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El 1 de sep­tiem­bre de 1988, en el último informe de gobierno de Miguel de la Madrid, ini­ció la ago­nía del culto pre­si­den­cial que mar­ca­ron setenta años de la era priista. Fue Por­fi­rio Muñoz Ledo quien le espetó en el salón de ple­nos de la Cámara de Dipu­ta­dos el “¡miente, señor Pre­si­dente!” que marcó tam­bién el naci­miento de la opo­si­ción al pre­si­den­cia­lismo auto­ri­ta­rio. Veinte años des­pués, el acta de defun­ción del culto al Pre­si­dente la exten­dió Vicente Fox, el 15 de agosto de 2008 con el decreto de reforma al artí­culo 69 cons­ti­tu­cio­nal que eli­minó el requi­sito de asis­ten­cia en per­sona del Eje­cu­tivo al ini­cio del periodo ordi­na­rio de sesio­nes del Con­greso.

Para más o menos saber el por­qué y el cómo del auge y caída del “Día del Pre­si­dente”, es nece­sa­rio repa­sar algu­nos deta­lles de la his­to­ria de los infor­mes pre­si­den­cia­les. El sexto informe es el recuento de los daños, luego de que en el arran­que de su man­dato creen ser autén­ti­cos sal­va­do­res de la patria, y seis años des­pués, aun­que no lo admi­ten –salvo excep­cio­nes que ade­lante se leen–resul­tan los prin­ci­pa­les cau­san­tes y res­pon­sa­bles del derrumbe. El des­plome cau­sado por el hecho irre­ba­ti­ble de res­pon­der a los inte­re­ses de los gru­pos que los empu­ja­ron al poder.

La his­to­ria. El pri­mer pre­si­dente en ren­dir un informe fue el gene­ral Gua­da­lupe Vic­to­ria, quien, a pesar de que no estaba obli­gado a hacerlo, se pre­sentó ante el Con­greso para dar cuenta de la mar­cha de su gobierno. Aquel uno de enero de 1825, el pre­si­dente Vic­to­ria dio a cono­cer que, a pesar de las penu­rias eco­nó­mi­cas por las que atra­ve­saba el país, luego de la lucha por la Inde­pen­den­cia y del fallido impe­rio de Agus­tín de Itur­bide, se había logrado ves­tir, armar y aumen­tar los suel­dos del Ejér­cito, pagar los suel­dos atra­sa­dos de los emplea­dos y, aten­de­ren la medida de lo posi­ble, aten­der la admi­nis­tra­ción de jus­ti­cia. Por cierto, su ver­da­dero nom­bre era José Miguel Ramón Adaucto Fer­nán­dez y Félix, pero se lo cam­bió al de Gua­da­lupe Vic­to­ria en honor a la vir­gen del Tepe­yac, a la que se enco­men­daba y le hacía ganar bata­llas.

Benito Juá­rez. Años des­pués, en su informe del 31 de mayo de 1862, Benito Juá­rez ase­guró que el pue­blo apo­yaba el orden legal de la Cons­ti­tu­ción de 1857 y al tiempo que recha­zaba “con indig­na­ción” los “pro­yec­tos insen­sa­tos” que pro­po­nían inter­ve­nir en los asun­tos inter­nos, así como inten­tar cam­biar, “bajo la som­bra de bayo­ne­tas extran­je­ras”, la forma de gobierno que libre­mente se había dado a la Repú­blica.

El pre­si­dente Juá­rez no lo dijo, pero la “indi­recta” era con­tra Juan Nepo­mu­ceno Almonte, hijo del gene­ral José María More­los y Pavón, quien estuvo entre la comi­tiva de con­ser­va­do­res que fue­ron a Europa a ofre­cer el trono de México. En cam­bio, en el pri­mer periodo de sesio­nes del Con­greso de la Unión, el 8 diciem­bre de 1867 Juá­rez anun­ció la vic­to­ria sobre los impe­ria­lis­tas y la deter­mi­na­ción de fusi­lar a Maxi­mi­liano, “en tanto es un acto de jus­ti­cia que afian­zará la paz y pon­drá fin a las con­vul­sio­nes inter­nas”, jus­ti­ficó el oaxa­queño.

Por­fi­rio Díaz. Con su lle­gada al poder comenzó una nueva etapa en el país bajo la divisa de “orden y pro­greso”, lo que en otras pala­bras sig­ni­ficó cár­cel a sus detrac­to­res, el pro­greso de la clase terra­te­niente y las oli­gar­quías agrí­co­las del país de fines del siglo XIX.

Como encar­gado del Poder Eje­cu­tivo, Por­fi­rio Díaz se pre­sentó en el Con­greso el 1 de abril de 1877 para anun­ciar que comen­zaba la época de la “recons­truc­ción cons­ti­tu­cio­nal”, esto es que, bajo el amparo de la ley suprema, se afir­ma­ría la paz y se pro­te­ge­rían bajo su “bené­fico influjo” todos los inte­re­ses legí­ti­mos con el pro­pó­sito de desa­rro­llar los gran­des ele­men­tos de riqueza del país… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

José Manuel Pérez Durán
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