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Apenas llegan las quincenas a las tarjetas de débito, miles de personas salen de vacaciones, otras esperan un par de días para poder hacerlo y muchas más, resignados o no, se quedan en casa. Las familias que tienen alberca pretextan “no estamos”, sabedores de que, si admiten que están, les caerán los “invitados espontáneos” dispuestos al saqueo de los refrigeradores y el bar.

Los que no tienen piscina procurarán guarecerse ante la invasión capitalina porque, para viajar en Semana Santa, solamente estando locos. Salen los que están obligados a visitar a parientes que viven en sitios lejanas, los ansiosos de áreas abiertas que sobreviven en la estrechez de departamentos de interés social, los que habitan en ciudades grandes, congestionadas, insoportables. Los niños que estan de asueto, desde el primer día de la Semana Mayor se ponen histéricos; exigen que los lleven a la playa o cuando menos al balneario.

De éstos tenemos en Morelos para dar y prestar, desde el balneario rústico (¿qué tal el agua azufrada de Las Huertas, en la ribera del río tibio surcando el verde de la selva del municipio de Tlaquiltenango?) hasta los juegos acuáticos que están ni mandados hacer para los masoquistas que disfrutan de la adrenalina, lanzándose desde lo alto del tobogán largo y sinuoso donde viven, en medio del griterío de la muchedumbre hacinada, la emoción de que se les botan las canicas de los ojos. Gente, mucha gente por doquier.

Los supermercados, atestados de clientes frenéticos haciendo compras de pánico para la despensa vacacional, y las plazas comerciales repletas de compradores, de mirones, cinéfilos y comensales desesperados como si el mundo se fuera a acabar… Los contrastes prevalen durante la Semana Santa, en México y en otras latitudes del planeta.

Tras el descanso vacacional, hay que darle una repasada a temas subsistentes, como el incremento del consumo de alcohol. Para una abrumadora mayoría de gente, sobre todo varones, son impensables los días de asueto sin destilados, estos últimos con mayor demanda habida cuenta las elevadas temperaturas que imponen una cerveza bien fría, sin excederse, claro, asumida la moderación en la que no falta la conseja popular que se apega a “las tres de rigor” y no hacer apología del alcohol, sino irse con precaución.

En la relación de Semana Santa-consumo etílico no faltan los ahogados en albercas privadas o públicas, así como choques y volcaduras en carreteras. Surge uno que otro peleonero que llega a la riña en una conclusión que difícilmente será de saldo blanco, ocasionados por la inmoderación y los desenlaces trágicos. En los días santos “la vida no vale nada”, diría el filósofo de las canciones rancheras José Alfredo Jiménez.

En algunos lugares de Morelos hay ley seca, subsistente la experiencia del Gobierno de la Ciudad de México cuando años atrás tuvo la intención de aplicarla y los restauranteros se quejaron. En Cuernavaca, donde la Semana Mayor genera turismo, los dueños de restaurantes y centros nocturnos pueden venderlo, pero condicionados al copeo y las botellas adentro de sus instalaciones.

Sin embargo, en el interior del estado queda la opción de los tianguis con puestos semifijos y ambulantes, micheladas, “gomichelas”, “caguamas”, etc., que se expenden a pasto adentro y afuera de algunos balnearios… (Me leen mañana). Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.

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JPerez
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