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Hacía ape­nas un mes que Xóchitl tra­ji­naba en la fonda. Donde pro­ce­día no había tra­bajo. Resu­mió:

-Tuve que venirme para ayu­dar a mi madre en los gas­tos de la casa. Mi papá se fue con otra. Tengo dos her­ma­nos chi­qui­tos. Yo soy la mayor…

Diez años des­pués la casua­li­dad reen­con­tró a Bar­to­lomé con su casi her­mano Rafael. Se reco­no­cie­ron al ins­tante. “Estás igual”, dije­ron al uní­sono. Son­rie­ron, se abra­za­ron, se soba­ron las espal­das, evo­ca­ron sus días de niños. Pero poco les duró el gusto; tenían prisa. Cami­nando en sen­ti­dos opues­tos, se gri­ta­ron sus núme­ros de telé­fo­nos y pro­me­tie­ron hablarse...

En Cuer­na­vaca el ocaso de los sesenta trans­cu­rría sin sobre­sal­tos. Gru­pos de hip­pies hol­ga­za­nea­ban en el Zócalo y la música de Los Beat­les mono­po­li­zaba las roc­ko­las, inser­ta­das en las ranu­ras las mone­das de 20 cen­ta­vos por chi­cas mini­fal­de­ras que se jala­ban los cabe­llos y gri­ta­ban his­té­ri­cas en medio de la noche tibia, cuando los mucha­chos del barrio se pre­ci­pi­ta­ron a la vecin­dad.

La Vecin­dad del Cuervo, le lla­ma­ban desde los tiem­pos de los abue­los. Eran días de posa­das, pero no iban a una. El vien­te­ci­llo que bajaba de los bos­ques del norte con­ge­laba en el aire las pala­bras. Cono­cían de cabo a rabo la cons­truc­ción rui­nosa a la que años des­pués la “moder­ni­dad” con­ver­ti­ría en una plaza comer­cial. Los cuar­tos dis­tri­bui­dos en forma de “u” abra­za­ban al patio de piso caca­rizo, y en medio la pila rebo­zaba agua a los lava­de­ros, enfrente de las rega­de­ras y los waters

a los que para poder usar los inqui­li­nos debían hacer “cola”. No era la pri­mera oca­sión en que los mucha­chos esta­ban ahí. Se hacían pre­sen­tes las madru­ga­das de los diez de mayo, para dar sere­na­tas a las mamás, y de vez en cuando en las fies­tas de quince años, habi­li­ta­dos como cham­be­la­nes en los ensa­yos del vals Danu­bio Azul mil veces repe­tido por la aguja del toca­dis­cos com­prado en abo­nos.

Cru­za­ron el patio en tro­pel, esqui­va­dos los ten­de­de­ros de ropa, pateado invo­lun­ta­ria­mente el perro viejo del por­tero al que nunca supie­ron quién le puso El Can­grejo, pero sí que el remo­quete del can res­ca­tado del aban­dono de la calle le venía por­que cuando se eno­jaba cami­naba en reversa. Gruñó, enseñó los col­mi­llos y ladró, pero sólo como cum­pliendo su obli­ga­ción de guar­dián, dis­tinto a la fiera que en la sole­dad de las madru­ga­das ponía en fuga a los extra­ños.

Nadie les impi­dió acer­carse a la vivienda, pobre y lim­pia al igual que las demás habi­ta­das por fami­lias de obre­ros, buró­cra­tas, músi­cos, bole­ros y damas del amor com­prado que se gana­ban la vida en los bur­de­les de la Zona Roja. Res­pe­tuo­sos, fre­na­ron en el umbral de la puerta, alar­ga­dos los pes­cue­zos para poder obser­var la escena peca­mi­nosa. Del ros­tro de la belleza con mirada inqui­si­tiva escu­rría un hili­llo rojo, casi imper­cep­ti­ble a la luz opaca del foco de 50 wats que pen­día de un alam­bre pelón. Los niños inten­ta­ban curio­sear, pero nada alcan­za­ban a ver tras la mura­lla de pies para­dos de pun­tas.

–¡Váyanse! ¡Qué les importa!” –ordenó una de las tres seño­ras de rebozo y delan­tal que chis­mea­ban junto a la cama de latón...

(Me leen mañana).

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JPerez
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