Atril: Policías Y Ladrones, Frontera Invisible (Segunda De Dos Partes)

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Leemos: Plazuela del barrio de Santiago, Yautepec, 8 de marzo de 1953. –¡Policía judicial! ¡Entrégate, Mario Olea, no tienes escapatoria! ¿Sales o entro por ti?

–¡Entra por mí, hijo de la chingada, si tienes güevos!

Esteban Aldúcin no conocía a Olea, pero ahí estaba Luis Bastida, El Negro, presto y a disposición del jenízaro para respaldar el operativo, quien se lo señaló a través de una ventanuca lateral. Visualizado el objetivo, el poblano abrió entonces las persianas del estrecho tugurio sin la mínima precaución, tratando de no perder la ubicación del codiciado trofeo que, sin duda, le significaría un merecido ascenso; pero la temeridad alcahueta de la desmedida ambición, o tal vez la fanfarronada de querer hacerse el valiente a los ojos de los subalternos (“¡Ha llegado la hora de que sepan de lo que soy capaz bola de inútiles!”) no lo dejaron ver que iba, sin remedio, hacia una muerte segura. Olea, parapetado tras una banca de madera que habilitó como escudo y a resguardo de una semi penumbra, le incrustó un tiro en el pecho nada más traspasar Aldúcin el umbral.

Los agentes que seguían a su jefe se abalanzaron vomitando fuego graneado con sus carabinas máuser, al interior de la estrecha accesoria. Olea, el único del grupo que poseía un arma –a excepción del Teporingo que, reprendido duramente por el gatillero a causa de los tiros al aire que había lanzado a media calle minutos antes, desapareció misteriosamente– fue dando cuenta de los polizontes uno a uno si entraban a la insalvable trampa mortal; luego empezó a dar vueltas alrededor de la cantina, simulando una danza macabra, sin dejar de disparar hasta que los dos cargadores que siempre traía consigo quedaron vacíos.

Abatido por la balacera a tontas y a locas –extraviado el tino que le diera fama–, Mario Olea alcanzó aun en esas condiciones a tumbar a tres de los nuevos oficiales que fueron a detenerlo, cuatro de ellos enviados desde de Cuernavaca en apoyo de Aldúcin. En unos cuantos minutos el salón quedó sofocado por el tufo de la pólvora.

Es vieja costumbre en los pueblos los tendajones (…) al lado de los cuales se reservan pequeños expendios de licores, algunos de ellos como la afamada “prodigiosa” amarga, elaborada por sus propios dueños. Son, podría decirse, lugares de paso a los que el viandante concurre a tomarse dos o tres tragos antes de llegar a la casa (…) Olea y sus amigos ya no estaban en condiciones de entender a esa hora que el único lugar que podría ofrecerles una precaria seguridad era, precisamente, el lugar donde estaban: un sitio público y a la vista de todos. ¿Esconderse? Olea sabía que era imposible esconderse a los miles de ojos del poder. ¿Escapar? El gatillero sabía que nadie podía escapar a la furia del Estado. Y sabiéndolo por propia experiencia, no se le ocurrió peor cosa –en contradicción con su reconocido instinto felino– que irse meter a una inmunda ratonera en las orillas del pueblo, quedando a merced de quienes le habían sucedido en el oficio, la nueva jauría carroñera del déspota.

Desde mayo de 1952, fecha en que le había dado posesión (al nuevo jefe de la Policía Judicial) el gobernador Rodolfo López de Nava, Tourrent aspiraba a enmendarle la plana a Mario Olea, y por poco lo consigue en sólo dos años que estuvo al frente de la Policía Judicial del estado, al cabo de los cuales fue cesado aun en contra de la voluntad de su protector. La presión social había llegado a su límite. Los tiempos habían cambiado y López de Nava tenía que ajustarse a esta nueva realidad. Las instrucciones del presidente Adolfo Ruíz Cortines, de someter a Morelos a los cauces institucionales, no admitían réplica. La civilidad debía superponerse a toda política rupestre. La era de los patibularios que actuaban a su entera discrecionalidad era cosa del pasado. En el nuevo orden todos debían sujetarse a la ley; los encargados de aplicarla por delante.

Las deplorables condiciones de la carretera de Yautepec a Zacatepec terminaron por convertir a Olea en una piltrafa sanguinolenta. Al llegar al nosocomio una enfermera trató de quitarle la ropa a efecto de limpiarle las heridas, pero el gatillero la detuvo con las pocas que le quedaban en las manos.

–Pérese que llegue mi señora –le dijo, a lo cual llegando le señaló una bolsa del pantalón y le hizo entrega de cinco mil pesos que había en su interior. Al doctor Roberto Cardona, director de la clínica, le sobrevino un rictus de espanto en el rostro en el curso de las cuatro horas que duró la agonía de Olea. La razón: un emisario quien trajo de las altas esferas del poder instrucciones precisas para que las llevara a cabo respecto al moribundo. El deceso de Olea ocurrió a la 1:20 de la madrugada. Hasta entonces Cardona respiró aliviado… (Me leen después).

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