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Por­fi­rio Díaz pre­su­mió en aque­lla fecha: “En el curso de la ante­rior reseña, habréis adver­tido que los ade­lan­tos de la admi­nis­tra­ción pública en gene­ral corres­pon­den a los que marca feliz­mente, desde hace algu­nos años, el pro­greso de la nación mexi­cana…”. (Igual que con Enri­que Peña Nieto, cuando México estuvo en el des­pe­ña­dero). Con el res­pec­tivo cré­dito para el Con­greso por su apoyo, el pre­si­dente Díaz informó a pro­pó­sito de los ade­lan­tos en prác­ti­ca­mente todos los cam­pos de la vida nacio­nal: edu­ca­ción, mine­ría, ejér­cito, eco­no­mía, ferro­ca­rril, telé­grafo, entre otros.

Tras 60 infor­mes de 34 años como dic­ta­dor, en 1910, sin hacer men­ción a Fran­cisco I. Madero, Por­fi­rio Díaz se diri­gió al Con­greso para infor­mar que las elec­cio­nes de pode­res fede­ra­les se habían cele­brado con “regu­la­ri­dad en todo el país”, des­ta­cando el “excep­cio­nal” inte­rés con el que los ciu­da­da­nos con­cu­rrie­ron a depo­si­tar su voto. (Fra­ses que déca­das des­pués apren­de­rían muy bien los mapa­ches defrau­da­do­res de la pos­tre­vo­lu­ción).

Pero en su informe de 1911, el gene­ral Díaz no pudo igno­rar a Madero y los hechos de armas que se suce­dían en diver­sos pun­tos del terri­to­rio nacio­nal. Lamen­taba que los can­di­da­tos per­de­do­res no se hubie­ran limi­tado al “legí­timo ejer­ci­cio del sufra­gio popu­lar”, recu­rriendo a la vio­len­cia. De ahí pal’ real, la vida ins­ti­tu­cio­nal se alocó a tal grado que los tres pre­si­den­tes que atra­ve­sa­ron la década revo­lu­cio­na­ria —Madero, Vic­to­riano Huerta y Venus­tiano Carranza— poco tuvie­ron que infor­mar sobre aque­llo que no tuviera que ver con el estado de gue­rra en el país.

Esta situa­ción se revir­tió con la pro­mul­ga­ción de la nueva Cons­ti­tu­ción, el 5 de febrero de 1917, que entre otras cosas reto­maba en su artí­culo 69 la obli­ga­ción del Eje­cu­tivo de acu­dir a la aper­tura de sesio­nes ordi­na­rias del Con­greso para infor­mar por escrito sobre el estado gene­ral que guar­daba la admi­nis­tra­ción pública de la nación.

Pos­tre­vo­lu­ción. En los años veinte, casi diez años des­pués de con­cluida la Revo­lu­ción y tras el maxi­mato de Plu­tarco Elías Calles, vino la fun­da­ción del Par­tido Nacio­nal Revo­lu­cio­na­rio, abuelo del PRI, a lo cual siguie­ron déca­das de con­trol del par­tido único y el auge del culto al Pre­si­dente.

De los treinta a los setenta, México tran­sitó entre el desa­rro­llismo y el cre­ci­miento eco­nó­mico a las cri­sis deva­lua­to­rias. En esos 40 años, el Día del Pre­si­dente se incluía como parte de las Fies­tas Patrias. En 1920, Adolfo de la Huerta fue el pri­mer pre­si­dente en tras­la­darse en coche del Cas­ti­llo de Cha­pul­te­pec al Con­greso de la Unión. En 1935, el informe pre­si­den­cial del gene­ral Lázaro Cár­de­nas fue trans­mi­tido por radio, y el pri­mer informe pre­si­den­cial tele­vi­sado fue el de Miguel Ale­mán Val­dés, en 1952.

Las siguien­tes son cáp­su­las de hechos que mar­ca­ron algu­nos últi­mos infor­mes de ocho pre­si­den­tes de los años sesenta del siglo pasado a la segunda década del XXI.

Díaz Ordaz. Un año más tarde de la masa­cre de Tla­te­lolco, Gus­tavo Díaz Ordaz aceptó su parte en los hechos en el último informe de gobierno, en 1969. Por pri­mera vez un pre­si­dente asu­mía la res­pon­sa­bi­li­dad de un acto repre­sor y, pese a que no fue inter­pe­lado en su tiempo, la con­fe­sión le valió el repu­dio que carga, incluso, des­pués de falle­cido… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

José Manuel Pérez Durán
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