Aunque el 15 de octubre del año pasado la Comisión de la Verdad concluyó que hubo “toda una política de Estado para exterminar a la guerrilla, lo cual representó represión a la población civil”, el paradero de muchos estudiantes, guerrilleros y activistas de aquella época todavía es desconocido. Ante la falta de confesiones de coroneles, comandantes y jefes de policía que ordenaron las desapariciones, se intensificaron las sospechas de que el Pozo Meléndez fue el destino de numerosos opositores al Estado.
Del texto “El Pozo Meléndez, una historia de terror en Guerrero”, se desprende este extracto: “Fíjate bien, allí entre la maleza encuentras la Trompa del Diablo, pero está cerrada. Te puedes asomar por la reja que la cubre y comprobar que no hay nada que ver excepto oscuridad”.
Rogelio Bahena, comisario de Puente Campuzano, comunidad donde se encuentra el Pozo Meléndez, hablaba del lugar que, según los testimonios, se convirtió en la tumba de un número desconocido de personas. A un costado de la carretera que conecta Taxco con Iguala, en la base de la colina donde se erige la Universidad Politécnica del Estado de Guerrero, se localiza una de las fosas más conocidas de la región.
La lúgubre historia de la Boca del Diablo, como también se le conoce, se remonta a la época de la Revolución mexicana. Su notoriedad aumentó durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta, hasta convertir esta grieta vertical en una leyenda aterradora.
Meléndez era el apellido del jefe revolucionario que, según los relatos, descubrió el pozo y arrojaba vivos a sus enemigos “porque se creía que no tenía fondo”, refería el comisario Rogelio Bahena, al evocar una versión que nunca ha sido confirmada. Agregaba otra que parece inverosímil: “Si te acercas, te vas a dar cuenta de que una caballería se pudo arrojar allí; un caballo cabe perfectamente en ese agujero”.
Parte de aquella historia parece surgir de las propias experiencias de Rogelio. Incómodo por el calor, pero relajado ante las preguntas durante la celebración de una boda, el hombre a cargo de esta comunidad rural de 629 habitantes escudriñaba sus recuerdos para explicar cómo la Boca del Diablo marcó su infancia:
“Cuando tenía 12 años tenía mi negocio de piedras. Las personas que visitaban la comunidad para asomarse al Pozo Meléndez siempre querían saber si realmente no tenía fondo. Entonces mis amigos y yo juntábamos piedras que les vendíamos para que las aventaran al interior. Nunca escuchamos que alguna tocara fondo”.
Recordaba que dejaron de vender piedras cuando comenzaron a advertir que algunas personas no acudían al lugar para arrojar rocas, sino, presuntamente, a seres humanos. No era extraño observar automóviles que se estacionaban cerca del pozo y se retiraban pocos minutos después.
Describía: “El miedo era grandísimo. Hubo un tiempo en que se volvió tan frecuente que una vez a la semana veíamos carros que llegaban por las noches. A nosotros nos tocó escuchar gritos de auxilio que nadie quería denunciar porque sabíamos que eran los (policías) judiciales. En ese entonces al lado del pozo había un árbol de capiro, sus ramas crecían encima de la grieta y, cuando los judiciales querían sacar información de sus detenidos, los colgaban para interrogarlos y torturarlos”.
El Pozo Meléndez está relacionado con las desapariciones ocurridas durante la llamada guerra sucia, entre 1969 y 1979, cuando integrantes de la Policía Judicial Estatal, de Seguridad Pública de Guerrero y del Ejército Mexicano fueron señalados como responsables de la desaparición de cientos de personas vinculadas con el Partido de los Pobres, la Brigada Campesina de Ajusticiamiento, la Asociación Cívica Guerrerense, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y otras organizaciones guerrilleras relacionadas con Lucio Cabañas y Genaro Vázquez.
Los familiares de los desaparecidos tuvieron que esperar muchos años para que la Comisión de la Verdad del Estado de Guerrero, organismo creado en abril de 2012 para investigar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante ese periodo, documentara la desaparición de 532 personas en 17 estados de la República, de las cuales 332 correspondían a Guerrero. ¿Y algunas a Morelos?…
Del texto escrito por Violeta del Anáhuac, “Del Pozo Meléndez a Teuchitlán”, se recupera este fragmento:
“Las historias de horror no están en la noche al cerrar los ojos para dormir, están en nuestro país en los ojos abiertos ante imágenes que desgarran el corazón (…) Entre estas historias están el Pozo Meléndez, ubicado a la altura del Puente Campuzano de la carretera Iguala-Taxco está dentro de las más terroríficas narraciones de desaparecidos (…) En el año 2019 se realizó otra exploración en busca de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en 2014…”.
(Me leen mañana).
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