide la cuenta de todos. La paga y deja una propina generosa, como espléndida fue la propina que puso en la mano derecha del acomodador al momento de ordenarle que retirara los vehículos de los clientes. Y se van de la misma manera como llegaron, organizados, vigilantes, siguiendo un operativo de rutina.
Al día siguiente aparece en el mismo restaurant un grupo de policías para revisar el lugar. Observan a la clientela, a hombres y mujeres que no saben qué está pasando. Ninguno se atreve a abandonar el establecimiento. Los hombres uniformados buscan a alguien. El escrutinio es rápido, de unos cuantos minutos que, al igual que la presencia del grupo del día anterior, al propietario y al
personal del establecimiento se les hicieron eternos. El domingo que el empresario restaurantero hojea la revista policíaca reconoce al joven moreno que viste ropa de marca.
Es el líder del comando armado. El trascendido de la presencia policiaca no ahuyentó a la clientela del restaurant.
Se volvió común que la gente viera a convoyes de vehículos sospechosos, ostensible la actitud de sus ocupantes sentados de lado y mirando al exterior, precedidas las camionetas blindadas por coches sedán equipados con “tumbaburros”.
Se desplazan libremente en calles y carreteras, en las noches y a plena luz del día, y tan frecuentes se volvieron esas escenas en pueblos y ciudades que muchos las ven indiferentes… (Me leen mañana).
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