El Zócalo pertenece a todos, a lugareños y turistas; es de las familias que ahí se ganan la vida: boleros, trovadores, mariachis, comerciantes formales e informales, propietarios y empleados de cafés, restaurantes y tiendas, trabajadores e inquilinos de los edificios circundantes. Miles de personas. Patrimonio social, cultural e histórico de Cuernavaca, de nativos y residentes nuevos y recientes, pero también propiedad de la nostalgia de quienes llegamos hace décadas a vivir en la ciudad de la eterna primavera.
Pero al ser el corazón de la ciudad y eco de voces actuales y pasadas, así como tribuna de protestas, también sirve de escaparate a politiqueros que a veces se lo apropian, aunque desconocen el alma del epicentro de la capital, a los propietarios y empleados de cafés, restaurantes y tiendas. En los sesenta no vivieron las vueltas en coche al Jardín de los Héroes, y permanecieron ausentes de las noches sesenteras de los martes de “La Hora del Pueblo”, del periodista Pepe Gutiérrez.
Tampoco les tocaron las costumbres del café, la cerveza y los tragos en el restaurante La Universal concurrido por cuernavacenses memorables de aquella generación, épicas las peleas a puñetazo limpio y los desenlaces del perdedor y el ganador dándose la mano, no como hoy que cualquier rufiancete puede traer un cuerno de chivo y jalarle el gatillo por quítame esta paja.
Pedida a los trovadores “la última y nos vamos” en los preámbulos de las serenatas de madrugada que costaban cien pesos por cinco canciones de rigor y la del “pilón”, sucedía cuando éramos menos, decía el periodista y poeta Renato Leduc evocando el México añorado de las provincias que, como en Cuernavaca, nos conocíamos todos entre sí. Pasaba mucho antes de que hubiera celulares y computadoras.
En el Jardín Juárez no reinaba aún el desorden de los comerciantes ambulantes que se convertirían en permanentes, anclados en el cemento los puestos de fritangas y chucherías, consentidos por la arbitrariedad los lloriqueos de líderes de agrupaciones de comerciantes.
Dicen con hipocresía los encargados de puestos semifijos: solamente tenemos “nuestros lugares”, omitiendo que son propietarios, que hay patrones y empleados. Así ha sido por años. Y lamentos inútiles de dirigentes de cámaras de comercio que lloriquean porque los comerciantes informales del centro histórico les causan ventas bajas. Algo parecido a la señora plañidera que hace años amenazó con llevar un oficio al Congreso Estatal, para que exhortara al Ayuntamiento de Cuernavaca a que atendiera el reclamo de más de 800 comerciantes “afiliados”, y al episodio del
delator que sugirió al gobierno de la ciudad que aplicara un programa de regularización “de los negocios fuera de la legalidad”. Es comprensible el enojo de los dueños de negocios formales ubicados en el centro de la capital, porque el desalojo de comerciantes ambulantes en la Plaza de Armas, el Jardín Juárez, Guerrero, Degollado y No Reelección debió ser total. ¿Pero dónde? Sólo que echándole dos pisos más a la Plaza Lido, imposible de concretar la vieja idea del financiamiento de Banobras para reacomodar ahí a la totalidad de los comerciantes ambulantes del Zócalo. Y que algún vivales no aproveche la ocasión para repetir la transa de los puestos de mampostería sustituidos por locales de aluminio, con o sin refrigeradores y vendidos a precios exorbitantes, como hizo en la reubicación de septiembre de 2016 un sujeto… (Me leen mañana).
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