La visión del anciano a través del tiempo ha evolucionado y ha sido materia de estudio de psicólogos sociales, sociólogos, médicosgeriatras, entre otros. Las investigaciones hechas al respecto distinguen distintas etapas en la evolución cultural y en la forma de valorar a los ancianos.
La cosa está así: en el siglo XIX y a comienzos del XX era común visualizar a personajes ancianos ocupando diversos roles y situaciones en los que transmiten las normas sociales basadas en la tradición y en la experiencia. “El anciano es fuente de respeto, aún en situaciones de marginalidad social, cuando la caridad pública suple la falta del beneficio jubilatorio”, señalan los especialistas.
En los años 30, el anciano cumplía con el rol social de transmisor de cultura y experiencia. En esta etapa, “el anciano tiene que ser un santo, condenado a ser venerado, no tiene derecho a cometer el mínimo error, él tiene toda la experiencia; ya no puede sucumbir a la mínima tentación; él, tan consumido y arrugado como está, tiene que ser perfecto, ejemplo de todas las virtudes”.
Entre los años 40 y 50 se asoma por primera vez la imagen del “anciano institucionalizado”, empieza a verse como una necesidad el que visite en ciertas horas o habite en forma permanente en un hogar de ancianos.
Aunque con menor intensidad, persiste la imagen del viejo o abuelo como transmisor de la cultura. Es, sin embargo, una persona activa que debe y necesita ocupar su tiempo libre, que no está feliz si no trabaja.
Entre los 60 y los 80 la situación cambia. En una cultura que “endiosa” a la juventud en sus aspectos externos y tiende a cambios tecnológicos acelerados, los valores que los ancianos transmiten son desactualizados, desfasados y por ello reemplazados (incluso en autoridad) en esta función por modelos más jóvenes y actualizados, como el del tío, el tutor, el terapeuta, entre otros. Es la peor etapa, ya que los ancianos han quedado sin rol social y son definidos por el rol de abuelos a quienes sólo los niños (y las mascotas) quieren.
En las últimas décadas, la gente empieza a ver a los abuelos de acuerdo a su importancia y a los nuevos roles asumidos, porque hay cada vez más generaciones que llegan a los 65 años, aún fuertes, con ánimo y mentalidad positiva para saber disfrutar un poco más de la vida. Esto es debido al aumento global de la expectativa de vida, en dónde los adultos mayores aparecen como personas activas y con actitud optimista para vivir la vida. Así, al anciano o abuelo hoy se le asigna un papel mucho más digno dentro de la familia, más maduro y humano.
Como ya vimos en las estadísticas, dentro de no muchos años habrá más población anciana que nunca en la historia de México, y ahí podremos estar muchos y muchas de nosotros; no nos agradará que seamos “tratados como muebles” en lugar de seres humanos vivos con dignidad y la energía necesaria para dar lo mejor a los demás...
“Populismo”. En noviembre de 2003, el jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, publicó la Ley del Derecho a la Pensión Alimentaria, cuyo
artículo 1 dice: “Los adultos mayores de sesenta y ocho años residentes en el Distrito Federal tienen derecho a recibir una pensión diaria no menor a la mitad de una unidad de cuenta de la Ciudad de México vigente”. Y el artículo 2: “El jefe de gobierno deberá incluir en el proyecto de presupuesto de egresos del D. F. la asignación que garantice, efectivamente, el derecho a la pensión alimentaria a todos los adultos mayores de sesenta y ocho años residentes en el Distrito Federal”. Los opositores y críticos de López Obrador se le fueron encima tildándolo de “populista”, pero al advertir el éxito de dicha ley, sobre todo en las elecciones federales, el PRI y el PAN copiaron el “populismo”. Aun así, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto debieron recurrir al fraude cibernético o de “ingeniería electoral” para imponerse en la silla presidencial ante el triunfo del político tabasqueño. Panistas y priistas vivieron en carne propia el haber menospreciado a “los viejitos” de López Obrador…. (Me leen mañana).
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