El viernes pasado se cumplieron 63 años de que elementos del Ejército Mexicano asesinaron a Rubén Jaramillo Ménez. Junto con su esposa Epifanía y sus hijos Filemón, Enrique y Ricardo fue sacado de su domicilio en la calle Mina 114 de por soldados que llegaron a bordo de dos vehículos blindados. Horas más tarde fueron hallados muertos a tiros en Xochicalco. El asesinato de Rubén Jaramillo, luchador social de Morelos, habría sido mandado asesinar por el presidente Adolfo López Mateos. Años más tarde el periodista Francisco Guerrero Garro escribió un texto, espléndido, interesante, que Julián Vences subió al faceboock y hoy ofrezco una síntesis:
El 23 de mayo de 1962 preparé mi uniforme blanco, zapatos y demás para irme a trabajar al Hospital de Balbuena de la Cruz Verde. Yo viví en la casa que mis padres tenían en el Pedregal de San Ángel. Como siempre compraba la segunda edición de las Últimas Noticias de Excelsior, leí algo que me dejó helado: “Rubén Jaramillo y su familia fueron asesinados en Xochicalco” (aún guardo el periódico). Fue un choque emocional, espantoso. De repente me di cuenta que estaba llorando, leyendo y releyendo la nota. La gente se me quedaba mirando. En la Avenida Revolución agarré un taxi y regresé a la casa. Entre corriendo, gritando:
—Mamá, mamá, asesinaron a Rubén.
—¡Cómo! ¿Es cierto? —preguntó. —Sí —le enseñé el periódico. —¡No, no, no puede ser! —gritaba con dolor y rabia, lloraba, caminaba por toda la sala.
Entró mi padre y leyó la nota. Lloró. Esa fue la primera y única vez que lo vi llorar.
Pasada la conmoción, decidimos ir a Tlaquiltenango. Afortunadamente, Antonio, el chofer de mi papá, no se había retirado; él conocía a Rubén, lo había llevado una y otra vez por todo Morelos. También se conmovió.
—Antonio, ¿nos llevas? —preguntó mi madre.
El camino a Tlaquiltenango se nos hizo largo, triste, no sabíamos qué íbamos a encontrar.
Nadie sabía qué hacer ni cómo estaba la situación. Decidimos esperar. Poco a poco, como fantasmas, empezaron a llegar compañeros. Tristeza, desconcierto. En Zacatepec y en un callejón a la entrada de Tlaquiltenango habíamos visto soldados, jeeps.
—Antonio, discretamente date una vuelta frente a la casa de Rubén, ves si hay judiciales o policías —indicó mi madre.
Esperamos horas eternas, angustiosas. Pero empezó a llegar información de que en Tlaquiltenango se veía gente caminando como fantasma y observando para todos lados y que cerca de la casa de Rubén no había policía ni ejército.
A la casa de Rubén no entramos por el frente de la casa, sino por atrás. Todo estaba tirado, papeles y en medio, sentada en una silla, la madre de Pifa, una viejita parapléjica; le escurrían lágrimas. Mi madre le dio agua y pedazos de tortilla en la boca. Estaba deshidratada, en todo el día no había bebido ni una gota de agua.
Yo junté del suelo papeles, el machete con su nombre grabado, la bandera mexicana que llevaba a sus batallas toda vieja y deshilachada, unas guayaberas, su sombrero, su máquina de escribir. Lo que cupo lo metí en un morral de fibra de maguey que le habían regalado a Rubén, con su nombre. Las cosas que juntamos se las di a alguien que después hizo un pequeño museo en Tlaquiltenango, ahí estuvieron en exhibición, espero que todavía los tengan en resguardo. La biblia de Rubén aún la tengo, con sus anotaciones, es mi gran tesoro.
Con la luz del día empezó a llegar gente. La noticia había llegado a todo Morelos. Hombres con semblantes desencajados, tristes; mujeres con ramos de flores llegaban a pie, en camionetas o en carros viejos, cada vez más y más.
Los familiares de Rubén empezaron a traer agua, café y pronto
se organizó, espontáneamente, la recibida de los cuerpos. Sabíamos que don Cristóbal Rojas Romero había ido por los cuerpos, había tenido que sortear los anillos que había tendido el ejército y la policía judicial estatal, esperamos y esperamos. Habíamos puesto una mesa grande y dos pequeñas donde se depositarían los ataúdes. El patio estaba repleto de ramos chicos y grandes de flores chicos.
Lastimosamente la historia de Rubén Jaramillo es muy poco conocida por las nuevas generaciones de morelenses…
ESCRIBO lo siguiente la mañana de ayer: dada la falta de acuerdos en el pleno del Tribunal Superior de Justicia, en tanto es electo un nuevo presidente el magistrado decano Juan Emilio Elizalde Figueroa es quien debe tomar las riendas de la institución. Así lo considera Omar Alejandro López Ortiz, presidente de la Asociación de Agentes y Exagentes del Ministerio Público. Su opinión hace eco en el medio jurídico, pero muchos más ven en Elizalde al prospecto lógico para presidente permanente del Poder Judicial de Morelos. Urgen el acuerdo de solución definitiva al conflicto que no tiene precedentes por cuanto al tiempo demasiado largo y el ambiente de división… (Me leen mañana).
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