Anécdotas y sucesos en torno al inicio de la Revolución en Morelos hay para dar y repartir, como el levantamiento de marzo de 1911 bajo la bandera del “no reeleccionismo” de Madero. En aquella fecha cuyos ciento quince años recién se cumplieron, se acumuló el encono del fraude de las elecciones de 1911 a favor del porfirista Pablo Escandón: la mentada Ley de Reavalúo, las negativas de los gobiernos estatal y federal para resolver las demandas de los pueblos y un pesado etcétera.
La tristemente famosa Ley de Reavalúo General de la Propiedad Raíz. Triste y hasta trágica, porque la oligarquía cañera morelense –el duopolio de entonces: hacendadospolíticos y viceversa, no se percataba del resentimiento campesino y social acumulado. No era para menos. A fines de 1909, el Registro Público de la Propiedad de Cuernavaca registraba las siguientes cifras de propiedades:
Veintiocho hacendados eran dueños de 77 por ciento de la tierra de Morelos, 3 por ciento estaba en manos de 28 rancheros y más de 100 pueblos vivían en el 20 por ciento de la superficie de la entidad. Pero esta quinta parte, era además compartida con tierras y terrenos de iglesias, escuelas y huertos, mientras el resto de esa misma quinta parte hasta a mueve a risa nerviosa era para tierras de sembradío.
Sólo una mínima fracción de la superficie estatal quedó a los pueblos de Morelos para el cultivo de maíz, legumbres y frutas, destinados al consumo propio y venta directa en mercados. El resto era tierra cerril o boscosa de difícil acceso al norte de la entidad, de modo que por ser tierras no aptas para cultivo de caña no se afectaron las superficies comunales desde Huitzilac hasta Tlayacapan y Tetela del Volcán, lo cual no las salvó de la depredación de talamontes de las haciendas que, a su vez, devoraban toneladas de leña para las calderas de estufas y tachos de trapiches e ingenios.
A primera hora de un día de octubre del “año del reavalúo” (1909), en junta ordinaria los representantes del pueblo de Anenecuilco, Emiliano Zapata y José Robles, informaron del resultado de la comisión que había ido a la Ciudad de México para solicitarle al presidente Porfirio Díaz que intercediera ante hacendados y el gobernador Escandón, a fin de “pedirle permiso” para labrar sus propias tierras, afectadas por la ley de marras. Pero nada: la comisión no había obtenido respuesta. (Es aquella escena de alguna oficina del Castillo de Chapultepec, donde el dictador Díaz recibe a los campesinos de Morelos y Elia Kazan recreó en el film “Zapata”, con Marlon Brando como protagónico).
A regañadientes, el jefe del pueblo mandó redactar una nueva carta. Zapata estaba convencido de que “las demandas por las buenas” ya se habían agotado, tras no haber sido atendidos en sus peticiones y haberlos remitido, otra vez, a Cuernavaca con “El Fifí”, Pablo Escandón, el gobernador espurio que en esa ocasión hiciera como que la Virgen le hablaba, motivos por los cuales la historiadora Alicia Hernández Chávez llamaría a la citada misiva “La Última Carta” en su libro “Breve historia de Morelos”.
Con fecha de abril de 1910 la epístola es por demás diplomática, respetuosa, políticamente correcta, a pesar de los desaires, de los desaparecidos en los campos de henequén de Quintana Roo o en las tinajas de San Juan de Ulúa, Veracruz, aparte de los muertos que ya había costado la defensa de la tierra a los morelenses.
Díaz se comunicó con Tomás García, viejo correligionario de las Guerra de Reforma y contra el ejército francés, en los años 60 del siglo antepasado, y se comprometió a escribirle al gobernador Escandón “recomendándole que los reciba y los escuche…”, pero no sin dejar de advertir que “pusieran lo mejor de su parte para respetar el arreglo que ya había con Alonso”, dueño de El Hospital. Meses después, el mismo “Fifí” salía huyendo a Londres por Nueva York, y Díaz rumbo a París vía el Atlántico, lejos ambos de la furia de los pueblos cansados de tanto atole con el dedo… (Me leen el lunes).
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