Atril: Juárez en Tetecala

ATRIL.jpeg
ATRIL.jpeg

Apro­pó­sito del nata­li­cio del Bene­mé­rito de las Amé­ri­cas, quien nació un 21 de marzo de 1906, viene a cuento men­cio­nar anéc­do­tas y per­so­na­jes que lle­ga­ron por los cami­nos suria­nos a Tete­cala, durante los enfren­ta­mien­tos por las Leyes de Reforma. Ahí está la esplén­dida arqui­tec­tura de las vie­jas caso­nas del cen­tro his­tó­rico de la calu­rosa pobla­ción, entre las que des­taca la her­mosa fachada e inte­rio­res de la casa donde se hos­pedó Juá­rez a su paso por estas tie­rras. Eran los días de la rebel­día de Juan Álva­rez con­tra Anto­nio López de Santa Anna luego sería tam­bién ene­migo acé­rrimo del orgu­llo de Gue­la­tao, mediante el Plan de Ayutla de 1854. Según los cro­nis­tas, poco des­pués de la pro­cla­ma­ción de dicho plan, el 22 de sep­tiem­bre de 1855 lle­ga­ron a Tete­cala los licen­cia­dos Benito Juá­rez Gar­cía, Valen­tín Gómez Farías, Gui­llermo Prieto, Igna­cio Manuel Alta­mi­rano, los her­ma­nos Miguel y Sebas­tián Lerdo de Tejada y otros miem­bros del Par­tido Libe­ral. (Nom­bres de calles del centro de Cuer­na­vaca, dedu­ci­rán los des­pre­ve­ni­dos).

Se alo­ja­ron en la anti­gua casa que per­te­ne­ció al hacen­dado y ran­chero Mag­da­leno Medina, al pare­cer la Hacienda de la Luz que, dicho sea de paso, a media­dos de los noventa del siglo pasado habitaría el capo del car­tel de Juá­rez, Amado Carri­llo Fuen­tes. Ade­más de los tra­ba­jos polí­ti­cos y legis­la­ti­vos que se con­clu­ye­ron en esta casona y die­ron lugar a la redac­ción final de las Leyes de Reforma, los men­cio­na­dos per­so­na­jes todos ellos maso­nes de “hueso colo­rado” for­ma­ron la logia “La Palanca”, raro pero sim­bó­lico nom­bre con el que pare­ciera los jua­ris­tas encon­tra­ron el motor de las leyes, no para mover el mundo, pero sí para ini­ciar la sepa­ra­ción Estado-Igle­sia, lo que ya era mucho decir para la época.

Catorce años más tarde, en abril de 1869 el pre­si­dente

Juá­rez decretó la crea­ción del Estado de More­los, inclu­yendo al Dis­trito de Tete­cala como parte de la nueva enti­dad, pues éste per­te­ne­cía al Estado de México. En diciem­bre de 1873, a die­ci­siete meses del falle­ci­miento de Juá­rez se eri­gió en ciu­dad a la hasta enton­ces Villa de Tete­cala y le fue asig­nado el nom­bre ofi­cial que toda­vía ostenta: “Tete­cala de la Reforma”.

Si de anéc­do­tas se trata rela­cio­na­das con el oaxa­queño nacido un 21 de marzo de 1806, apun­ta­mos esta que le atri­buye cierto grado de “invul­ne­ra­bi­li­dad” entre sus con­tem­po­rá­neos. En 1869, cuando toda­vía tenía agua y hasta era nave­ga­ble el lago de Tex­coco, el vapor “Gua­ti­moc” en buen espa­ñol “Cuauh­té­moc” rea­lizó seis via­jes de prueba antes de invi­tar a don

Benito Juá­rez a pre­si­dir su reco­rrido inau­gu­ral. El vapor avan­zaba arro­jando humo blanco por sus chi­me­neas cuando de pronto, a mitad del gran lago, un tre­mendo estruendo sacu­dió a los invi­ta­dos. Había esta­llado una de las cal­de­ras. No hubo muer­tos, pero sí un buen susto.

En la cró­nica del sinies­tro publi­cada en el perió­dico “El Rena­ci­miento”, Igna­cio Manuel Alta­mi­rano escri­bió: “llama la aten­ción la buena for­tuna del Pre­si­dente, quien sale siem­pre ileso de todos los peligros”. El comen­ta­rio del escri­tor de Tixtla, Gue­rrero, tam­bién hacía alu­sión a la vez en que Gui­llermo Prieto enfrentó al pelo­tón que pre­ten­día fusi­lar a Juá­rez, en Gua­da­la­jara, miem­bros de su gabinete, gri­ta­ron “¡los valien­tes no ase­si­nan!” y el polí­tico refor­ma­dor salvó la vida… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.