Atril: Del viejo reinado de la violencia

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Los sesentones lo recuerdan nostálgicos, pues las cosas buenas se añoran; tristes, porque la tranquilidad que añoran se aleja cada día más, y enojados ante la reiterada incapacidad del sistema por contener la violencia frente a un el pueblo escéptico que no cree en la parafernalia de actos oficiales en los que prometen seguridad. Recuerdan que en la década de los sesenta Cuernavaca tenía solamente unos 60 mil habitantes.

La música de Los Beatles estaba en su apogeo, y en la radio y las rockolas sonaba fuerte Twist y Gritos, el éxito simplón al que el cuarteto de Liverpool sumaría una larga cadena que con el tiempo se convirtieron en “covers” como Quiero Estrechar tu Mano, El submarino Amarillo, El Sargento Pimienta, Déjalo Ser.

En la parte baja del edificio Las Plazas se concentraban los hippies, la mayoría de Cuernavaca y uno que otro gringo, algunos de éstos provenientes de San Francisco donde había despertado el movimiento hippie de amor y paz.

En los locales del edificio Las Plazas, sobre el que corrió el rumor de que lo había comprado el magnate Carlos Slim, se estableció la primera hamburguesería de franquicia, el Burger Boy, concurrido por muchachos enfundados en pantalones acampanados, playeras desteñidas y huaraches, así como chavas de minifalda, blusas de colores chillantes con dibujos sicodélicos y sandalias estilo romano. Pero no todo eran melenas, collares, playeras desteñidas, marihuana, rock y amor libre; el kaleidoscopio de Cuernavaca exhibía otros colores.

Remunerativo el salario mínimo, las familias de obreros vivían modestamente, pero sin pasar miserias. La elite de trabajadores especializados de la nueva planta ensambladora de coches Nissan (torneros, pintores, tapiceros, etc.) ganaban cien y más pesos diarios, equivalentes a unos mil de hoy. En el rumbo de Chapultepec, Textiles Morelos estaba en su apogeo; fabricaba telas de exportación, daba empleo y vivienda a sus obreros, así como escuela a los hijos de éstos … Pasaron tres décadas.

Con los noventa llegó el monstruo del secuestro asociado con malos policías y políticos corruptos que ahuyentó inversiones, canceló empleos y empujó al exilio a empresarios. Protegido por autoridades corruptas, el narco empezó a cobrar carta de naturalización en Morelos… y de operaciones de trasiego de drogas, como la puesta al descubierto en 2004 por la Procuraduría General de la República con las aprehensiones de dos coordinadores de la Policía Ministerial en el gobierno de Sergio Estrada Cajigal. Una situación grave, indeseable, y sin embargo no como luego degeneraría: horrenda.

La madrugada del 21 de abril fueron encontrados los cuerpos del director operativo de la Policía Ministerial, Víctor Enrique Payán Anaya, y su escolta Ferry Meléndez Díaz, en la cajuela de un Polo blanco modelo 2005 que seis días antes había sido robado con violencia en la delegación Benito Juárez del entonces Distrito Federal. Junto a los cadáveres, la amenaza en una cartulina: “Así van a quedar todos los que estén con El Chapo y El Rey Zambada”.

Ocurrió poco antes del amanecer, así que a las ocho de la mañana ya estaba en la Internet la nota de la balacera de Xochitepec. Naturalmente preocupó a Morelos, que entonces como hoy detesta la violencia del crimen organizado que ya teñía de rojo a Durango, Chihuahua, Sinaloa y Tamaulipas, donde la inseguridad desplomó la actividad económica, la gente se autoimpuso un toque de queda y los restaurantes, hoteles y centros nocturnos lucieron desolados. Mientras tanto, aquí un tiroteo de diez minutos con saldo de cuatro hombres acribillados en pleno zócalo de Xochitepec rasgó la tranquilidad de un pueblo tradicionalmente tranquilo, y la asociación de ideas llevó al recuento de eventos igualmente ominosos.

Desde entonces y hasta hoy el reinado de la violencia… (Me leen mañana).