En la obligada baja de hostilidades del Ejército Federal contra los pueblos de Morelos, entre 1915 y 1916, el Ejercito Libertador del Sur controlaba toda la entidad y partes de Puebla, Guerrero y el sur de la Ciudad de México. A la cabeza estaba Zapata. En lo que fue conocida como la “Comuna de Morelos”, las masas campesinas llevaron a cabo lo que la burguesía con Francisco I. Madero fue incapaz de cumplir, a pesar de ser parte del Plan de San Luis Potosí: el reparto de la tierra en manos de hacendados de todo el país.
Zapata puso el frente de ingenios como Coahuixtla, El Hospital, Chinameca, entre otros, a generales de su Estado Mayor para reiniciar la molienda de la vara dulce. “Miliano” estaba convencido de que las comunidades campesinas no podrían seguir en el sistema de siembra de subsistencia, ante el vasto potencial económico de la industria cañera. Por ello fue que en ese bienio creó las primeras Comisiones Agrarias y estableció el Crédito Agrícola, además de inaugurar la Caja Rural de Préstamos en Morelos para financiar la reactivación de los ingenios en manos de los jefes campesinos.
El próximo viernes será el cumpleaños 146 del general Emiliano Zapata, y motivo suficiente para hacer una recopilación de algunos episodios de la obra y carisma del único jefe revolucionario cuyos restos no están en el Monumento a la Revolución, entre otras razones, porque su pueblo no permitió que reposaran al lado de quien lo mandara asesinar, el presidente Venustiano Carranza.
La fiesta. En la misma época de la tregua no pactada entre carrancistas y zapatistas de 1915-16, en agosto de este último año los allegados de Zapata, afecto por igual a la fiesta brava, carreras parejeras, peleas de gallos y al baile, aprovecharon para organizar el festejo de cumpleaños del General. Echando a volar un poco la imaginación, este espacio recrea algunos detalles del jolgorio, históricamente como está confirmado en las crónicas del Cuartel General de Tlatizapán que tal celebración efectivamente tuvo lugar:
“Ese día domingo ocho de agosto de 1916 hubo, como parte del programa preparado, marcha de los niños de Tlaltizapán y Anenecuilco, vestidos todos de blanco y con banderitas tricolores, algunos portaban reproducciones de la foto del Jefe, solo o con su esposa Josefa Espejo. Después vino el discurso de la directora de la escuela de Anenecuilco, lectura de poesía alusiva y, para cuando estaba programada la interpretación del Himno Nacional, arribó a tambor batiente la banda de Tlayacapan. Los acordes de ‘La toma de Cuautla’ se dejaron oír desde el camino de entrada al pueblo, muy cerca del cuartel. El grupo musical de Cristino Santa María había salido antes del amanecer a lomo de caballo y mula y otros a pie; hicieron el recorrido desde Tlayacapan, pasando por Oaxtepec, El Hospital, Santa Inés, las orillas de Cuautla, almorzaron en Villa de Ayala para llegar con bríos a Tlaltizapán. Después de terminar la popular pieza que recrea una de las primeras acciones de guerra de los zapatistas, fuera de la escuelita de Tlatizapán, el General los recibió en la entrada y estrechó fuertemente a Cristino y sus hermanos. Iba también el mayor de los hijos de Cristino, Brígido, de once años, quien año más tarde heredaría la dirección de la banda.
“Emocionado, el General pidió los jarros de agua fresca para los recién llegados, quienes de inmediato se acomodaron de nuevo los instrumentos y, a petición de la directora de la escuela, tocaron el Himno Nacional que fue cantado con devoción. Al final, de nuevo los cohetones cimbraron al pueblo y anunciaban a todo el Plan de Amilpas que iba en grande la fiesta en honor del General Zapata... (Me leen mañana).
