No lo dice la gente común, lo asegura el comisionado de Seguridad Pública Estatal, José Antonio Ortiz Guarneros: en lo que va de este año se tiene registro de 800 homicidios. (Ochenta por mes, casi tres diarios). Pero su declaración “consuela”: el 90 por ciento de los asesinatos ha ocurrido por ajustes de cuentas entre los distintos grupos delictivos que operan en la entidad. O sea, según la visión del tutor de la seguridad de los morelenses, puesto que los asesinatos han sido entre delincuentes, ¿no cuentan?, ¿no eran humanos? Bajo esta “lógica”, sólo uno de cada cien asesinatos valdría la pena que fueran investigados por la Fiscalía General, detectados los presuntos responsables, procesados y encarcelados los juzgados culpables. Pero otro abismalmente distinto es el apunte del INEGI: durante el lapso marzo-junio de 2019, en Cuernavaca la percepción de inseguridad aumentó de 76.1 a 81.6 por ciento, es decir, que en la capital de Morelos ocho de cada diez residentes se sienten inseguros en cajeros automáticos, restaurantes, calles y en otros lugares de concentración de personas. Una situación tristemente innegable que se refleja de manera cotidiana en la vida de los cuernavacenses. ¿O no? Conduces de noche por la avenida Palmira, no es muy tarde aún, la carátula luminosa del radio te da la hora: 10.15. De pronto, la llanta derecha de tu coche choca contra algo que no logras ver bien pero te parece como un pedazo de riel saliendo del piso. ¡Pack! El golpe ha sido fuerte, seco, pero por seguridad no frenas. Apenas lo ves, te estacionas cerquita del foco de la puerta de una casa. Revisas la llanta, sacudes el coche, hurgas con la lámpara de pilas pero por fortuna todo parece estar en orden. Reanudas la marcha. En el inicio de la calle donde vives la falta de alumbrado artificial torna más negra la noche. Recuerdas que la única luminaria que funcionaba se fundió hace años, así que avanzas con precaución, atento a los espejos laterales y el retrovisor, temiendo que en cualquier momento te salga un asaltante en taxi o en motocicleta. Sabes que llegado el caso no te quitarían mucho: cincuenta o cien pesos, un montoncito de monedas en la consola del coche y algún otro gasto pequeño. La inseguridad te volvió precavido. A la mañana siguiente, le echas otro vistazo a tu auto y compruebas que no tiene nada que parezca anormal. Cumples la primera parada en el crucero donde le das la propina a tu nuevo amigo, el chico de no más de diez años que se trepa en el cofre y le pasa un trapo cochambroso al parabrisas. La escena se repetirá en cada semáforo hasta que llegues a tu cita de negocios. A unos ya los conoces y a otros no. Está el señor de edad avanzada y aspecto andrajoso que implora limosna, la muchacha con el cabello pintado color zanahoria que hace piruetas con los aros, el faquir encuerado del dorso y recostado boca arriba en una cama de vidrios, la niña y el niño de diez o doce, al parecer hermanitos, que venden flores, y el chamaquito de seis que mete medio cuerpo en el coche, hurgando con la vista ansiosa, pidiendo que le des la pluma inservible, el encendedor desechable, cualquier cosa. Ha pasado media hora y estás en la entrada del estacionamiento de la plaza comercial donde vas a menudo, pero antes de pasar y de que el vigilante levante la pluma le pagas diez pesos al bolero que ha salido a tu encuentro (“por el trapazo de ayer”). Paras en el Oxxo de siempre, retomas el volante y repites la propina al “viene, viene”. El paso por la farmacia del “súper” a donde fuiste por tu medicamento agota la última moneda de dos pesos que el acomodador del estacionamiento recibe desilusionado, con mirada de que al menos esperaba cinco. Arrancas rumbo a tu casa, piensas que vives una tarde como cualquier otra pero de equivocas. Se te empareja una “moto” montada por dos sujetos encasquetados. El que hace de copiloto blande una pistola, te hace la seña de que pares, ordena: “¡el dinero!”. Dices que no traes, no te cree y te esculca. Furioso, tira tu cartera al piso, te arranca el reloj, te saca el celular del bolsillo de tu chamarra y los dos se van quemando llanta. No apareció ni una patrulla de la policía y los automovilistas que vieron el asalto pasaron de largo. Pero consideras que has tenido suerte, no se llevaron tu IFE ni tu tarjeta de débito, y sobre todo estás vivo ¿Ir a levantar la denuncia en la Fiscalía? Para qué. Sería perder el tiempo, reportarás tu celular como perdido y procurarás olvidar el trago amargo que acabas de pasar. Y si un encuestador te pide tu opinión sobre la percepción de inseguridad, contestarás que, si de esto se trata, Cuernavaca está peor que Sinaloa (64.6%) con su capital Culiacán, la ciudad que por estos días anda en la boca de todos… (Me leen mañana). 

 

José Manuel Pérez Durán
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