Atril: El narcotráfico en Morelos (Segunda de dos partes)

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Sin embargo, aun­que con­ta­ban con datos de su pre­sen­cia y acti­vi­da­des no los halla­ron. La prensa informó sobre los cateos, ya que tuvo acceso a datos que esta­ban en las decla­ra­cio­nes de tes­ti­gos pro­te­gi­dos y a la soli­ci­tud de los cateos a un juez de dis­trito por parte de la Uni­dad Espe­cia­li­zada en Delin­cuen­cia Orga­ni­zada de la Pro­cu­ra­du­ría Gene­ral de la Repú­blica. Una copia en poder del colum­nista refi­rió los nume­ro­sos luga­res de la bús­queda infruc­tuosa del “Azul” y “El Inge­niero” en More­los. Fue­ron catea­dos un ran­cho en Santa Rosa Treinta, muni­ci­pio de Tlal­ti­za­pán, y una casa en la carre­tera Zaca­te­pec-Emi­liano Zapata, una finca rús­tica en el poblado de Tezo­yuca, una resi­den­cia en la colo­nia Ran­cho Cor­tés, una pro­pie­dad lujosa, de gran tamaño y bar­das altas, que habría habi­tado la hija del “Azul”, Nadia (o Nadia Patri­cia) Espa­rra­goza; un pre­dio rús­tico en el frac­cio­na­miento Monte Bello de Huit­zi­lac, una casa en San José Vista Her­mosa y otra más en la colo­nia Lomas de Cor­tés. Sobre la casa de Huit­zi­lac, la tes­tigo pro­te­gida “Bea­triz” declaró que en una oca­sión des­pués de cenar fue lle­vada por una señora de nom­bre Leti­cia Bahena a la men­cio­nada resi­den­cia. Ase­guró haber visto lle­gar a Juan José Espa­rra­goza en una Subur­ban azul con vidrios pola­ri­za­dos, sen­tado en la butaca del copi­loto. Que la camio­neta era cus­to­diada por cua­tro o cinco vehí­cu­los, y que al “Azul” (o “El Jefe”) ya lo cono­cía. Ase­guró que en una oca­sión ante­rior lo vio en el res­tau­rant de la hos­te­ría Las Quin­tas en Cuer­na­vaca...

La desa­pa­re­cida Agen­cia Fede­ral de Inves­ti­ga­ción (AFI), apo­yada por el Minis­te­rio Público fede­ral ads­crito a la Uni­dad de Delin­cuen­cia Orga­ni­zada (UEDO) basó su pedi­mento para lle­var a cabo una serie de cateos De acuerdo a la tes­tigo “Bea­triz”, se men­cionó un labo­ra­to­rio de droga en Santa Rosa en donde se vio un vehí­culo “ajeno al poblado” esta­cio­nado sobre la carre­tera. A los quince minu­tos “empe­za­ron a pasar muchas uni­da­des de la Poli­cía Esta­tal Minis­te­rial”, cosa que se le hizo extraña “debido a que el pue­blo es muy tran­quilo”. Tam­bién vie­ron que “vehí­cu­los no pro­pios del campo” entra­ban a la bre­cha de terra­ce­ría y se diri­gían al ran­cho. Gente del lugar des­cri­bió a dichos vehí­cu­los tri­pu­la­dos por hom­bres ves­ti­dos con tra­jes. Según la decla­ra­ción minis­te­rial de un indi­ciado, en el ran­cho había una pista de ate­rri­zaje “con las medi­das nece­sa­rias para el des­censo de avio­ne­tas”…

En la pri­ma­vera de 2000, la aper­tura del penal de Atla­cho­lohaya y la clau­sura de la anti­gua Peni­ten­cia­ría de Atla­co­mulco die­ron paso a ver­sio­nes que, ver­dad o men­tira, men­cio­na­ron a la pro­pia pri­sión ubi­cada en la ave­nida Atla­co­mulco de la colo­nia Aca­pant­zingo y cita­ron a “un sina­loense sim­pá­tico y gene­roso” que al pere­cer era el nar­co­tra­fi­cante Ernesto Fon­seca Carri­llo, “Don Neto”. Según los inter­nos, usando otro nom­bre entraba y salía como Juan por su casa de la pri­sión ubi­cada en la calle Atla­co­mulco, hasta que en una de esas no regresó. Desde aque­llos días para “El Mayo” Zam­bada More­los no era un sitio pre­ci­sa­mente des­co­no­cido… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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